Estudiar ya no alcanza

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

Hoy es el Día del Estudiante. Cada 23 de mayo México recuerda que en 1929 un grupo de jóvenes se plantó frente al poder y arrancó la autonomía universitaria. Era otra época, otro país, otro horizonte. El festejo de entonces tenía la textura de una victoria. El de hoy tiene, si uno lo mira con honestidad, la textura de una pregunta sin respuesta cómoda. 

Hoy los estudiantes del IPN salieron a las calles, quemaron una cabeza de cartón con la cara de su director y exigieron que el secretario de la SEP firme su pliego petitorio. La imagen es más medieval que revolucionaria, pero el fondo no es trivial: son jóvenes que sienten que las instituciones que deberían servirles los ignoran o los traicionan. No es una sensación nueva. Es una sensación que se acumula.

Y tienen razones concretas para acumularla. Desde hace semanas, estudiantes del Politécnico marchan, bloquean y plantan. El martes 19 de mayo, cerca de medio millar de alumnos se presentaron en las oficinas de la SEP en el Centro Histórico para entregar su pliego petitorio directamente al secretario Mario Delgado. El secretario ni siquiera salió a recibirlos. El subsecretario tampoco. Los jóvenes rechazaron intermediarios, bloquearon Eje Central y advirtieron que no pararán. Esta semana tomaron Canal Once, bloquearon Circuito Interior y anunciaron que el 11 de junio irán al Estadio Ciudad de México. Sus demandas no son revolucionarias: más presupuesto para el IPN, reincorporación de plazas docentes vacantes, auditorías a presuntas irregularidades administrativas y transparencia en el manejo de recursos. Lo básico. Lo que ya debería estar garantizado.

Mario Delgado llega a este Día del Estudiante con el expediente manchado. Hace apenas dos semanas propuso recortar el calendario escolar 2025-2026 para facilitar la logística del Mundial. La presidenta Sheinbaum tuvo que desautorizarlo públicamente dos veces en una misma semana. Delgado dijo que las escuelas no son guarderías, que el último mes del ciclo es “tiempo muerto”. Lo dijo en un país donde uno de cada tres desempleados tiene entre 15 y 24 años, donde la tasa de desocupación juvenil duplica la nacional y donde cuatro de cada diez jóvenes que buscan empleo no lo encuentran. Un país donde cada día de clase cuenta porque el rezago educativo es estructural y los resultados de la prueba PISA —cuyos datos se conocerán en diciembre— no anticipan nada bueno.

Hay una paradoja que vale la pena nombrar: México tiene el desempleo más bajo de la OCDE, casi la mitad del promedio internacional. El dato es real y es mérito. Pero esa estadística coexiste con una juventud que trabaja más horas por menos dinero, que hereda una deuda climática que no contrajo, que crece en un ecosistema digital diseñado para fragmentar su atención y venderle sus propias inseguridades de vuelta. El número bajo de desempleo no captura la precariedad, la informalidad ni la desesperanza.

Y la desesperanza importa. No es un problema psicológico individual: es un indicador político. Los jóvenes sin horizonte no se quedan quietos. Algunos marchan, queman cartones, bloquean. Otros se van al único oficio que les garantiza un ingreso inmediato, aunque ese oficio tenga nombre de cártel. Otros se encierran en burbujas digitales donde alguien con micrófono les explica que sus problemas tienen un culpable con cara y que la solución es simple y furiosa.

El Día del Estudiante nació de una pelea por la autonomía: el derecho de los jóvenes a pensar sin que el poder les dicte qué pensar. Noventa y siete años después, la autonomía que hace falta es más difícil de conquistar porque no tiene un edificio al que marchar ni un decreto que firmar. Es la autonomía frente al algoritmo, frente al empleo precario disfrazado de “flexibilidad”, frente a la narrativa de que si no tienes éxito es porque no trabajaste suficiente. Festejar a los estudiantes hoy está bien. Preguntarse qué país y qué futuro les estamos entregando sería mejor.