Ya fue

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

Hay fechas que no se anuncian. No aparecen en ningún calendario, no las marca nadie con solemnidad, no generan portadas coordinadas ni discursos de cierre. Sólo ocurren y se reconocen en retrospectiva, cuando el mundo que existía antes ya no tiene manera de volver.

Estamos viviendo una de esas fechas. Y lo que terminó es el largo periodo de paz relativa que el modelo democrático liberal construyó durante cuatro décadas como su principal argumento de venta. La promesa de que las instituciones multilaterales contendrían la barbarie, de que el derecho internacional funcionaría como dique frente a la ambición de los más fuertes, de que el comercio global generaría interdependencias que harían demasiado costosa la guerra. Ese argumento ya no se sostiene.

El mundo está hundiéndose en la ley de la selva: un estado en el que las reglas compartidas se evaporan, las instituciones comunes se vuelven irrelevantes y sólo importa la fuerza, ejercida con una desvergüenza creciente. Eso escribió Andrea Rizzi en El País este domingo, y conviene leerlo despacio porque no lo dice un analista de trinchera ideológica, sino alguien que ha seguido de cerca el deterioro sistemático de los mecanismos de contención que, con todas sus imperfecciones, habían logrado que el mundo no se convirtiera en lo que hoy estamos viendo.

La guerra lanzada por EU e Israel en contra el régimen iraní es el episodio más reciente de ese proceso de deterioro. Y lo que la distingue de otras guerras en la región no es sólo su brutalidad, sino su descarada prescindencia de cualquier cobertura legal. La Guerra del Golfo de 1990 fue una operación sancionada por el Consejo de Seguridad de la ONU. La invasión de Irak en 2003 fue ilegal, pero sus autores todavía hicieron el esfuerzo —con mentiras vergonzosas— de buscar un respaldo institucional. Hoy, Trump y Netanyahu muestran un desprecio total por el derecho y las instituciones internacionales ni siquiera se molestan en intentar convencer a nadie. Esa diferencia no es de grado, es de naturaleza.

Aproximadamente 60 conflictos azotan el planeta en este momento, la cifra más alta desde la Segunda Guerra Mundial. Y la paradoja que define nuestra era es que la mayor fuente de inestabilidad no proviene de las potencias que el orden liberal designó históricamente como amenaza, sino de quien construyó ese orden y hoy lo desmantela desde adentro. El país que redactó las reglas decidió que ya no quiere respetarlas. Y cuando el árbitro tira la cancha, ya no hay partido.

El canciller alemán Friedrich Merz lo dijo: “El orden mundial tal y como se ha mantenido durante décadas ya no existe”. Macron exhortó a Europa a prepararse para la guerra. Rubio habló de una “nueva era geopolítica” porque el “viejo mundo” ha desaparecido. Tres voces de expertos políticos distintos, con intereses distintos, llegando a la misma conclusión. Eso no es coincidencia retórica. Es diagnóstico.

El modelo democrático neoliberal de las últimas cuatro décadas tuvo enormes fallas —desigualdad estructural, financiarización de la política, captura de las instituciones por los mismos poderes que debían regular— pero produjo el periodo con menos conflictos armados entre potencias de la historia moderna. Ese terminó. No el día que Putin invadió Ucrania, aunque ése fue el primer estallido visible. No el día que Gaza se convirtió en un laboratorio de punición colectiva. Terminó cuando quedó claro que ninguno de esos actos tendría consecuencia institucional real, que el Tribunal Penal Internacional emitiría órdenes de arresto que nadie ejecutaría, que el Consejo de Seguridad seguiría paralizado, y que EU no sólo no frenaría la espiral, sino que se sumaría a ella con sus propios bombardeos.

Ya fue, como decimos en México cuando algo no tiene vuelta de hoja. La pregunta que queda no es si el orden liberal sobrevive, sino qué viene después, y bajo qué lógicas tendrán que moverse países como México, que durante décadas construyeron su política exterior sobre los pilares de ese orden que hoy empiezan a ser escombros. Mañana nos ocupamos de eso.