Egotrip #200
La pregunta es hasta dónde quiere Trump estirar la liga con sus dos principales socios. La respuesta parece clara: tanto como le permita obtener ventajas en la mesa de revisión del TMEC.Donald Trump lanzó la frase como si fuera un eslogan de campaña o un rugido ...
- La pregunta es hasta dónde quiere Trump estirar la liga con sus dos principales socios. La respuesta parece clara: tanto como le permita obtener ventajas en la mesa de revisión del T-MEC.
Donald Trump lanzó la frase como si fuera un eslogan de campaña o un rugido imperial: “México y Canadá hacen lo que les decimos”. No fue una observación diplomática, sino una declaración de mando que suena a manual de dominio, un eco de tiempos en los que la política exterior estadunidense se entendía como un monólogo. Con ése “hacen lo que les decimos”, Trump no sólo presume control, marca territorio y se asegura de que sus socios lo vean como el que lleva las riendas.
Detrás de su bravuconada hay una agenda más amplia que la simple reafirmación de poder. Trump busca debilitar la posición de México y Canadá justo antes de la revisión del T-MEC. Lo hace tensando la cuerda con aranceles, con amenazas de intervención militar y con exigencias que parecen salidas de un manual de negociación a golpes. La causa oficial es frenar la migración ilegal, detener el fentanilo y reducir el déficit comercial. La real es mucho más estratégica: dividir para negociar por separado y, así, imponer condiciones sin resistencia coordinada.
La presidenta Claudia Sheinbaum no ha mordido el anzuelo. Rechazó públicamente cualquier intervención militar de Estados Unidos en territorio mexicano, dejó claro que la soberanía no se negocia y respondió a las presiones comerciales con firmeza, aunque sin caer en el juego de la confrontación vacía. Su mensaje ha sido de cooperación, pero desde una posición de dignidad. México ha ofrecido resultados en materia de seguridad y control fronterizo, pero sin aceptar el guion que le dicta Washington.
Del otro lado, el primer ministro canadiense Mark Carney ha optado por una diplomacia de reconstrucción. Heredó una relación con México que venía golpeada y ha buscado recomponerla, consciente de que la fuerza frente a Trump radica en actuar como bloque. Ha calificado de ilegales los nuevos aranceles estadunidenses al acero canadiense, y al mismo tiempo ha enviado señales de cercanía a Palacio Nacional para mostrar que la alianza trilateral sigue viva, pese a los intentos de Trump de dinamitarla.
La pregunta es hasta dónde quiere Trump estirar la liga con sus dos principales socios. La respuesta parece clara: tanto como le permita obtener ventajas en la mesa de revisión del T-MEC, aunque eso suponga arriesgar el propio equilibrio del bloque norteamericano.
La cuerda se tensa entre Washington, Ciudad de México y Ottawa, pero aún no se rompe. Lo que Trump parece olvidar es que, en este juego de fuerza, no siempre gana el que más tira, sino el que sabe cuándo soltar antes de que todo se quiebre.
