El encuentro, el reto y la revancha

El teatro geopolítico tiene momentos que cristalizan épocas enteras en una sola imagen. La cumbre entre Xi Jinping, Vladimir Putin y Kim Jongun, antier, durante las celebraciones del 75 aniversario de la República Popular China es uno de esos instantes donde la historia ...

El teatro geopolítico tiene momentos que cristalizan épocas enteras en una sola imagen. La cumbre entre Xi Jinping, Vladimir Putin y Kim Jong-un, antier, durante las celebraciones del 75 aniversario de la República Popular China es uno de esos instantes donde la historia se vuelve visible. No es casualidad que esta escena evoque el inicio del libro La Revancha de Antonio Rizzi, donde el autor describe un encuentro entre Xi y Putin —sin Kim— como el momento fundacional de lo que denomina la internacional nacional-populista: esa alianza de regímenes que han construido su legitimidad en la narrativa de la humillación histórica y la revancha civilizacional.

La presencia de estos tres líderes en Beijing trasciende el protocolo diplomático. Es una declaración de guerra simbólica al orden que Washington construyó tras 1945. Cada uno encarna una dimensión distinta del desafío: Xi representa el reto económico de un capitalismo autoritario más eficiente que el modelo occidental; Putin personifica la revancha geopolítica de una potencia que rechaza su relegación histórica; Kim es la prueba de que incluso los Estados paria pueden hacerse imprescindibles en el tablero nuclear global. El mensaje para Donald Trump es múltiple: económicamente, la imagen proclama que el decoupling con China es una fantasía. Mientras EU construye muros arancelarios, Xi consolida un espacio euroasiático donde el dólar puede llegar a ser prescindible. Los corredores de la Franja y la Ruta son las venas de un nuevo orden monetario que ya no pasa por Wall Street. Putin aporta energía, Xi manufactura y tecnología, y juntos construyen una arquitectura financiera —yuan digital, alternativas a SWIFT— que vuelve las sanciones occidentales obsoletas.

Geopolíticamente, el encuentro señala el fin de la unipolaridad como realidad presente. La doctrina estadunidense de contención simultánea se revela como ambición imperial en decadencia. Washington no puede contener a Rusia en Ucrania, a China en el Pacífico y a Corea del Norte al mismo tiempo. Estos tres actores han aprendido a coordinarse, a convertir cada presión occidental en oportunidad de alianza. Cuando Washington sanciona a Moscú, Beijing compra su petróleo con descuento. Cuando presiona a Pyongyang, Moscú le proporciona tecnología militar. Pero es en la dimensión nuclear donde el mensaje alcanza su máxima peligrosidad. Los tres controlan un arsenal que podría destruir la civilización varias veces. El control de armas de la Guerra Fría parece yacer en ruinas.

Este encuentro revela algo más profundo sobre el poder. Estos líderes comparten lo que sus contrapartes occidentales perdieron: la capacidad de pensar en términos históricos largos. Mientras las democracias se consumen en ciclos electorales de cuatro años, Xi piensa en el “rejuvenecimiento nacional” para 2049, Putin en restauración imperial secular, y Kim opera con visión dinástica. Es el tiempo geológico del autoritarismo contra el tiempo nervioso de la democracia de mercado. Como señala Rizzi, el verdadero peligro no es su fuerza militar o económica, sino su capacidad de ofrecer narrativas alternativas que resultan atractivas para el Sur global: el modelo chino de desarrollo sin democratización, el desafío ruso al universalismo occidental e incluso la insoportable resistencia norcoreana, representan opciones fuera del Consenso de Washington.

La respuesta de Trump ha sido errática: amenazas arancelarias que fortalecen la autarquía china, aislacionismo que cede espacio geopolítico, y admiración apenas disimulada por el poder que estos autócratas ejercen. La paradoja es delirante: el presidente que prometió hacer a América grande nuevamente parece compartir más con sus adversarios que con sus aliados democráticos. El verdadero reto que este encuentro plantea es epistémico. Obliga a Occidente a confrontar que su modelo no sea “el fin de la historia”, sino un paréntesis. Que la democracia liberal no sea el destino natural de la humanidad, sino una construcción histórica contingente. La revancha de la que habla Rizzi no es sólo contra el orden internacional liberal, sino contra la idea misma de que existe un único modelo válido de organización política y eonómica. La imagen de Xi, Putin y Kim brindando en Beijing es advertencia e invitación: advertencia de que el mundo unipolar ha muerto, invitación a imaginar lo que viene después. La pregunta no es si Occidente aceptará este nuevo equilibrio, sino si sobrevivirá el proceso de aceptarlo.

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