Armani y la “democratización” del lujo
La paradoja Armani constituye uno de los fenómenos más reveladores del capitalismo tardío: una marca que simultáneamente encarnó la sofisticación del poder establecido y el hambre de reconocimiento de quienes aspiraban a él. Desde que Giorgio Armani revolucionó la ...
La paradoja Armani constituye uno de los fenómenos más reveladores del capitalismo tardío: una marca que simultáneamente encarnó la sofisticación del poder establecido y el hambre de reconocimiento de quienes aspiraban a él. Desde que Giorgio Armani revolucionó la sastrería masculina en los años 80 con sus trajes desestructurados, su nombre se convirtió en algo más que una etiqueta: fue un significante flotante del éxito en sociedades cada vez más obsesionadas con las señales visuales del estatus.
El genio de Armani no residió sólo en su innovación estética —esa elegancia relajada que liberó al hombre de negocios de la rigidez sartorial tradicional—, sino en su comprensión intuitiva de lo que Pierre Bourdieu llamaría el “capital simbólico”. Sus trajes no vestían cuerpos; vestían aspiraciones. En las salas de juntas de Milán y Manhattan, el ejecutivo que portaba Armani comunicaba pertenencia a una élite que había trascendido la ostentación vulgar por algo más sutil: el poder que no necesita anunciarse porque se da por sentado.
Pero aquí emerge la primera contradicción fascinante. Mientras las clases altas adoptaban Armani como uniforme de su discreción estudiada, el nombre resonaba con igual fuerza en barrios donde el lujo era pura exterioridad. El mafioso de Nueva Jersey, el narcotraficante de Miami o Sinaloa, el empresario emergente de São Paulo: todos encontraron en esas seis letras italianas una insignia visual hacia la pertenencia, el poder y la anhelada respetabilidad. Tony Soprano no era un accidente sociológico; era la manifestación de cómo el capitalismo convierte toda distinción en mercancía.
Esta democratización perversa del lujo alcanzó su apoteosis con la llegada de la producción china y la economía de la falsificación. De pronto, el obrero de Shenzhen podía comprar en un mercado callejero la simulación perfecta de aquello que costaba dos meses de su salario. La ironía es deliciosa y terrible: las mismas fuerzas globalizadoras que permitieron a Armani convertirse en un imperio de 1.6 mil millones de dólares también diluyeron su significado hasta una relevancia muy acuosa, diluida y resbaladiza.
La piratería no lo destruyó; la transformó en algo más complejo y posmoderno. Cada traje falsificado era simultáneamente un homenaje y una profanación, una afirmación del poder de la marca y su negación radical. Una revolución que estalló en la casa de los espejos. Jean Baudrillard habría encontrado en este fenómeno la confirmación perfecta de su teoría del simulacro: cuando todos pueden aparentar ser Armani, nadie lo es realmente.
El verdadero golpe maestro del capitalismo contemporáneo fue su respuesta a esta crisis de autenticidad. En lugar de combatir la falsificación mediante la escasez, las casas de lujo como Armani adoptaron la proliferación controlada. Emporio Armani, Armani Exchange, Armani Jeans, cada sublínea calculada del aura original, cada una vendiendo no el producto, sino la promesa, no el traje, sino el sueño del traje. Hoy, cuando observamos el imperio Armani desde la distancia crítica que permite el tiempo, vemos no sólo una marca, sino un texto cultural donde se inscriben las ansiedades y contradicciones de cuatro décadas de neoliberalismo. El ejecutivo que paga cinco mil euros por un traje en Via Montenapoleone y el vendedor ambulante de Lagos que porta una imitación de 30 dólares participan del mismo sistema simbólico, aunque desde posiciones radicalmente asimétricas.
La pregunta que permanece no es si Armani sobrevivirá como marca, sino qué nos dice sobre nosotros mismos esta necesidad compulsiva de envolvernos en significantes de un éxito que cada vez más personas intuyen vacío. Cuando la distinción se vuelve ubicua, cuando el lujo se democratiza hasta la parodia, lo que queda expuesto es la arquitectura desnuda de nuestras inseguridades individuales y colectivas. Armani no viste cuerpos; viste el vacío que el capitalismo tardío ha excavado en el centro de nuestra vida en sociedad.
En este sentido, cada traje Armani —auténtico o falsificado— es un pequeño sarcófago de seda donde enterramos la pregunta más incómoda de todas: en una sociedad donde todo es superficie, ¿qué queda debajo cuando nos quitamos la ropa?
