La dosis perfecta

Andrés Manuel López Obrador es un líder, sí, pero uno que explota cuando está a pie de calle.

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

La mitad es la mitad del camino. Hace tres años, el Zócalo capitalino lleno y las expectativas al mil. Escribí meses antes de ese 1 de diciembre de 2018, incluso lo hice previo a la elección: si ganaba Andrés Manuel López Obrador, éste sería el sexenio de administrar la decepción. Sin embargo, no ha sido así del todo, y no por falta de puntería en el análisis, sino porque mientras de un lado la crítica busca las vías de esquivar las descalificaciones, en otro punto del espectro nacional, más que generadores de la decepción, se miran al espejo para el autoengaño y así reconocerse como creadores de narrativas, de perfectas narrativas. No importa la veracidad, sólo vale lo ensordecedor de los aplausos.

 

Hace sentido que en el escenario en el que nos sentimos mejor, sea ése al que siempre deseamos regresar. Andrés Manuel López Obrador es un líder, sí, pero uno que explota cuando está a pie de calle; es un personaje político al que le brilla el rostro cuando a su alrededor hay cientos de personas aplaudiendo cada palabra que dice, cuando es una multitud quien lo acompaña al compás de sus expresiones y declaraciones. Así es como ha operado desde que militaba en el PRI, lo hizo también estando en el PRD y como dirigente nacional de Morena. Tras ganar la elección presidencial de 2018, lejos de enfundarse en su papel de jefe del Ejecutivo federal, continúa aferrado al aplauso. Y aunque mucho se resistió, la pandemia lo obligó a suspender sus giras, evitar momentos para el saludo de sus seguidores, como viviendo en una eterna campaña. Veinte meses después, con tiento ha reiniciado sus giras alrededor del país, y hoy regresa a la plancha del Zócalo.

López Obrador hará lo que ningún otro líder político de la actualidad puede hacer: llenará la plancha del Zócalo para informar sobre los resultados de sus tres primeros años de gobierno…”, escribió ayer Ricardo Monreal en Milenio. Sin embargo, no regresa porque urja un informe de resultados, lo hace porque lo que necesita es una validación que vaya mucho más allá de los índices de popularidad. Decía Roy Campos, de Consulta Mitofsky: López Obrador llega a la mitad de su mandato con el doble de aceptación que registraba su predecesor, Enrique Peña Nieto, cuando éste llegó a sus primeros tres años de gobierno; el Presidente, refiere Campos, es el político más reconocido en el país y al que poco le cuestan sus yerros. Irónicamente, a pesar de saberlo, parece necesitar demostrarlo.

Las conferencias de la mañana no son suficientes para alimentar la narrativa, por eso nada como llenar la plancha del Zócalo, donde podrá ufanarse de ser quien pone agenda. ¿Y qué podremos escuchar hoy por la tarde? Que nadie como él ha combatido la corrupción; que nadie como él enfrentó la pandemia; que en Palacio Nacional nadie se equivoca; que la crítica, más que un ejercicio obligado ante cualquier ejercicio de poder, es más bien una conspiración para denostar su labor. Recibir esta dosis de validación vale más que los riesgos. Ya lo dijo: quien desee, puede llevar cubrebocas, no es necesario, total, portarlo o no, no inhibe el sonido del aplauso.

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