La ‘era Zambada’: 50 años
Cincuenta años. Doce sexenios mexicanos. Diez presidencias estadunidenses. Cuando Ismael El Mayo Zambada García confesó ayer que durante cinco décadas “corrompió a policías, militares y políticos” en México, no sólo admitió una carrera criminal, desentrañó ...
Cincuenta años. Doce sexenios mexicanos. Diez presidencias estadunidenses. Cuando Ismael El Mayo Zambada García confesó ayer que durante cinco décadas “corrompió a policías, militares y políticos” en México, no sólo admitió una carrera criminal, desentrañó la anatomía de un Estado capturado. Cincuenta años de sobornos sistemáticos no son un accidente: son la construcción deliberada de un aparato paralelo de poder que se convirtió en ingeniería política.
La confesión de El Mayo es la radiografía de un sistema donde la corrupción dejó de ser excepción para convertirse en protocolo. Desde 1974 hasta 2024, el Cártel de Sinaloa operó como una máquina de corromper instituciones. Durante estos cincuenta años, México tuvo doce presidentes. El Cártel de Sinaloa sobrevivió a todos: operó bajo el autoritarismo priista, se adaptó a la transición democrática, resistió la guerra de Calderón y prosperó bajo los “abrazos, no balazos”. Su capacidad de adaptación fue resultado de una red de protección política que atravesó partidos e ideologías como meros accidentes del calendario electoral.
La dimensión temporal convierte cada cargo público mexicano de las últimas cinco décadas en sospechoso potencial. Gobernadores, alcaldes, comandantes militares, funcionarios federales: todos operaron durante la era Zambada, todos fueron objetivos de su “gran red criminal”. La pregunta no es quiénes fueron corrompidos; es quiénes lograron resistir cincuenta años de asedio sistemático a las instituciones.
Para la clase política mexicana, la confesión representa una bomba de tiempo con mecha de cincuenta años. Cada político que ocupó un cargo relevante entre 1974 y 2024 enfrenta la posibilidad de aparecer en los archivos que Zambada podría compartir con autoridades estadunidenses. El Cártel de Sinaloa no discriminaba; corrompía por igual.
La administración de Claudia Sheinbaum debe responder por medio siglo de complicidades que trascienden gobiernos. Cada funcionario heredado (y cada exfuncionario libre de administraciones anteriores) se convierte en rehén potencial de lo que Zambada pueda revelar. La Presidenta ha declarado lo más sensato y estratégico frente a las declaraciones: ha habido y seguirá habiendo cooperación entre México y EU, y cualquier dicho de Zambada tendrá que ser investigado por la FGR en nuestro país.
Los políticos estadunidenses también enfrentan su hora de cuentas. Cincuenta años del Cártel de Sinaloa implican cincuenta años de fallas de inteligencia y políticas antinarcóticos fallidas. El testimonio no sólo acusa a México, exhibe la incompetencia histórica de las agencias estadunidenses.
La confesión abre tres escenarios simultáneos. Primero, cada revelación futura desatará crisis políticas en cadena en México que podrían derribar gobiernos estatales y acabar carreras federales. Segundo, puede que la relación bilateral se militarice aceleradamente, con Trump usando cada confesión para justificar mayor presión e intervención. Tercero, el sistema de justicia estadunidense se convertirá en tribunal donde se juzgará medio siglo de política mexicana.
Los cincuenta años de Zambada son también cincuenta años de complicidad social: medios que investigaron poco (o nada, porque lo “poco” valía la muerte), empresarios que no preguntaron, ciudadanos que no exigieron. La captura del Estado como un proceso silencioso y colectivo donde toda la sociedad participó por acción, omisión o conveniencia.
El futuro político de México se escribirá desde una celda en Brooklyn. Los cincuenta años del Mayo no son historia pasada; son la papa caliente en manos de Sheinbaum y el futuro que Trump usará para justificar cualquier acción contra México. La confesión no cerró un capítulo criminal, abre uno de los expedientes políticos más explosivos en la historia moderna de América del Norte. Cincuenta años de “imperio” cierran un capítulo, pero no el libro. Si en México no convertimos el combate a la corrupción en verdadera política de Estado con dientes y podadora, y si en Estados Unidos no se trata la demanda, el lavado y la colusión como lo que son —negocio interno—, el relevo criminal ya está listo para la foto. Zambada aceptó su culpabilidad en una corte; lo que no aceptó fue cargar solo con la historia. El resto de los nombres —los que hicieron posible este negocio billonario— le pertenece a nuestros sistemas. O los encontramos… o nos los encuentran.
