Esa sombra, ese fantasma
Estados Unidos se encuentra una vez más ante una contienda electoral marcada por el dramatismo y la polarización. El empate técnico entre Kamala Harris y Donald Trump es más que una simple competencia política; representa una elección entre dos visiones radicalmente ...
Estados Unidos se encuentra una vez más ante una contienda electoral marcada por el dramatismo y la polarización. El empate técnico entre Kamala Harris y Donald Trump es más que una simple competencia política; representa una elección entre dos visiones radicalmente distintas de lo que debería ser la democracia más poderosa del mundo. Harris, quien se postula como la posible primera presidenta mujer de EU, se enfrenta a un Trump que ha vuelto con más fuerza y con un electorado más consolidado y militante que nunca. Sin embargo, esta batalla se intensificó aún más con las recientes declaraciones de John Kelly, exjefe de gabinete de Trump, quien reveló que el expresidente tiene una admiración por el modelo político y militar de Adolf Hitler.
El testimonio de Kelly no es menor. En un país con un sentido histórico tan marcado por la Segunda Guerra Mundial y el fascismo europeo, la idea de un líder estadunidense tomando inspiración de Hitler es, por lo menos, alarmante. De hecho, para Harris, estas declaraciones subrayan un riesgo claro para la democracia de EU. “No se puede permitir que un admirador del totalitarismo vuelva al poder”.
Pero, ¿tendrá esta revelación algún efecto real en una sociedad tan polarizada como la de EU? La respuesta es complicada. La mitad del país parece haber aceptado las excentricidades y las inclinaciones autoritarias de Trump como parte de su personalidad, si no es que como elementos clave de su atractivo. Para estos votantes, Trump no es el problema, sino la solución para restaurar una idea de “grandeza” nacional que sienten que les ha sido arrebatada. La narrativa de un hombre fuerte que desafía al sistema, incluso si eso significa flirtear con el autoritarismo, ha encontrado un espacio cómodo en la política estadunidense contemporánea.
La polarización también juega un papel importante en la manera en que las declaraciones de Kelly pueden impactar el electorado. Los demócratas, por supuesto, aprovecharán estas afirmaciones para subrayar lo que consideran el peligro inherente de un segundo mandato de Trump. Para ellos, éste es un recordatorio de que la democracia está en juego. Pero, en el otro extremo, es probable que los seguidores más leales de Trump descarten las palabras de Kelly como otro ejemplo de la supuesta “caza de brujas” contra el expresidente. Es más, para algunos de los votantes más radicalizados, la supuesta afinidad de Trump por el autoritarismo podría, incluso reforzar su atractivo.
El fenómeno de líderes que flirtean con el autoritarismo no es exclusivo de EU. En distintos puntos del globo, hemos visto a figuras políticas que encuentran inspiración en regímenes del pasado, justificándolo como una necesidad para “salvar” a sus naciones de supuestas amenazas. Desde Vladimir Putin en Rusia hasta Jair Bolsonaro en Brasil o Viktor Orbán en Hungría, la narrativa de un líder fuerte que impone orden ante el caos ha encontrado resonancia.
La afinidad de Trump por figuras históricas autoritarias encaja dentro de esta tendencia de líderes que buscan legitimarse a través de una narrativa de fuerza y control. ¿Hasta dónde llegará esta tendencia? Harris ha intentado posicionarse como la antítesis de este tipo de liderazgo, prometiendo restaurar la democracia y luchar por la justicia social y racial. No obstante, la polarización en EU hace que su mensaje se diluya entre los gritos y las conspiraciones.
El verdadero peligro no es sólo Trump o cualquier líder individual, sino la normalización gradual del autoritarismo en sociedades democráticas. Cuando la admiración por dictadores históricos se convierte en algo debatible en lugar de universalmente condenable, las alarmas deberían sonar con fuerza. Así que, al final, el efecto de estas revelaciones en el resultado de la elección es incierto. Podrían, por un lado, movilizar a los votantes que temen por la democracia y que ven en Harris una opción moderada y sensata para el futuro del país. Por otro lado, podrían no cambiar nada y dejar el resultado a merced de un electorado ya firmemente decidido. Lo que sí es claro es que la revelación sobre la predilección de Trump por Hitler no sólo es un problema de campaña, sino además un reflejo de una lucha más profunda en EU: la batalla por el alma de su democracia.
La pregunta ahora es si la democracia estadunidense podrá resistir este tipo de embate o si, como tantas otras veces en la historia, la narrativa del hombre fuerte prevalecerá ante las promesas más frágiles del liberalismo democrático. La respuesta a esa pregunta podría determinar el curso de Estados Unidos, y quizás del mundo, en los años por venir.
