El Mayo se rinde

La voz firme de Ismael El Mayo Zambada García resonó en el tribunal federal de Brooklyn cuando respondió “sí, señor” al juez Brian Cogan. Con esas dos palabras, el narcotraficante más elusivo de la historia moderna sepultó medio siglo de escondite y evasión para ...

La voz firme de Ismael El Mayo Zambada García resonó en el tribunal federal de Brooklyn cuando respondió “sí, señor” al juez Brian Cogan. Con esas dos palabras, el narcotraficante más elusivo de la historia moderna sepultó medio siglo de escondite y evasión para disparar las alarmas en tres capitales: Washington, Ciudad de México y Culiacán. Su sentencia, programada para el 13 de enero de 2026, sellará una cadena perpetua que lo convertirá en la pieza más valiosa del ajedrez antinarcóticos de Donald Trump.

Durante más de 50 años dirigió el Cártel de Sinaloa, promovió “la corrupción en mi país de policías, mandos militares y políticos” y traficó un millón y medio de kilos de cocaína hacia Estados Unidos. Pero lo verdaderamente explosivo no fue su admisión de culpabilidad, sino la conferencia de prensa que siguió. Pam Bondi, la fiscal general de Trump, proclamó que “el Cártel de Sinaloa ha sido decapitado” y sentenció: “Llamamos a estos capos como lo que son: narcoterroristas internacionales. Los procesaremos como terroristas”. Ésta no es retórica: es la nueva doctrina que redefine la relación bilateral con México desde una perspectiva de seguridad nacional.

“No va a cooperar para nada”, insistió el abogado de Zambada, “él no va a hablar de nadie”. Pero en Washington saben que los 77 años de El Mayo y su deteriorada salud convierten cada día en prisión en una oportunidad de ablandar su resistencia. Su confesión de haber sobornado a “policías, mandos militares y políticos” durante décadas es apenas el aperitivo de un menú que podría incluir nombres, fechas y montos de una red de corrupción que abarca desde alcaldes hasta funcionarios federales. Para Trump, que ya acusa que los cárteles tienen “tremendo control” sobre políticos mexicanos, Zambada representa el testimonio perfecto para justificar presiones diplomáticas, sanciones económicas o incluso operaciones militares encubiertas. El gobierno de Claudia Sheinbaum se encuentra en su posición más incómoda. La Presidenta rechazó que haya “inquietud” sobre las declaraciones, pero Trump no buscará pruebas; buscará resultados. Su administración ya diseñó una ofensiva contra los cárteles mexicanos y los designó como terroristas, evaluando avanzar unilateralmente si considera insuficiente la cooperación mexicana. Trump aseguró que Sheinbaum “tiene tanto miedo de los cárteles que no puede pensar con claridad” y rechazó su propuesta de enviar tropas estadunidenses. “Estados Unidos no va a venir a México con los militares”, insiste Sheinbaum, pero sus garantías suenan huecas frente a las órdenes ejecutivas secretas de Trump.

El cálculo de Sheinbaum es devastadoramente simple: mantener la soberanía nacional sin provocar una crisis económica que destruya su gobierno. Trump “sube la presión” exigiendo la entrega de políticos ligados a cárteles. Rechazarla significaría sanciones económicas; aceptarla implicaría convertirse en instrumento de la política exterior estadunidense.

Para el Cártel de Sinaloa, la confesión de Zambada es una sentencia de muerte organizacional. “Primero El Chapo y ahora El Mayo están condenados”, celebró el fiscal de Nueva York. Sin sus líderes históricos, la organización enfrenta la fragmentación inevitable que ya se ha manifestado en la violencia entre Chapitos y Mayiza y que ensangrienta a Culiacán. Los herederos del imperio narco no tienen la experiencia ni autoridad para mantener la cohesión de una estructura que operaba como Estado paralelo. La sucesión ha sido y seguirá siendo caótica y violenta, convirtiendo a Sinaloa en campo de batalla.

El futuro se escribirá en tres actos simultáneos: Trump utilizará cada confesión de Zambada para incrementar presiones sobre México; el vacío de poder en Sinaloa desatará violencia que justificará mayores demandas estadunidenses de intervención; cada rechazo mexicano militarizará más la retórica de Trump, quien ya considera a los cárteles “invasores” del territorio y la seguridad estadunidenses.

La sentencia del 13 de enero de 2026 no sólo decidirá el destino de Zambada; definirá si México conserva márgenes de maniobra frente a Washington o si la guerra contra las drogas se convierte en el pretexto perfecto para redefinir la soberanía nacional. Trump tiene ahora su testimonio estrella; Sheinbaum, su mayor dilema, y el Cártel de Sinaloa, su sentencia de muerte. El sismo que generó la voz firme de Zambada en Brooklyn apenas comienza a sentirse, pero sus réplicas transformarán el futuro de América del Norte.

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