Lula lo llamó “inesperado” y tiene razón. Con el cien por ciento escrutado, Flávio Bolsonaro obtuvo 47.03% de los votos y Lula 45.16%, una diferencia de más de dos millones de votos que las encuestas, que daban ventaja a Lula, no anticiparon. Nadie rebasó 50%, así que el 25 de octubre habrá segunda vuelta, y el propio presidente la describió como la prórroga. Pero los números de fondo son menos cómodos que el calendario: el hijo mejoró en unos cuatro puntos lo que logró su padre en la primera vuelta de 2022, y Lula perdió cerca de tres y medio. Entre ambos reunieron 92.19% de los votos, así que 7.8% restante, repartido entre once candidatos, pesará en la segunda vuelta, y esa aritmética hoy favorece a Flávio.
Lo extraordinario de esta historia es el apellido. Jair Bolsonaro está preso e inhabilitado, condenado por el Supremo tras la intentona golpista que siguió a su derrota. Su hijo, senador de 44 años, recogió el movimiento y lo llevó a un primer lugar que el padre, siendo presidente, no consiguió en 2022. Además, el Partido Liberal obtuvo una amplia mayoría en el Congreso y será la primera fuerza del Senado. El bolsonarismo sobrevivió a su fundador, y las encuestas apenas y lo vieron venir.
Para la región, el mensaje es más incómodo que un simple vaivén del péndulo. Argentina, Bolivia, Chile, Ecuador y Colombia, donde Abelardo de la Espriella ganó en junio, tienen gobiernos de derecha, y Brasil sería el más grande de todos. Milei hizo campaña abierta por Flávio y fue el primero en felicitarlo el domingo. De la Espriella lo había respaldado antes de ganar su propia elección. Trump y Netanyahu también lo apoyaron, y Lula confesó estar “un poco preocupado” por las acciones de Marco Rubio. Eso ya no es coincidencia de calendarios electorales. Es un bloque con patrón en Washington.
No me animo a una sola explicación. Los precios y el desgaste de un presidente de 80 años que busca un cuarto mandato pesan distinto en cada país. Lo que sí me parece claro es que en esta región el voto le cobra factura al que gobierna, y esa factura también llegará, más tarde o más temprano, a las derechas que hoy celebran.
Aquí entra México. La presidenta Claudia Sheinbaum dijo este lunes que hay que esperar a la segunda vuelta y que su principal aliado “es el pueblo de México”. Es una frase eficaz para la mañanera y una guía insuficiente para la política exterior. El pueblo no se sienta en la mesa del T-MEC. El riesgo real es llegar a esa mesa sin contrapesos. Estados Unidos anunció en julio que no renovaría el tratado, la cuarta ronda de revisión se movió a octubre, la lista de exigencias de Washington pasó de 54 a cerca de 90 puntos y todavía se negocian los aranceles al acero, el aluminio y los autos. Brasil era una pieza de la apuesta de Sheinbaum por diversificar el comercio. Si Flávio gana, esa pieza se mueve.
¿Qué ajustar? Para empezar, separar la diplomacia de las simpatías. Si Flávio gana, hay que llamarlo y felicitarlo ese mismo día. Brasil y México son las dos mayores economías de América Latina, y sus intereses comunes no dependen de quién ocupe el Planalto. Además, hay que aplicar la regla que México exige. Sheinbaum advirtió este lunes que la derecha internacional quiere intervenir en la elección de 2030 y ha reiterado su rechazo a la injerencia extranjera, pero, a menos de dos semanas de la votación brasileña, dio una muestra pública de apoyo a Lula, aunque sin respaldarlo abiertamente. O el principio de no intervención corre en las dos direcciones o se pierde autoridad para reclamarlo.
Y falta lo más difícil: el contrapeso verdadero. La defensa frente a Trump se construye con un comercio menos concentrado y con resultados en casa. Europa, Canadá y Asia tienen que dejar de ser una línea del discurso y convertirse en metas con fecha. En el frente interno, me parece que la derecha avanza donde la gente siente que nadie la cuida y que el dinero no alcanza. Si México quiere ser la excepción, tiene que demostrarlo en seguridad y en el bolsillo, no en el tono con que habla del adversario de turno.
Lo que decidan los brasileños el 25 de octubre ya no se puede ajustar. La postura de México antes de la cuarta ronda del T-MEC, todavía sí.
