La Marina, esa Marina…
La Marina Armada de México vivió ayer un momento inédito durante el desfile militar del 16 de septiembre: un ejercicio explícito de autocrítica. No es común ver a una de las instituciones más respetadas del país asumir públicamente las sombras que la han golpeado ...
La Marina Armada de México vivió ayer un momento inédito durante el desfile militar del 16 de septiembre: un ejercicio explícito de autocrítica. No es común ver a una de las instituciones más respetadas del país asumir públicamente las sombras que la han golpeado en los últimos años, y menos aún cuando esa institución había gozado de una reputación casi impoluta, forjada en décadas de servicio, disciplina y un estricto sentido del deber. Lo que sucedió ayer con el secretario de Marina, almirante Raymundo Pedro Morales, admitiendo públicamente la participación de personal de la institución en redes de corrupción, relacionados con el huachicol fiscal, no fue sólo un acto protocolario ni un excesivo gesto de humildad, sino una declaración con fuertes e importantes implicaciones para la gobernabilidad militar y para el ánimo de miles de marinos y marinas que se saben herederos de un legado honorable.
La Marina había sido percibida, durante buena parte de su historia contemporánea, como un cuerpo ajeno a los vicios que contaminaban a otros sectores del Estado. Su imagen pública reposaba sobre el profesionalismo, la eficacia operativa y una mística de servicio que pocas instituciones lograron cultivar con igual fuerza. Esa reputación contrastaba abiertamente con las acusaciones recurrentes hacia otras corporaciones, que durante años fueron sinónimo de corrupción, complicidad y abuso de poder. Era casi un dogma social: en la Marina se podía confiar. Y, sin embargo, ahí llegó también la tentación, el desvío, el dinero fácil de las redes criminales dedicadas al robo de combustibles.
Por eso, el mea culpa de ayer tiene un valor doble. No se trata únicamente de un reconocimiento político dirigido a la ciudadanía, sino de un mensaje a las propias filas. Para los marinos y marinas que mantienen firme su orgullo de portar el uniforme, admitir los errores de casa es al mismo tiempo un acto de justicia y de reparación simbólica. Porque ellos —los que no cedieron, los que cumplieron— cargaron en silencio con la vergüenza ajena. Ellos vieron cómo las faltas de unos cuantos erosionaron la credibilidad de todos. Y por eso escuchar de viva voz que la institución reconoce sus fallas y promete rectificación tiene una fuerza sanadora.
La autocrítica, tan ausente en el discurso oficial mexicano, cobra un carácter histórico cuando proviene de las Fuerzas Armadas. La Marina, al abrirse a esta reflexión pública, asume que la verdadera fortaleza institucional no radica en negar los errores, sino en enfrentarlos y corregirlos. El gesto representa una apuesta por recuperar credibilidad, pero también por devolverles a sus propios integrantes la certeza de que el cuerpo al que pertenecen está dispuesto a regenerarse.
En un momento en que las instituciones militares enfrentan un escrutinio creciente, el reconocimiento de la Marina constituye una enseñanza para el resto del aparato estatal. La dignidad no se defiende silenciando los tropiezos, sino enfrentándolos de manera frontal. Reconstruir confianza en la era de la desconfianza social requiere exactamente eso: autocrítica honesta, sin maquillajes ni simulaciones. La Marina ha abierto ayer un capítulo nuevo, incómodo y doloroso, pero sin duda necesario. Y ésa, quizá, sea la primera verdadera victoria en la lucha por regenerar el uniforme. Lo que está en juego es mucho más que la reputación de una corporación militar. Se trata de la credibilidad misma del aparato estatal en la lucha contra redes criminales que han sabido infiltrarse en todos los sectores, incluso los más blindados. Para una administración que busca consolidarse como garante de la legalidad y la integridad, la Marina no puede ser excepción ni refugio para privilegios. La exigencia de la presidenta Claudia Sheinbaum implica un mandato claro: depurar y sancionar a quienes le fallaron al uniforme, sin cálculos políticos y sin que la protección institucional justifique el encubrimiento de delitos.
Este episodio deja una enseñanza para todas las FA y para el propio gobierno: sólo recuperando el rumbo ético se puede aspirar a recomponer el vínculo de confianza con la sociedad. El gobierno de Sheinbaum parece decidido a enfrentar los costos, asumiendo que el impacto reputacional será pasajero si la depuración es auténtica, sistemática y sin simulaciones. Para los miles de marinos y marinas honestos, el mensaje es claro: el orgullo de pertenecer a la Armada no se pierde por culpa de los corruptos, y la institución seguirá siendo símbolo de servicio... si demuestra que está dispuesta a corregirse.
