Una casa de tres pisos con alberca y comedor al aire libre, en Lugano, Suiza. Ahí vive, según el reportaje de Azteca Noticias, Jorge Amílcar Olán, el empresario tabasqueño cuyo nombre lleva meses rondando a los hijos de López Obrador. Lo que importa de la imagen no es la alberca, sino la pregunta que deja: quién está pagando mientras él descansa.
Antes de seguir, lo que hay y lo que no. Olán es señalado por Mexicanos contra la Corrupción y la Impunidad y LatinUS en contratos del Tren Maya, Dos Bocas, el sector salud y rentas al Poder Judicial, y por una presunta cercanía con una célula del CJNG, según audios que LatinUS difundió. La fiscal Ernestina Godoy dice que no existe orden de aprehensión en su contra. Andy López Beltrán rechaza las acusaciones, y el New York Times precisa que Estados Unidos revisa señalamientos sin investigación formal abierta. Nada de esto es una sentencia. Es un expediente de preguntas, y éste ya están cobrando intereses.
Los primeros intereses los paga la presidenta. Claudia Sheinbaum prometió continuidad, y ésta viene con equipaje: amigos, contratos y apellidos del sexenio anterior. Cada mañanera donde le preguntan por Olán la obliga a elegir entre dos frases, que la fiscalía actúe como debe y que no hay investigación. Por separado se sostienen. Juntas suenan a trámite. Y cuando además tiene que calificar de política la cancelación de la visa a Andy, la conversación deja de tratar sobre él y empieza a tratar sobre ella. Eso se paga en credibilidad, que cuesta años ganar y una semana perder, y también en una relación con Washington donde el combustible ilegal y el crimen organizado pesan muchísimo.
Morena paga distinto. Nació diciendo que no era igual a los demás, y hoy su exsecretario de Organización tiene que dar la cara por una amistad. Los audios donde Olán afirma haber dado dinero a la campaña de Marina del Pilar en 2021 no prueban nada por sí solos, y la gobernadora tendrá que responder. Pero el desgaste no pregunta quién sabía. El militante que toca puertas en cualquier estado recibe la desconfianza completa sin haber firmado un solo contrato.
Hay otra cuenta que casi nadie contabiliza, porque no tiene rostro. El huachicol fiscal es combustible que entra sin pagar impuestos, y ese dinero que no llega a la hacienda pública es presupuesto que dejó de existir para clínicas y escuelas. Si lo que se dice de las adjudicaciones del extinto Insabi resulta cierto, hubo pacientes que no recibieron lo que el Estado ya había pagado. Ésos no salen en las mañaneras ni en los reportajes, y son los últimos a quienes se les va a devolver algo.
Y está Andrés Manuel López Obrador, AMLO, el expresidente y el papá. Aquí tengo una sospecha, no una certeza. Su mayor capital político fue la imagen del hombre austero que no se hacía rico, y mucha gente se la compró aun cuando dudaba de su política económica. La historia perdona bastante bien los errores de gobierno y hasta los defectos de carácter. Perdona fatal la sospecha de que alrededor de su poder se armaron fortunas de familia. Nadie ha probado que haya sido así, y vale la pena repetirlo. Pero los historiadores no necesitan una sentencia para escribir “se le acusó de”, y esa frase ya tiene lugar reservado en el capítulo de su sexenio. Él, por cierto, ya no cuenta con un micrófono diario para contestar.
Tiene razón Sheinbaum en algo: una investigación no debe abrirse porque lo diga una televisora con agenda propia frente a este gobierno. Pero tampoco debe cerrarse porque lo diga una mañanera. La fiscalía existe para esa distancia entre el rumor y la prueba, y le toca recorrerla con la cara descubierta. Lo que más me inquieta es lo que se pierde por omisión. Si no hay investigación, nunca sabremos si hubo delito. Si hay una de adorno, tampoco. Un empresario claramente escondido en Suiza y una fiscalía que dice que no hay nada le convienen a un culpable y perjudican a inocentes.
La Presidenta tiene una salida, la menos cómoda: dejar que se investigue sin que nadie sospeche instrucciones en ninguna dirección. No la protege de lo que se encuentre. La protege de que se piense que se evitó buscar.
Mientras tanto la cuenta sigue corriendo, y quien la paga casi nunca es quien o quienes estaban sentados a la mesa. (O en el sillón, o frente a la computadora, o en la banca de la esquina hablando por su celular).
