¿Dónde está María Corina?

La tragedia venezolana no comenzó con el robo de una elección ni con la persecución de este año.

Ayer, en Oslo, el aplauso fue estruendoso, pero el silencio que dejó la silla vacía fue aún más ensordecedor. Mientras Ana Corina, su hija, subía al estrado para recibir el Premio Nobel de la Paz y leer las palabras que su madre no pudo pronunciar en libertad, el mundo se vio obligado a hacerse la pregunta incómoda, la pregunta que incomoda a los tiranos y debería desvelar a los demócratas: ¿Dónde está María Corina Machado?

Físicamente, la respuesta es una ubicación en la clandestinidad venezolana o bajo el asedio de un régimen que teme más a una mujer con su empeño y su verdad que a un ejército con armas. Pero políticamente, la pregunta tiene una respuesta mucho más profunda y urgente para el resto de Occidente.

El discurso leído hoy por su hija no fue sólo un grito de auxilio para Venezuela (más que para Maria Corina); fue un espejo para las democracias que aún respiran, pero que tosen con fatiga.

La tragedia venezolana no comenzó con el robo de una elección ni con la persecución de este año. Comenzó mucho antes, cuando se erosionaron las instituciones en favor del culto a la personalidad. Y aquí radica la lección central que María Corina, desde su ausencia presente, nos lanza a la cara: una democracia no sobrevive por la fuerza de sus líderes carismáticos, sino por la solidez de sus instituciones aburridas.

En América Latina, y peligrosamente en otras latitudes, tenemos una adicción al “salvador”. Nos enamoramos del líder que habla bonito, del que promete arrasar con todo para construir de nuevo, del que dice “yo soy el pueblo”. Cuidamos al líder. Lo defendemos en redes sociales, perdonamos sus exabruptos y celebramos su acumulación de poder. Mientras tanto, dejamos que los tribunales, la prensa, los organismos electorales, los poderes judiciales  y los entes de control se debiliten, creyendo que el carisma del líder es suficiente garantía de libertad.

María Corina está hoy “desaparecida” de la vista pública precisamente porque en su país se desmantelaron esas instituciones que debían protegerla a ella y a millones de votantes. Cuando no hay jueces independientes, el líder opositor se convierte en fugitivo. Cuando no hay árbitros electorales autónomos, la victoria numérica se convierte en una anécdota estadística ignorada por el poder.

El discurso en Oslo nos recuerda que el liderazgo moderno no debería tratarse de mesianismos, sino de servicio, sí a la gente y al pueblo, pero en permanente respeto a la ley (el famosísimo “contrato social” que le da forma a todos los países). La figura de María Corina hoy controvertida y enorme, sí, pero es una grandeza forjada en la resistencia ante el colapso institucional.

¿Dónde está María Corina? Está en la advertencia de que cuando cuidamos más al político que a la Constitución, estamos pavimentando el camino hacia nuestra propia sumisión —en el mejor de los casos, devastación en el peor—.

Para las democracias, la imagen de una hija leyendo el discurso de una madre políticamente perseguida debe ser un freno de emergencia. No necesitamos más líderes a los cuales idolatrar; necesitamos instituciones que sean tan fuertes que no importe quién esté al mando, que nadie tenga el poder de silenciar a quien piensa diferente.

¿Dónde está María Corina? En la historia, sin duda. Esperemos que nosotros estemos presentando oídos a las palabras leídas por su hija.

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