“Caballero”
Gisèle Pelicot recibió el título de Caballero de la Legión de Honor en Francia, la más alta distinción civil y militar de ese país, concedida a personas de excepción por su valor, compromiso y ejemplo. Que Pelicot haya sido galardonada es motivo de celebración: su ...
Gisèle Pelicot recibió el título de Caballero de la Legión de Honor en Francia, la más alta distinción civil y militar de ese país, concedida a personas de excepción por su valor, compromiso y ejemplo. Que Pelicot haya sido galardonada es motivo de celebración: su valentía al denunciar, tras años de abuso sexual en manos de su esposo, desafió silencios largamente impuestos y abrió puertas para muchas otras mujeres. Su acto fue un faro de resiliencia, una denuncia que desafía todos los estereotipos sobre el poder, el género y la justicia.
Sin embargo, resulta inevitable detenerse, aunque sea un momento, en la paradoja que supone el nombre de la distinción. “Caballero” —palabra que durante siglos ha simbolizado lo masculino, lo viril, aquel que porta la espada, el que salva y al que se reconoce por la fuerza— sigue siendo el emblema de un mérito universal.
¿No significa algo peculiar que mujeres, precisamente mujeres que han enfrentado y vencido expresiones extremas del patriarcado y de la violencia de género, sean reconocidas bajo una palabra tan llena de ecos masculinos? La historia de Pelicot es el reverso de los relatos caballerescos: ella no fue rescatada, se rescató a sí misma. No blandió una espada, sino su voz y su verdad. No buscó gloria, sino justicia. La sociedad, por justicia, la distingue, pero lo hace alojando su nombre bajo el paraguas de una tradición masculina que, en muchos sentidos, sigue condicionando la idea misma del honor.
No es éste un argumento por quitar mérito al reconocimiento, sino por subrayar la tensión entre los símbolos y las realidades que queremos transformar. Celebrar a Gisèle Pelicot es, también, mirar críticamente el lenguaje y los esquemas que todavía usamos para aplaudir la valentía femenina. ¿Hasta cuándo una mujer valerosa será llamada caballero? ¿Cuándo honraremos la fuerza de las mujeres con palabras y símbolos que les pertenezcan, que les reflejen, que no las acomoden a moldes antiguos? En Francia, el abuso sexual contra las mujeres representa una crisis persistente. En 2022, las autoridades registraron más de 76,000 incidentes de violencia sexual contra mujeres, de los cuales casi la mitad fueron agresiones sexuales y cerca del 45% correspondieron a violaciones. Más de 93% de las víctimas de violación y el 98% de las víctimas de violación en el ámbito de pareja son mujeres. Los datos también muestran que siete de cada diez mujeres en la región de Île-de-France han experimentado alguna forma de violencia sexual en el transporte público a lo largo de su vida. Sin embargo, estas cifras no reflejan la totalidad del problema, ya que muchas víctimas no denuncian por miedo, estigmatización o desconfianza en las instituciones; en 2023, sólo la mitad presentó denuncia más de seis meses después del hecho y 17% esperó más de cinco años para hacerlo.
En México, la situación es igual de alarmante: la mitad de las mujeres de 15 años o más ha sufrido algún tipo de violencia sexual en su vida, y casi una de cada cuatro fue víctima de este delito sólo en el último año. Por cada delito sexual cometido contra un hombre, nueve son perpetrados contra mujeres, y el 93% de los casos de violencia sexual no son reportados formalmente. A nivel global, la Organización Mundial de la Salud estima que una de cada tres mujeres ha sido víctima de violencia física o sexual —principalmente de parte de sus parejas—, lo que representa más de 736 millones de mujeres. Además, se calcula que hasta el 38% de los feminicidios a nivel mundial son cometidos por parejas íntimas. Persisten, en todos los países, enormes pendientes: la mayoría de las víctimas no denuncia, la justicia suele ser ineficaz y las políticas de protección resultan insuficientes para frenar el círculo de impunidad y violencia.
La Legión de Honor se llenó de luz con la historia de Pelicot. Que su ejemplo nos impulse no sólo a distinguir el valor, sino a repensar cómo lo nombramos —para que la distinción sea, algún día, tan equitativa en el lenguaje como aspira a serlo en el espíritu.
