El tratado en libertad condicional

Ricardo Peraza
Editorial
El riesgo no es que el T-MEC muera en 2026. El riesgo es que siga vivo, pero en libertad condicional. Hasta hace poco, la cláusula de revisión del tratado parecía una nota técnica. Un mecanismo de mantenimiento. Una cita sexenal en el calendario comercial de América del Norte. Pero en comercio exterior las notas al pie también pueden volverse titulares. Y eso acaba de ocurrir.
El artículo 34.7 del T-MEC establece que, a los seis años de su entrada en vigor, los tres países deben revisar el funcionamiento del acuerdo. Si los tres confirman por escrito su intención de extenderlo, el tratado se renueva por otros 16 años. Si no lo hacen, no desaparece: entra en revisiones anuales durante el resto de su vigencia, hasta 2036.
La diferencia es enorme. Una cosa es revisar un tratado para corregirlo. Otra, vivir diez años con el tratado bajo examen.
El 14 de mayo, Marcelo Ebrard puso sobre la mesa lo que muchos evitaban decir con claridad: el escenario ideal de una ratificación pronta y duradera se ha empezado a desdibujar. El secretario de Economía dijo que la revisión probablemente durará más tiempo y que México podría irse a revisiones no concluyentes durante los próximos diez años.
Esa frase cambia el centro del debate. Ya no se trata únicamente de preguntar qué se modificará del T-MEC. La pregunta más importante es si América del Norte conservará un tratado con horizonte o si aceptará una integración comercial sometida a evaluación permanente.
Para los gobiernos, una revisión anual puede parecer una herramienta útil. Permite presionar, corregir, condicionar, exigir. Para una empresa, en cambio, puede ser una señal de alarma. Una fábrica no se construye para el próximo comunicado. Una cadena de suministro no se rediseña para sobrevivir a la siguiente reunión ministerial. Un proveedor no invierte millones en maquinaria, certificaciones y personal si cada año debe preguntarse si las reglas de origen, los contenidos regionales o las condiciones de acceso al mercado volverán a ponerse sobre la mesa.
La certidumbre comercial no es una cortesía diplomática. Es infraestructura invisible. Pesa tanto como una carretera, una subestación eléctrica o una aduana eficiente. Cuando existe, nadie la ve. Cuando falta, todo se encarece.
El pasado 22 de mayo, Jamieson Greer, representante comercial de Estados Unidos, dio otra señal relevante. Dijo que la primera ronda formal de negociaciones para actualizar el T-MEC se enfocará en fortalecer las reglas regionales de origen y las disposiciones de seguridad económica. También afirmó que, si un país recibe un trato comercial especial con Estados Unidos, Washington quiere asegurarse de que exista contenido estadunidense. No es un detalle menor. La revisión del T-MEC ya no se está presentando como una conversación administrativa. Se está planteando como una discusión sobre poder industrial, relocalización, contenido regional y control estratégico de cadenas productivas. El comercio dejó de ser sólo eficiencia. Volvió a ser soberanía.
Ahí está el punto delicado para México. Si Estados Unidos considera que la revisión anual le permite mantener presión sobre sus socios, el mecanismo puede volverse políticamente atractivo. No rompe el tratado. No provoca una crisis inmediata. No obliga a cargar con el costo de una terminación abierta. Pero mantiene a México y Canadá negociando bajo una pregunta permanente: qué concesión será necesaria para obtener otros años de tranquilidad. Canadá ya lo advirtió. En febrero, Dominic LeBlanc señaló que, si no hay consenso, el acuerdo continúa, pero empiezan revisiones anuales. También dijo que la incertidumbre sobre el futuro del tratado ya estaba afectando decisiones de inversión en Canadá.
México no puede tratar esa advertencia como si fuera un problema canadiense, más de 80% de las exportaciones mexicanas van a Estados Unidos. En 2025, las exportaciones totales de México fueron aproximadamente 664,837 millones de dólares, y las exportaciones hacia Norteamérica fueron 574,145 millones de dólares, según el Banco de México. Eso equivale a 86.4% del total. Ése es el tamaño del riesgo. No se trata de un pleito técnico entre negociadores. Se trata del piso sobre el que se sostiene buena parte del modelo exportador mexicano.
La revisión anual puede funcionar como un impuesto invisible sobre la inversión. No aparece como arancel. No se cobra en aduana. No se publica en el Diario Oficial. Pero se paga en proyectos diferidos, primas de riesgo, contratos más cautelosos, inventarios defensivos y decisiones corporativas que empiezan a mirar otros destinos. El T-MEC probablemente no se apagará en 2026. Ése no es el escenario más probable. El escenario más inquietante es otro: que siga encendido, pero parpadeando cada año. Suficiente para evitar una crisis. Insuficiente para construir una estrategia industrial de largo plazo.
Los tratados no sólo ordenan mercancías. Ordenan expectativas. Cuando una región obliga a sus empresas a preguntarse cada doce meses si el piso seguirá ahí, la integración deja de ser promesa y empieza a parecer apuesta.
México puede sobrevivir a una negociación dura. Lo que no puede permitirse es una década con su principal tratado comercial en observación permanente.
En comercio exterior, la incertidumbre también firma contratos. Sólo que en otra parte.