El maíz, el mito y el ordenamiento
México enfrenta la paradoja más cruel de su historia alimentaria: el país que inventó el maíz ahora importa cantidades récord mientras los productores bloquean carreteras porque no dicen no poder cubrir los costos de producción. Detrás hay una tormenta perfecta: ...
México enfrenta la paradoja más cruel de su historia alimentaria: el país que inventó el maíz ahora importa cantidades récord mientras los productores bloquean carreteras porque no dicen no poder cubrir los costos de producción. Detrás hay una tormenta perfecta: colapso de precios internacionales desde la invasión a Crimea (y la posterior guerra en Ucrania), el peor escándalo de corrupción del sexenio anterior, una sequía devastadora y el agua existente monopolizada por pocos y opaces consecionarios.
El precio del maíz cayó de más de 7 mil pesos por tonelada durante la guerra en Ucrania a 3,400 pesos actuales. Cuando Sheinbaum ofreció 6,150 pesos por tonelada a los productores, los agricultores aceptaron porque ese precio les garantiza una rentabilidad de 15%, el margen necesario para seguir sembrando.
Empecemos por desmantelar la mentira más repetida: que Minsa y Maseca tienen todo el maíz que necesitan importándolo de EU. Minsa adquiere 1% del consumo total, ha comprado 4 millones de toneladas de maíz blanco nacional en seis años y sólo ha importado 69,815 toneladas. La harinera incluso paga mil pesos adicionales por tonelada sobre la referencia internacional.
El problema es estructural. Cuando Rusia invadió Ucrania, los mercados de granos entraron en pánico. México, que fija precios según la Bolsa de Chicago por el T-MEC, vio dispararse el maíz. Cuando terminó el boom, llegó el desplome por la sobreoferta global.
Mientras el mercado se descomponía, en México ocurría algo peor: el desastre de Segalmex. El organismo creado en 2019 para garantizar autosuficiencia alimentaria se convirtió en el mayor escándalo de corrupción del sexenio de López Obrador. La ASF detectó un desfalco de 14,900 millones de pesos: 3 mil mdp sin destino acreditado, 797 millones a empresas fachada, y en Chiapas, miles de toneladas de maíz sepultadas en los basureros. Los campesinos que confiaron en Segalmex quedaron con deudas millonarias y producto podrido. Ignacio Ovalle, director durante el desfalco, nunca enfrentó proceso penal.
La sequía posterior fue peor. En 2024-25, la producción de maíz blanco cayó 44%; Sinaloa cosechó 52% menos que el ciclo anterior. Productores tienen sus máquinas arrumbadas: para producir 12 hectáreas deben invertir 550 mil pesos y les devuelven 600 mil. Cincuenta mil pesos de ganancia por un año de trabajo no alcanza para seguir produciendo.
Y está el tema del agua. La nueva Ley General de Aguas pretende acabar con el aguachicol que ha permitido que grandes productores controlen concesiones mientras comunidades enteras enfrentan escasez. La iniciativa elimina transmisión de concesiones entre particulares, crea delitos hídricos con sanciones hasta de 12 años, y establece que el agua no puede venderse entre privados. Los acaparadores gritan que la iniciativa “viola derechos”. Lo que les molesta es que se acabó el negocio de especular con concesiones.
Lo que está en juego es la posibilidad de que México construya un sistema que funcione. El gobierno trabaja en el Sistema Mexicano de Ordenamiento del Mercado y la Comercialización del Maíz para que los campesinos sepan antes de sembrar a qué precio podrán vender.
¿Funcionará? Esperemos que sí, porque el alimento base de los mexicanos (la tortilla) depende de ello. Lo que sí sabemos es que entre enero y octubre, México importó 40 millones 700 mil toneladas de granos, cifra sin precedente desde 1993. El país que inventó el maíz ahora es el importador más grande del mundo.
Al menos se reconoció que dejar el maíz a la suerte del mercado internacional y a la codicia de intermediarios condena a los productores a la miseria y al país a la dependencia alimentaria. El debate real no es si el Estado interviene, sino cómo construir una que sí funcione. Porque lo que está en juego es si México puede construir un sistema donde quienes siembran el grano más importante de nuestra historia puedan vivir dignamente de su trabajo. Hasta ahora, la respuesta se sigue debatiendo en mesas inestables. Sheinbaum tiene la oportunidad de cambiar eso. Ojalá no la desperdicie.
