Bono dijo “my president” desde el escenario del Teatro Hidalgo y Claudia Sheinbaum lo abrazó. Ocho días antes, los siete integrantes de BTS habían salido al balcón principal de Palacio Nacional, ante 50 mil ARMYs apretujados en el Zócalo, a saludar en un español rudimentario, pero entrañable. Entre ambas escenas median una grabación callejera de Street of dreams en la Plaza de Santo Domingo, una llamada con el presidente Lee Jae-myung para coordinar su próxima visita oficial, una invitación firmada por Clara Brugada para que U2 estrene en el Zócalo su nueva gira, y la promesa pública de que BTS volverá en 2027. La coreografía es transparente y, conviene decirlo desde el principio, perfectamente legítima. Los gobiernos siempre se han retratado con las celebridades; las celebridades siempre se han retratado con los gobiernos. Nixon abrazó a Elvis en 1970, Kennedy dejó que Sinatra le organizara su inauguración, Obama hizo del Despacho Oval una alfombra roja, Mitterrand convirtió la Bastilla en un palco de intelectuales y cantantes. En México hemos tenido nuestras versiones, más torpes o más finas según el sexenio, y nadie debería rasgarse las vestiduras cuando una mandataria reconoce que el poder simbólico —ése que ningún decreto otorga— se construye también con el aura prestada de quienes acumulan millones de seguidores en plataformas que las cancillerías no controlan.
Lo que cambia es la lectura de fondo. Guy Debord escribió, en 1967, que el espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas, mediatizada por imágenes. La frase envejece bien: lo que Palacio Nacional administra esta semana no son dos visitas, sino dos relaciones sociales mediatizadas a velocidad de TikTok. El video que la Presidenta subió a su cuenta personal —explicándoles a los siete coreanos que es la primera mujer en ocupar la silla, RM contestándole “felicidades”— se viralizó antes de que los conciertos del GNP empezaran. La aparición sorpresa con U2 en la asamblea de la Copa Mundial de Niños de la Calle, justo cuando el ciclo noticioso amenazaba con instalarse otra vez en Sinaloa, en Culiacán, en las dudas sobre el nombramiento de Roberto Lazzeri como embajador en Washington, opera —entre otras cosas, no únicamente eso— como válvula de escape. Ventila, oxigena. Ningún gobierno es ajeno a esa función; ninguno lo confesará tampoco. La política sin sus respiros pierde aire, y los respiros también se planean.
Pero hay una segunda capa que vale la pena nombrar, porque excede la aritmética del manejo de agenda. México y Sheinbaum se están convirtiendo, semana tras semana, en el oasis (como pronosticamos aquí hace ya varios meses) para quienes no comulgan con las políticas globales que dicta Donald Trump desde su segundo piso de Pennsylvania Avenue. Bono lleva décadas peleando contra los recortes a la cooperación internacional, contra el desmantelamiento de USAID y los tijeretazos al PEPFAR que la administración republicana ha consumado con entusiasmo de derribo. BTS fue recibido en 2022, en la Casa Blanca de Biden, para conversar sobre los crímenes de odio antiasiáticos; difícil imaginar hoy una escena equivalente con un gobierno que ha hecho del nativismo política de Estado. Que estas dos bandas —irlandesa una, sudcoreana la otra, ambas con un capital simbólico que excede de lejos a cualquier embajada— elijan a Ciudad de México como locación, como interlocutora, como balcón desde el cual saludar al mundo, no es casualidad de calendario. Es el efecto acumulado de un país que, sin proponérselo del todo y sin proclamarlo en voz alta, ha pasado a ocupar el lugar incómodo y privilegiado de país-puente, país-refugio, país-grabación.
Aquella vieja idea de que la cultura es la diplomacia más resistente vuelve a tener pies. Mientras al norte se cierran fronteras, se cancelan visas, se desmantelan agencias y se persigue a estudiantes por opinar, en Palacio Nacional una Presidenta recibe a una banda sudcoreana, abraza a un irlandés, y deja que las imágenes hagan, en silencio, lo que ningún comunicado oficial podría decir con la misma elocuencia. Quien sepa leer las dos visitas las leerá juntas. Bono lo dijo en una palabra: Presidenta.
