Alicia y Ángel: ángeles sin prestaciones

En medio del horror del puente de La Concordia, cuando 49 mil 500 litros de gas LP convirtieron el aire en fuego, emergió una imagen que debería estar grabada en el alma colectiva: Alicia Matías envolviendo con su cuerpo frágil a su nieta Azuleth mientras las llamas ...

En medio del horror del puente de La Concordia, cuando 49 mil 500 litros de gas LP convirtieron el aire en fuego, emergió una imagen que debería estar grabada en el alma colectiva: Alicia Matías envolviendo con su cuerpo frágil a su nieta Azuleth mientras las llamas devoraban su espalda, sus brazos, su rostro.

Hasta hace tres días, Alicia era invisible para el Estado: una abuela de 58 años, cobradora de combis, que llevaba consigo diariamente a Azuleth porque su hija Jessica, madre soltera e intendente sin prestaciones, no tiene derecho a guardería. Tres generaciones de mujeres atrapadas en un sistema que las obliga a malabares imposibles. Ésta es la realidad que el Sistema Nacional de Cuidados prometió resolver y sigue siendo promesa mientras las Alicias improvisan soluciones desesperadas.

Cuando explotó la pipa, no hubo vacilación. Alicia tomó a Azuleth —esa niña que era su compañera diaria de trabajo, su responsabilidad no elegida, pero asumida con amor— y la envolvió con su cuerpo. Cada paso era carne que se quemaba. El resultado: quemaduras en el 70% de su cuerpo. En sus brazos, milagrosamente, Azuleth con heridas menores.

Sergio Ángel Soriano, policía que ya había demostrado antes su temple y heroísmo, corrió hacia las llamas mientras otros grababan videos. Encontró a Alicia tambaleándose, negándose a soltar a su nieta. “No la suelten”, fueron sus únicas palabras. Soriano las subió a su patrulla, ignorando protocolos, manejando como poseído hacia el hospital. Los médicos dicen que si hubiera esperado la ambulancia, Alicia estaría muerta.

La historia de Alicia no es sólo de entrega y heroísmo: es sobre un sistema que falló antes de la explosión. Un sistema donde las mujeres trabajadoras no tienen sistemas de guardería, donde las abuelas se vuelven cuidadoras forzadas, donde una niña pasa sus días entre las combis porque no hay alternativa. El Sistema Nacional de Cuidados se está tardando demasiado para las Jessicas que limpian oficinas, las Alicias que cobran pasajes, las Azuleths que crecen donde pueden.

Las abuelitas mexicanas son el sistema de cuidados de facto, resolviendo lo que el Estado todavía no resuelve. Las invisibilizamos hasta que una se convierte en antorcha humana para salvar a su nieta. Si Jessica tuviera guardería, si el Sistema de Cuidados ya fuera realidad, tal vez esta historia sería distinta.

Alicia no pidió ser una heroína. Sólo intentaba sobrevivir llevando a su nieta al trabajo cada día. Pero cuando el infierno se desató, pagó con cada centímetro de su piel el precio del amor y también el precio de un sistema que las abandonó mucho tiempo antes.

El sacrificio de Alicia debe significar más que lágrimas. Debe significar guarderías para las Jessicas, pensiones dignas para las Alicias, espacios seguros para las Azuleths. Debe significar que el Sistema Nacional de Cuidados deje ya de ser promesa.

Azuleth crecerá sabiendo que su abuela la amó tanto que se volvió su escudo humano. Esperemos que también crezca en un país donde ninguna abuela tenga que llevar a su nieta a cobrar pasajes porque no hay dónde más dejarla.

Eso es lo que hacen las abuelas mexicanas: resuelven lo irresoluble, arden por amor. Eso hizo Alicia Matías. En medio de un infierno que no debió existir, ella se convirtió en el cielo. Pero no podemos seguir esperando milagros de mujeres extraordinarias. Es hora de que el Estado haga su trabajo, antes de que otra Alicia necesite convertirse en heroína.

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