¿Copiar a China para alcanzar a China?

Durante décadas, Estados Unidos predicó las virtudes del mercado libre mientras criticaba el intervencionismo estatal chino. Hoy, esa narrativa se desmorona ante la realidad geopolítica: Washington acaba de adquirir el 10% de Intel por 8 mil 900 millones de dólares, ...

Durante décadas, Estados Unidos predicó las virtudes del mercado libre mientras criticaba el intervencionismo estatal chino. Hoy, esa narrativa se desmorona ante la realidad geopolítica: Washington acaba de adquirir el 10% de Intel por 8 mil 900 millones de dólares, adoptando el mismo modelo de “capitalismo dirigido por el Estado” que tanto criticó en Pekín.

La ironía no podría ser más evidente. El gobierno de Trump convirtió subvenciones de la Ley CHIPS en participaciones accionarias, convirtiéndose en el mayor accionista de la empresa más emblemática de Silicon Valley. Es la misma estrategia que China ha perfeccionado durante dos décadas: las inversiones públicas chinas en empresas privadas aumentaron de 9 mil 400 millones de dólares en 2016 a más de 125 mil millones en 2020.

El caso Nvidia ilustra perfectamente las contradicciones de la nueva estrategia estadunidense. La empresa acordó ceder al gobierno de EU el 15% de los ingresos por ventas de chips H20 a China, un precedente sin igual en el capitalismo estadunidense. Mientras tanto, China presiona a sus empresas para que abandonen los chips estadunidenses y adopten alternativas locales, alimentando el crecimiento de competidores como Huawei.

Pese a las restricciones, chips de Nvidia por valor de mil millones de dólares llegaron clandestinamente a China en apenas tres meses. El mensaje es claro: las sanciones tecnológicas no sólo fracasan, sino que aceleran la innovación del rival. China ya no necesita tanto a EU, prefiriendo que sus empresas desarrollen capacidades propias.

¿Qué está copiando exactamente Estados Unidos? El modelo chino combina inversión estratégica directa mediante “acciones de oro” aparentemente pequeñas para obtener control de facto sobre empresas privadas, similar a como Washington ahora controla el 10% de Intel sin derecho de voto, pero con influencia estratégica. También incluye planificación sectorial, priorizando sectores del futuro como IA, tecnología cuántica y biofabricación, mientras EU ahora hace lo mismo con semiconductores y supercomputadoras. Finalmente, establece una simbiosis público-privada donde más del 60% del PIB chino proviene de empresas privadas, pero el Estado controla sectores estratégicos. Estados Unidos replica esta fórmula: capitalismo en la superficie, dirigismo en la práctica.

La viabilidad de esta estrategia enfrenta desafíos fundamentales. El timing es tardío, pues China lleva dos décadas perfeccionando este modelo. Pekín reconoció la ineficiencia del modelo de crecimiento basado únicamente en inversión estatal y lo reequilibró gradualmente. Estados Unidos intenta implementarlo cuando China ya domina cadenas de suministro globales. La cultura empresarial también presenta obstáculos, ya que el ADN estadunidense de mercado libre choca con el dirigismo estatal. Las acciones de Intel cayeron 3-4% tras anunciarse la participación gubernamental, reflejando el nerviosismo de los inversores. En cuanto a competencia tecnológica, China adoptó la IA más rápidamente que EU, con decenas de gobiernos locales integrando ya el modelo DeepSeek en sus operaciones. La ventana de oportunidad se cierra.

La respuesta sobre si es suficiente para alcanzar a China es compleja. Intel necesitaría al menos 40 mil millones de dólares para recuperar competitividad frente a TSMC. Los 8 mil 900 millones del gobierno son un parche, no una solución estructural. Además, China enfrenta sus propios dilemas: cómo seguir reduciendo deuda preservando crecimiento, cómo promover innovación privada mientras reduce el tamaño de empresas privadas exitosas. Estados Unidos podría aprovechar estas contradicciones internas.

La estrategia de “copiar a China para alcanzar a China” tiene lógica geopolítica, pero requiere consistencia temporal y escala masiva que el sistema político estadunidense podría no tolerar. China construyó su modelo durante décadas de paciencia estratégica. EU intenta replicarlo en años de urgencia electoral.

Es un paso necesario, pero insuficiente. Sin una transformación cultural más profunda hacia la planificación a largo plazo, Estados Unidos seguirá jugando catch-up en una carrera donde China ya lleva varias vueltas de ventaja. La guerra tecnológica entre Estados Unidos y China no se ganará copiando modelos, sino reinventando las reglas del juego. Por ahora, Washington juega con las cartas de Pekín.

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