A las estatuas de marfil

Estos debates, aunque presentados como vitales para el tejido social, suelen ser distracciones útiles.

La reciente decisión de la alcaldesa de Cuauhtémoc de retirar las estatuas de Fidel Castro y Ernesto Che Guevara ha provocado un intenso debate mediático y político, avivando las pasiones de quienes veneran o rechazan la simbología de ambos personajes. El acto, publicitado como una corrección moral o histórica frente a lo que considera figuras polémicas, no es sino la última escena de una vieja obra: la disputa interminable sobre a quién pertenece el espacio público y el ajusticiamiento simbólico de la historia a través del bronce y la piedra.

Al mirar el revuelo causado por la eliminación de las estatuas de Fidel y del Che, es inevitable recordar la controversia por la remoción de la estatua de Cristóbal Colón en Paseo de la Reforma. En ambos casos, asistimos a un mismo ejercicio: intentar saldar cuentas con el pasado desde la superficie, buscando que el retiro —o la instalación— de tal o cual figura reescriba el sentido de la historia, como si la memoria colectiva pudiese cambiarse con el movimiento de una grúa. Pero ni la presencia ni la ausencia de Colón, del Che o de Fidel en una glorieta resuelve los problemas de desigualdad, discriminación, injusticia o identidad que subyacen a estas peleas.

Estos debates, aunque presentados como vitales para el tejido social, suelen ser distracciones útiles: desvían la conversación pública de los temas urgentes a una arena donde todos pueden opinar sin matices y pocos están dispuestos a buscar puntos de encuentro. Se falsea el dilema central al reducir la política de la memoria a monumentos y siluetas, como si las heridas del pasado o las aspiraciones del presente pudieran quedar saldadas al pie de un pedestal vacío.

La inutilidad de esta discusión radica en su carácter circular: tras cada retiro o instalación surge de inmediato el siguiente episodio, como una serie interminable que repite su argumento una y otra vez, mientras los verdaderos desafíos de la ciudad y del país permanecen inalterados. Al final, los monumentos, como los debates que generan, acaban convirtiéndose en ruido de fondo, testigos mudos de una sociedad empeñada en mirar hacia atrás sin abordar lo que sucede frente a sus narices.

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