Del Toro y el monstruo de nuestros tiempos

Hay películas que no sólo se ven: se miran desde adentro, como si una lámpara nos encendiera detrás de los ojos. La “nueva” Frankenstein de Guillermo del Toro es de ésas. No es una cinta: es un espejo y una acusación. Del Toro no adapta: conversa con Mary Shelley ...

Hay películas que no sólo se ven: se miran desde adentro, como si una lámpara nos encendiera detrás de los ojos. La “nueva” Frankenstein de Guillermo del Toro es de ésas. No es una cinta: es un espejo y una acusación. Del Toro no adapta: conversa con Mary Shelley como quien se sienta frente a una amiga, nos viene advirtiendo de lo mismo que hoy nos devora: de la vanidad tóxica del creador, la irresponsabilidad del poder y, sobre todo, del precio de un mundo sin ternura. (Y sí, Shelley, una mujer de 20 años, escribió la obra que muchos consideran el primer ladrillo serio de la ciencia ficción; no lo olvidemos cuando nos digan que la imaginación sólo puede tener bigote).

Al monstruo, aquí ya no cabe en la palabra “monstruo”, Del Toro le devuelve su nombre verdadero: criatura. Y a Víctor, el doctor que juega a Dios con los ojos inflamados de gloria, le deja el apellido que importa: narcisista. En la pantalla, la criatura pide afecto con un cuerpo que parece mármol roto; el científico, en cambio, sólo pide reflejos: quiere verse inmortal en lo que fabrica. ¿No es ese, también, el algoritmo emocional de nuestros líderes de temporada? Caudillos de selfie infinita, las plazas llenas, presidentes de retuit, tribunos que confunden “pueblo” con “audiencia cautiva”. Shelley trató de advertirnos —y Del Toro subraya— que la monstruosidad no nace de la rareza, sino del abandono.

Hay una escena —varias, en realidad— donde uno siente que Del Toro ha decidido filmar el siglo XXI con velas del XIX. El rayo que anima a la criatura no es sólo electricidad: es el rencor de los dioses expulsados de los palacios, el resentimiento de una élite que juega con otras vidas porque puede. La soberbia tecnológica sigue siendo la vieja prepotencia: no hay chip que la redima. Que nadie se engañe: Frankenstein habla de política, y lo hace sin discursos. Habla de tecnología y lo hace sin algoritmos. Habla de empatía y lo hace sin sermones. La criatura es el ciudadano, el migrante de todos los cuerpos: el que llega sin papeles a la fiesta cruel del poder. Víctor, el científico, es el dirigente que promete destino y entrega ruinas; el que, por salvar su nombre, sacrifica a cualquiera. ¿Y el populismo? Es ese mercado negro de afecto que le ofrece al desamparado lo que el Estado y las élites siempre le negaron: una pertenencia inmediata. Shelley lo dijo con un relato; Del Toro lo canta con imágenes: cada vez que negamos la empatía, fabricamos un verdugo.

Quisiera detenerme en la empatía. Palabra gastada, sí, pero aquí recobra filo. La criatura de Del Toro es peligrosa porque fue negada; aprende la violencia como un idioma que no quería hablar, pero acaso el único que entienden los seres humanos. Este es el punto: la monstruosidad es pedagógica. Se enseña, se transmite, se hereda. La indiferencia educa monstruos, la humillación los organiza, la propaganda les da himno No es casual que Del Toro haya elegido esta historia en un año en el que la política global recuerda a un teatro ambulante de egos. Shelley escribió su novela en una Europa que también se creía rehén de gigantes; respondió con la pregunta más simple y más feroz: ¿quién cuida a lo creado de su creador? Una democracia madura no es la que exhibe más carisma, sino la que domestica el carisma con instituciones. Del Toro, lector de mitos, nos ofrece una fábula para adultos: si no ponemos límites, el laboratorio se vuelve Estado.

Vuelvo a Shelley, y cierro con ella: escribió a los 20 lo que muchos no se atreven a pensar a los 50. Lo hizo en un mundo que consideraba a las mujeres ornamentos de salón y víctimas convenientes. Quizá por eso su novela destapa la esencia del poder: la irresponsabilidad masculina convertida en método. Del Toro le pone cámara a la pregunta que queda: ¿seremos capaces de crear —tecnologías, gobiernos, discursos— sin negarle el abrazo a lo creado? Si no, seguiremos bautizando “monstruo” a lo que en realidad es nuestro retrato. Salimos de la proyección y el espejo todavía nos sigue. Ojalá no esperemos otro rayo. Ojalá, esta vez, la empatía llegue antes que la furia. Y ojalá recordemos, la próxima vez que un narcisista nos prometa cielo: no es Dios quien habla; es Víctor practicando frente al espejo. Mary Shelley lo sabía. Guillermo del Toro lo recuerda. El verdadero monstruo nunca fue el que tenía cicatrices. Fue el que nunca tuvo corazón. Ni lucidez. Ni mínima sensatez para reconocer el verdadero peligro...

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