Culpar a los periodistas

En la era de la polarización política extrema, una estrategia se ha vuelto casi universal entre líderes de todo el espectro ideológico: culpar a los periodistas. Desde la extrema derecha hasta la izquierda radical, el manual parece ser el mismo: cuando las cosas van ...

En la era de la polarización política extrema, una estrategia se ha vuelto casi universal entre líderes de todo el espectro ideológico: culpar a los periodistas. Desde la extrema derecha hasta la izquierda radical, el manual parece ser el mismo: cuando las cosas van mal, la culpa siempre recae sobre esos “enemigos del pueblo” que osaron reportar la realidad.

La estrategia trasciende fronteras ideológicas con uniformidad sorprendente. Donald Trump popularizó el término fake news y declaró a los medios “enemigos del pueblo americano”. Del otro lado del espectro, Nicolás Maduro, en Venezuela, ha clausurado decenas de medios independientes bajo acusaciones de “terrorismo mediático”. En Brasil, tanto Bolsonaro como Lula atacaron a medios críticos desde posiciones opuestas. En Argentina, Cristina Kirchner y Mauricio Macri (por no hablar de Javier Milei y sus desvaríos) desplegaron la misma hostilidad hacia la prensa independiente. La lista se extiende: Erdogan, Putin, López Obrador, Orbán, Modi. Todos, independientemente de su color político, han encontrado en los periodistas un chivo expiatorio conveniente.

¿Por qué esta estrategia resulta tan atractiva? Funciona a corto plazo. Culpar a los periodistas permite desviar la atención de problemas reales, movilizar bases contra un enemigo visible y crear una narrativa donde el líder siempre es víctima de conspiración mediática. Los periodistas son blancos perfectos: su trabajo consiste en hacer preguntas incómodas e investigar irregularidades. Para gobiernos que prefieren operar sin cuestionamientos, la prensa libre representa un obstáculo molesto.

Sin embargo, esta estrategia esconde una trampa mortal. Al erosionar sistemáticamente la credibilidad de los medios, los líderes destruyen uno de los pilares fundamentales de la democracia: el sistema de contrapesos que impide la concentración absoluta del poder. Una prensa libre actúa como mecanismo de alerta temprana que detecta corrupción, ineficiencia y abuso antes de que se conviertan en crisis sistémicas. Cuando los gobiernos silencian a los medios independientes pierden este sistema de detección, quedando ciegos ante sus propias fallas.

Paradójicamente, los líderes que atacan a la prensa por reportar “noticias falsas” terminan creando exactamente lo que denuncian. Al polarizar el panorama mediático, fuerzan a los medios a tomar posiciones extremas para sobrevivir, creando el sesgo que originalmente criticaban. Más peligroso aún, al eliminar fuentes confiables, crean un vacío llenado por desinformación y teorías conspiracionales.

En el mediano y largo plazos, los gobiernos que destruyen la prensa libre se condenan al colapso. Sin mecanismos independientes de rendición de cuentas, estos regímenes se vuelven sistemas cerrados que se retroalimentan con propaganda hasta perder contacto con la realidad.

La libertad de prensa no es un lujo democrático, sino un componente esencial del sistema inmunológico de cualquier sociedad democrática. Los líderes que la destruyen no eliminan un enemigo; cortan las arterias de oxígeno de la democracia, condenando, eventualmente, a sus propios gobiernos a la asfixia política. Una democracia sin prensa libre no es una democracia más fuerte, sino una democracia moribunda.

Defender a los periodistas no es defender una profesión; es defender nuestro derecho a conocer la verdad, a que alguien vigile a quienes nos gobiernan y a mantener viva la posibilidad de que la democracia sea algo más que una palabra vacía. Cuando permitimos que se ataque a la prensa estamos entregando voluntariamente las llaves de nuestra libertad a quienes prefieren gobernar en las sombras. No se trata de estar de acuerdo con cada reportaje o de aplaudir cada decisión editorial; se trata de entender que el día que los periodistas dejen de molestar al poder será el día en que el poder dejará de tener límites. Y ese día todos seremos más pobres, más vulnerables y más ciegos ante los abusos que se cometen en nuestro nombre.

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