La carta o el fin del "hubris"

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

Hay una palabra griega que los políticos mexicanos nunca pronuncian, pero que los dioses siempre cobran: hubris. La soberbia de quien cree que las reglas del mundo no aplican para él porque ayudó a escribirlas. Esta semana, en el lapso de cuatro días, Andrés Manuel López Obrador hizo dos apariciones públicas que en apariencia son gestos de padre y de patriota, pero que, juntas, cuentan otra historia.

El martes apareció en una fotografía junto a su hijo Andy, quien días antes renunció a la Secretaría de Organización de Morena para buscar una diputación federal por Tabasco. “Soy hijo de quienes aman y lucharon por el pueblo”, escribió el vástago al publicar la imagen. El padre salía del retiro para bendecir la operación. El miércoles publicó desde Palenque una carta dirigida a Trump, pero destinada, en su arquitectura real, a sostener la narrativa de la 4T que fundó y a posicionarse como voz autorizada sobre la política exterior del país que ya no gobierna. Dos apariciones en cuatro días, para quien prometió el silencio del retiro.

¿Por qué ahora? El analista Leonardo Curzio dijo sin rodeos: “Hay un López Obrador asustado. Yo creo que la salida de su hijo de la Secretaría de Organización y su entrada como candidato es proveerle un fuero, porque sienten que las investigaciones los podrían tocar”.

El contexto lo justifica y lo desborda. Rubén Rocha Moya, gobernador de Sinaloa con licencia, indiciado por el Departamento de Justicia de EU. Adán Augusto López señalado por vínculos al huachicol fiscal, protección política y operaciones ligadas al narco. Y el miércoles, el mismo día que publicó su carta, Los Ángeles Times reveló que EU habría revocado discretamente las visas de los gobernadores Alfonso Durazo, de Sonora, y Américo Villarreal, de Tamaulipas, mientras son investigados por posibles nexos con el crimen organizado.

Cuatro nombres en semanas: Rocha, Adán Augusto. Durazo y Américo. No son gobernadores de extrarradio ni operadores menores. Son el mapa político de seis años de 4T. Porque ése es el núcleo del hubris de López Obrador: construyó un sistema de lealtades, complicidades y acuerdos tácitos que mientras gobernaba funcionaban.

El problema con esos sistemas es que no se pueden guardar en un cajón cuando uno se jubila. Siguen funcionando y los rastros eventualmente llegan a EU, que tiene sus propios intereses y calendarios, y que no siente ninguna obligación de respetar el relato de la transformación.

Así que el hombre que se fue a Palenque a escribir su memoria histórica y a cuidar su legado se encuentra ahora en una posición que no eligió: sus amigos están siendo señalados, su hijo necesita un fuero, y la única herramienta que le queda es la narrativa.

La carta es un documento de esa operación. Elegante, bien escrita, políticamente hábil. Pero también es el texto de un hombre que necesita que el debate se mueva del quién al por qué. Que regrese el otro Trump, pide. Que se hable de soberanía, no de huachicol.

Por ahora, la maniobra funciona. Sheinbaum leyó la carta en su mañanera. El movimiento cerró filas. La narrativa de la injerencia extranjera copó el debate público de la semana.

Pero el hubris griego no se paga en una semana, sino cuando menos se espera. Los griegos tenían un nombre también para ese momento: némesis. Y López Obrador lo sabe o, por lo menos lo teme. Por eso escribió una carta y como sucede siempre con él: no le importa qué o quiénes pueda arrasar en el camino: ni la relación bilateral ni la presidenta Sheinbaum y su gobierno ni la estabilidad del país entero.

ADDENDUM 

En algunos borradores de las solicitudes de cooperación jurídica enviadas por la FGR al gobierno de EU, se pedía explícitamente que las pruebas contra los acusados por la Corte del Distrito Este de Nueva York fueran entregadas “en foto o en video” del momento mismo en que los imputados cometían los delitos que se les atribuían, una exigencia que no sólo revela un desconocimiento elemental del funcionamiento del sistema de inteligencia y del derecho penal internacional, sino que además convierte a la institución encargada de perseguir los delitos más graves del país en el hazmerreír de sus propios interlocutores.