Genaro Lozano, en Roma
O cómo la oposición es la que traiciona sus propios supuestos principios, podría subtitular esta columna. Ayer asistí a la ratificación de Genaro Lozano como embajador de México ante Italia. Y el evento reveló, como casi cualquier debate reciente, la profunda crisis ...
O cómo la oposición es la que traiciona sus propios supuestos principios, podría subtitular esta columna. Ayer asistí a la ratificación de Genaro Lozano como embajador de México ante Italia. Y el evento reveló, como casi cualquier debate reciente, la profunda crisis de coherencia que atraviesa la oposición mexicana. Los dos discursos en contra pronunciados en la Comisión Permanente no sólo fueron un despropósito político, sino una confesión involuntaria: PRI (en voz de Moreira) y PAN (en voz de Döring) abandonaron cualquier pretensión de pluralidad democrática al atacar, precisamente, las cualidades intelectuales y la trayectoria progresista que deberían celebrar en cualquier diplomático.
Es particularmente revelador que quienes se proclaman defensores de la democracia liberal hayan cuestionado a Lozano por su pensamiento libre y su coherencia ideológica. Durante tres décadas, este periodista y académico ha mantenido una línea consistente, defendiendo causas que en cualquier democracia madura serían transversales: derechos humanos, diversidad, justicia social y multilateralismo. Que el PRI y el PAN vean esto como un defecto dice más sobre la deriva conceptual de los legisladores opositores que sobre las credenciales del nuevo embajador.
El contraste con la postura de Laura Ballesteros (de Movimiento Ciudadano) fue ilustrativo. Ella demostró que es posible ser oposición responsable sin caer en el sectarismo ciego. Su posicionamiento reconoció lo evidente: que las credenciales de Lozano trascienden cualquier filiación partidista y que México gana con su nombramiento. Ballesteros entendió lo que sus pares no: que la política exterior requiere de los mejores, independientemente de sus simpatías políticas.
Su dominio perfecto del italiano no es un dato menor. En la diplomacia, el idioma es poder, y Lozano podrá representar a México sin intermediarios lingüísticos, captando matices y construyendo relaciones directas con la clase política, empresarial y cultural italiana. Las relaciones que Genaro ha cultivado con el cuerpo diplomático acreditado en México durante varios sexenios son un activo estratégico para el país. La cercanía de Lozano con el proyecto de Claudia Sheinbaum no es casualidad ni oportunismo. Ambos comparten una visión progresista, pero pragmática de las relaciones internacionales. La Presidenta ha demostrado en sus primeros meses una habilidad notable para posicionar a México en el escenario global, particularmente frente a las amenazas constantes de Donald Trump. Su respuesta mesurada, pero firme, su capacidad para construir alianzas alternativas y su defensa digna de la soberanía nacional han generado respeto internacional. Lozano ha sido y será un articulador clave de esta estrategia.
El nombramiento cobra particular relevancia cuando consideramos el momento que vive Italia bajo Giorgia Meloni. Se requiere un embajador con sutileza intelectual para navegar las aguas de un gobierno de derecha sin comprometer los principios progresistas de México, pero también sin crear confrontaciones innecesarias. Segura estoy de que Genaro formará parte esencial del esfuerzo mexicano por construir una política exterior estratégica y geopolíticamente potente. Su trabajo en Roma no será sólo bilateral, será un nodo en la red más amplia de la diplomacia mexicana en Europa, coordinándose con nuestras embajadas en París, Berlín, Madrid y Bruselas para presentar un frente común ante los múltiples desafíos, pero también oportunidades a escala global.
Lozano llega a Roma con todo para ser un gran embajador: preparación académica impecable, experiencia mediática y docente, redes internacionales sólidas, dominio del idioma y, sobre todo, una visión clara de hacia dónde debe ir México en un mundo convulso. Su ratificación no es sólo un acierto de la presidenta Sheinbaum; es una victoria del profesionalismo sobre el sectarismo, de la competencia sobre la mediocridad.
Ojalá la oposición aprenda la lección: atacar la excelencia sólo porque viene del otro lado del espectro político es una bala más a su suicidio electoral. Los ciudadanos esperamos propuestas, no berrinches. Debate inteligente y no shows que sólo buscan sus 10 minutos de viralidad en X…
Y, mientras tanto, México tendrá en el Palazzo Margherita a un embajador a la altura de los complejos tiempos que corren en el mundo.
