Hace exactamente un año, entre el 6 y el 9 de octubre de 2025, la sierra de Puebla, Hidalgo y el norte de Veracruz se vinieron abajo. Murieron más de ochenta personas, Poza Rica quedó bajo el lodo y la Presidenta escuchó a damnificados reclamar que nadie les había avisado. Un año después, el país volvió a vivir el pronóstico del tiempo como amenaza. El Servicio Meteorológico Nacional anunció lluvias de intensas a torrenciales en diez estados entre el 5 y el 7 de octubre y, enseguida, la posibilidad de dos ciclones a la vez, uno en cada litoral. En Chihuahua, Protección Civil aprobó a finales de septiembre otra declaratoria de emergencia por las inundaciones en Ciudad Juárez.
Basta mirar el mapa del continente para entender que esto no es mala suerte. El 8 de octubre un aluvión bajó por una quebrada en Las Condes, en Santiago de Chile, y arrastró lodo y coches por las calles; evacuaron a mil personas. Perú declaró en emergencia 58 distritos de Ayacucho por las lluvias que se esperan con El Niño. Honduras hizo lo mismo en 75 municipios, pero por la razón contraria: sequía, con casi dos millones de personas en riesgo de no comer lo suficiente. En el Tolima colombiano ardieron más de 22 mil hectáreas.
El dato de fondo ya no admite discusión. Agosto de 2026 fue el más caliente desde que hay registros, según NOAA, Copernicus y la NASA, y la temperatura de los océanos tocó su máximo histórico. La Organización Meteorológica Mundial advierte que El Niño ya está instalado y que se volverá muy fuerte, con efectos hasta bien entrado 2027. Quien todavía pida pruebas del cambio climático puede asomarse a cualquier noticiero de esta semana. Ahora Guadalajara. Del 5 al 7 de octubre, vecinos de El Sauz y Lomas del 4 bloquearon Colón y Torres Bodet y detuvieron la Línea 1 del Tren Ligero con un reclamo que no necesita traducción: agua limpia. Llevaban meses abriendo la llave para ver salir un líquido café, con sedimentos y olor a drenaje. El gobernador Pablo Lemus admitió que la ciudad vive “una crisis de agua potable como nunca antes” y anunció que dejará de usar la presa Las Pintas y el sistema antiguo que trae agua de Chapala. Habrá tandeos durante seis meses, mientras terminan un acueducto de desvío y la ampliación de la potabilizadora de Miravalle. Para el largo plazo prometió un acueducto nuevo de Chapala a Guadalajara, que tardaría unos dos años y que buena parte de los pueblos ribereños ya rechaza.
¿Y el clima? Está, por supuesto. Investigadores de la Universidad de Guadalajara miden en Chapala una temperatura promedio de 25 grados, y ese calor favorece a las cianobacterias que producen microcistinas, unas toxinas que dañan el hígado. Jalisco calcula pescar este año 40% menos que hace seis. Y el propio Lemus explicó que la contaminación de Las Pintas vino de descargas de aguas residuales de varios municipios que las lluvias recientes rebasaron. Ahí está el nudo. Las lluvias rebasaron descargas que no debían existir. La Conagua ya había documentado contaminación en Las Pintas en su diagnóstico de 2012 a 2021. La Comisión Estatal de Derechos Humanos emitió en 2022 una recomendación al gobierno de Jalisco por violar el derecho humano al agua. El SIAPA recibió 1,083 reportes de agua turbia o sucia en 475 colonias entre enero de 2025 y enero de 2026. Nada de eso lo provocó El Niño.
Me preocupa que el cambio climático, justo cuando ya nadie serio lo niega, se convierta en la coartada perfecta. Es muy cómodo culpar a algo que no tiene domicilio ni aparece en la boleta de 2027. Pasó con Poza Rica, donde la conversación oficial se fue a una lluvia que “no se esperaba de tal magnitud” y casi nunca a quien tenía que dar la alerta. Puede pasar en Guadalajara si el debate se queda en el lago caliente y no llega a los drenajes clandestinos que nadie clausuró a tiempo.
El calentamiento sube la apuesta, pero quien decide quién paga la cuenta sigue siendo humano. Lo decidió la descarga que se toleró durante años y lo decide el acueducto que se pospone de un sexenio a otro. El Niño suele traerle a buena parte del país menos lluvia y más calor, y si llega tan fuerte como anticipa la OMM, una ciudad que hoy no puede garantizar que lo que sale de la llave sea potable, lo va a enfrentar con tandeos y promesas.
Una última cosa. El 9 de octubre hubo un temblor de 7.6 grados en Panamá. No tiene nada que ver con el clima y conviene no meterlo en el mismo costal: justo porque el calentamiento es innegable, el argumento merece cuidado. Cuando todo es culpa del clima, nada es culpa de nadie.
