Tres meses sin petróleo. Decenas de miles de cubanos esperando una operación quirúrgica que no se puede realizar por falta de energía eléctrica. Más de 115 panaderías reconvertidas para funcionar con leña. Eso es lo que hay detrás de la declaración que Miguel Díaz-Canel entregó este viernes a la historia: Cuba sostuvo conversaciones con el gobierno de Estados Unidos, lo que marca la primera vez que el país caribeño confirma esas especulaciones en medio de una severa crisis energética. Semanas de negación. Semanas de retórica revolucionaria mientras Trump presumía públicamente los contactos. Y ayer, la confirmación que La Habana resistió todo lo que pudo.
El timing no es inocente. Tras la captura de Nicolás Maduro en un operativo estadunidense en Caracas el pasado 3 de enero, Trump cortó los envíos de petróleo venezolano a Cuba y amenazó con imponer aranceles a otros países que vendieran crudo a la isla. El régimen que sobrevivió el Periodo Especial, los apagones de los años 90, seis décadas de embargo, no pudo sobrevivir la pinza perfecta que Washington construyó con una sola captura en Caracas. Lo que describe Díaz-Canel no es un diálogo entre iguales. Es la arquitectura de una capitulación administrada. Los intercambios, supervisados por él mismo y por Raúl Castro, estuvieron orientados a buscar soluciones por la vía del diálogo a las diferencias bilaterales. Y el detalle que reveló Washington pocos minutos después termina de ilustrar la asimetría: el secretario de Estado, Marco Rubio se reunió en secreto con Raúl Guillermo Rodríguez Castro —nieto de Raúl Castro— al margen de una reunión de la Comunidad del Caribe en San Cristóbal y Nieves. El nieto del patriarca como emisario.
Cuba también anunció la próxima liberación de 51 presos como gesto de buena voluntad vinculado a las relaciones con el Vaticano. El Vaticano como coartada. Los presos como moneda de cambio. La geometría de estas negociaciones es la misma que se vivió en 2014 con Obama, pero con una diferencia fundamental: entonces Cuba negociaba desde una posición de relativa estabilidad.
El papel de Claudia Sheinbaum merece una lectura precisa, porque su postura revela tanto lo que hizo como lo que no pudo hacer. La Presidenta celebró el acercamiento, reafirmó el apoyo de México a la isla y declaró indispensable el diálogo frente a la injusticia histórica del bloqueo. Palabras correctas, tono solidario. Pero cuando le preguntaron si México había jugado algún papel concreto, su respuesta fue cautelosa: “Digamos que de promoción del diálogo tanto con las autoridades de Estados Unidos como con las autoridades cubanas”. “Digamos que…”, esa elisión lo dice todo. México se ofreció como facilitador, envió buques con ayuda humanitaria cuando cortó (bajo presión de Washington) los envíos de petróleo, y hoy celebra un resultado en cuya cocina participó con discreción bien calculada. Es la geometría real del poder: hacer lo posible sin antagonizar al vecino del norte.
Pero hay aquí una herida más profunda, y tiene nombre: el fin del ciclo de las izquierdas latinoamericanas tal como se construyó desde finales del siglo pasado hasta los primeros años del siglo XXI. Aquella constelación que unía a Chávez, Castro, Morales y Kirchner bajo la promesa de una alternativa soberana al orden neoliberal ha ido desapareciendo no por la fuerza de las ideas de sus adversarios, sino por el peso de sus propias contradicciones. Venezuela es hoy un Estado fallido. Cuba negocia en secreto con Marco Rubio mientras sus ciudades permanecen a oscuras. Y las izquierdas que gobiernan —en México, en Brasil, en Colombia— observan el derrumbe con la misma impotencia cautelosa que Sheinbaum expresó ayer por la mañana.
Lo que viene para Cuba es, en el mejor de los casos, una transición larga y llena de trampas. En el peor, un acuerdo de cúpulas que preserve las estructuras del régimen a cambio de cosmética democrática. Las luces se apagan. Los enfermos esperan. Y Raúl Castro, fuera del cuadro pero dentro de cada decisión, sabe que esto ya no se trata de la revolución. Se trata de cómo termina. Y con ella, de cómo empieza a enterrarse una ilusión que le costó al continente, en sufrimiento real, mucho más de lo que jamás admitirán quienes la sostuvieron.
