La película de ayer que nadie ve
Ésa es ella. Silenciosa, metódica, quirúrgica, serenidad y paciencia. No necesitó confrontarse ni desmarcarse. Sólo dejó correr la película. Y el final la favoreció, sin aspavientos ni giros estruendosos en la trama. Pero sí de efecto. Ayer se proyectó una ...
Ésa es ella. Silenciosa, metódica, quirúrgica, serenidad y paciencia. No necesitó confrontarse ni desmarcarse. Sólo dejó correr la película. Y el final la favoreció, sin aspavientos ni giros estruendosos en la trama. Pero sí de efecto.
Ayer se proyectó una función doble en el cine del poder. Una película electoral cuyo tráiler vimos hasta el cansancio, pero cuyo verdadero argumento pasó desapercibido para casi todos. Mientras el público creía que asistía a una consulta popular para “democratizar” la justicia y a unas elecciones locales más, los verdaderos protagonistas interpretaban una historia distinta. Una que se tejía entre líneas, que no ocupó portadas ni encabezados, pero que marca un antes y un después. Filigrana de cabeza fría. Porque en esta película que nadie ve… ganó ella.
Empecemos por el primer acto: la elección judicial. Sí, esa que prometía acercar al pueblo a las urnas para elegir a quienes impartirán justicia. ¿Qué vimos? Una participación mínima, casi simbólica.
Una ciudadanía que no entendió qué se votaba ni por qué, y que, en muchos casos, recibió instrucciones precisas en forma de acordeones distribuidos por sindicatos, operadores territoriales o grupos políticos. Sin embargo, entre todos los nombres que circulaban como “inevitables”, hubo uno que no logró su boleto al casting final del liderazgo: Lenia Batres. La más abiertamente obradorista, la que representaba con mayor claridad la voluntad del expresidente. Y, sin embargo, no.
Acto dos: Durango y Veracruz. Dos bastiones clave, dos pruebas de fuerza, dos territorios que el dirigente de Morena, Andrés Manuel López Beltrán —“Andy”, para los cuates del poder—, visitó, promovió y vigiló con celo. Pero Morena no ganó como esperaba. Las encuestas internas, las estructuras, el músculo territorial… todo apuntaba a la victoria. Pero algo falló. O alguien. Porque la mística del apellido ya no basta. Porque el nuevo tablero se mueve distinto. Y porque, en esta película, el protagonista no es quien más aparece en el imaginario, sino quien mueve la cámara.
Y ésa es ella. Silenciosa, metódica, quirúrgica, serenidad y paciencia. No necesitó confrontarse ni desmarcarse. Sólo dejó correr la película. Y el final la favoreció, sin aspavientos ni giros estruendosos en la trama. Pero sí de efecto.
Porque mientras otros jugaban a heredar el poder como si se tratara de una empresa familiar, ella entendió que gobernar no es aferrarse al libreto viejo, sino escribir uno nuevo. Que el poder real no necesita gritar. Sólo necesita ganar... y ganar sin que parezca, por ahora, que alguien más perdió.
La elección de ayer no fue un referéndum popular ni un momento de catarsis democrática. Fue, como casi todo en política, una batalla entre las sombras. Pero en esa película que nadie ve, donde las estructuras compiten, los operadores se desgastan y los nombres se prueban como marcas en decadencia, una sola figura salió fortalecida. Y no fue el ex.
- Ganó ella. La que, paso a paso, va dejando claro que no es la continuación de nadie. Que el poder ya cambió de manos. Aunque algunos —todavía— no se hayan dado cuenta. Porque tampoco saben leer lo que verdaderamente está pasando. Y lo que pase más adelante con la ley y las necesarias reformas a la reforma y a ley que ni siquiera fueron su ley y su reforma, ya será (o no) material para una nueva entrega…
