Había algo hipnótico en los primeros partidos del Mundial. No sólo por los goles —que los hubo—, sino por algo que raramente se celebra: los árbitros. El cuerpo arbitral de este torneo ha estado a la altura. Decisiones rápidas, claras, con el VAR funcionando como debe funcionar: como herramienta de certeza, no como pretexto para la duda eterna. Cuando el árbitro es bueno, el juego fluye. Cuando es bueno de verdad, casi no lo ves.
Eso es lo que hace un árbitro de verdad: desaparece del resultado.
Me quedé pensando en eso y no pude evitar el paralelo. México tardó décadas en construir algo equivalente en materia electoral. No fue gratis ni fue rápido. Fue una pelea larga, sucia, costosa en todos los sentidos, con muertos incluidos. El Instituto Federal Electorral (IFE) —hoy Instituto Nacional Electorral (INE)— nació de una exigencia ciudadana que llegó al límite de su paciencia con un sistema donde el árbitro jugaba para un solo equipo. El PRI era, al mismo tiempo, jugador, entrenador y réferi. Las reglas existían, pero su aplicación dependía del marcador que convenía.
Lo que se construyó después es, sin exageración, uno de los logros institucionales más importantes de la historia moderna de México. Un organismo que le dio certeza a la competencia. Que permitió que ganara quien ganara los votos, no quien tenía el poder. Que hizo posible que en 1997 el PRI perdiera la mayoría en la Cámara de Diputados, que en 2000 Vicente Fox llegara a Los Pinos, que en 2018 ganara AMLO con un margen que nadie pudo impugnar porque el árbitro era confiable. Ese INE fue, durante años, referente internacional. Otros países venían a aprender. No es retórica: venían a copiar el modelo.
Por eso duele —y preocupa— cuando desde el poder se mira al INE con codicia.
Morena llegó al gobierno denunciando exactamente eso: la parcialidad del árbitro, la captura institucional, las reglas escritas para quien ya manda. Lo hicieron con razón en muchos casos. Construyeron buena parte de su legitimidad sobre esa denuncia. Y ahora que están arriba, la tentación parece ser la misma que tuvo el PRI: hacer del árbitro un aliado en lugar de dejarlo ser árbitro.
Cualquier señal de cooptación del INE —cualquier movimiento para doblegarlo, silenciarlo o hacerlo funcional al partido en turno— no es sólo un retroceso institucional. Es una traición a la propia historia de quienes hoy gobiernan. Ellos saben lo que se siente jugar con las cartas marcadas. O deberían recordarlo.
En el futbol, cuando el árbitro se hace de la vista gorda, pierde el deporte completo, no sólo el equipo perjudicado. Lo mismo ocurre con la democracia. Cuando el árbitro electoral deja de ser árbitro, no pierden sólo los partidos de oposición: pierde la legitimidad de quien gana, pierde la confianza de la ciudadanía, pierde el país.
Hay faltas que merecen tarjeta roja aunque nadie las marque. Y hay instituciones que, una vez destruidas, no se reconstruyen en un sexenio ni en dos.
El árbitro que no cobra la falta no la borra. Sólo la acumula. Y enciende a todo el mundo en la tribuna.
