Hay una regla no escrita en el manejo de crisis: cuando no puedes ganar la conversación, cámbiala. Y esta semana el oficialismo la aplicó con precisión casi de manual. Ayer que Rubén Rocha Moya y el senador Enrique Inzunza acudieron por fin a declarar ante la FGR por la acusación que Estados Unidos presentó en la Corte del Distrito Sur de Nueva York por sus presuntos vínculos con Los Chapitos, el país amaneció hablando de otra cosa. De Chihuahua. De Maru Campos. De Javier Corral. De un supuesto secuestro. La agenda se movió como por encanto, justo cuando más quemaba sostenerla.
La maniobra tiene dos tiempos y un solo propósito: intentar que dejemos de mirar hacia Sinaloa. El primero llegó con el expediente del narcolaboratorio y la supuesta presencia de agentes de la CIA en territorio chihuahuense, que permitió encuadrar a la gobernadora panista como la mandataria que abrió la puerta a la injerencia extranjera. El segundo, más burdo, es el de estos días: convertir el episodio del bar Gin Gin —agosto de 2024, cuando la Fiscalía Anticorrupción de Chihuahua intentó cumplimentar una orden de aprehensión contra Corral por el presunto desvío de casi cien millones de pesos— en un “intento de secuestro” del entonces exgobernador. La inversión es perfecta en su cinismo: lo que fue la ejecución de una orden judicial girada años atrás por una fiscalía estatal se rebautiza como rapto y el rescatado —aquel a quien funcionarios de la capital sacaron del restaurante para impedir su detención— se vuelve víctima. La FGR, que atrajo el caso en enero, queda, así, en posición de perseguir no al señalado, sino a quienes intentaron detenerlo.
El reparto de papeles es transparente. A Rocha e Inzunza, señalados por un gobierno extranjero y con ficha roja de Interpol encima, se les recibe a declarar “con seriedad y exhaustividad”. A Corral, con orden de aprehensión vigente en su estado, se le blinda y se le acompaña a un mitin. A Maru Campos, gobernadora de oposición, se le cita, se le aprieta y se le coloca el cartel de la traición a la patria. Los malos de un lado, los buenos, del otro; dijo ella misma parafraseando el guion que le escribieron. El problema, para quien diseñó la coreografía, es que el público mexicano de 2026 ya aprendió a leer las escenografías. Y aquí conviene detenerse en lo que de verdad importa: los riesgos de insistir en esta ruta. El primero es de fondo y es inapelable. Hablar de Maru no desaparece a Rocha. La acusación que pesa sobre el oficialismo no es un caso local de peculado que se pueda diluir con otro caso local de peculado; es la imputación de un gobierno extranjero contra un gobernador y un senador en funciones por nexos con el narcotráfico. Ningún contraataque chihuahuense alcanza para tapar eso. Cada día que el discurso oficial gasta en Chihuahua es un día en que el expediente de Sinaloa madura sin respuesta, y los problemas que no se atienden no se evaporan: se capitalizan.
El segundo riesgo es de credibilidad, y es el más caro para Claudia Sheinbaum. La Presidenta ha construido su defensa frente a Washington sobre una palabra: soberanía. Pero la soberanía que protege a los propios y caza a los ajenos no es soberanía, es justicia a modo, y se nota. Usar la Fiscalía como ariete selectivo —indulgente con Corral, implacable con Campos— confirma precisamente la tesis que Estados Unidos quiere instalar: que en México la justicia es un instrumento político y que por eso hay que venir a hacerla desde fuera. La estrategia que pretende defender la soberanía termina entregándole al vecino el mejor argumento para vulnerarla.
El tercero es político y de cálculo grueso. Convertir a Maru Campos en mártir nacional —con el PAN anunciando una semana de respaldo y concentraciones— es regalarle a una oposición exhausta una causa, un rostro y una tribuna rumbo a 2027. Pocas cosas reaniman más a un adversario debilitado que la sensación de ser perseguido. El oficialismo, que tiene el poder, la mayoría y el relato, está eligiendo cederle al PAN lo único que le faltaba: una bandera.
Cambiar de tema es una técnica vieja y, a veces, eficaz. Pero hay conversaciones que no se cambian, sólo se posponen. Y, a veces, hasta se alimentan. Y entre más empeño se ponga en que hablemos de Maru, más ruidoso se vuelve el silencio sobre Rocha.
