¡Cállate, puto!
Simple y llanamente todo alrededor parece estar en franca fase de descomposición.

Yuriria Sierra
Nudo gordiano
Como suele ocurrir con toda la frecuencia del mundo en estas épocas, tuve que botar mi coche donde fue posible y subirme a una motocicleta de Grupo Imagen Multimedia para atravesar la jungla en la que se ha convertido Paseo de la Reforma para lograr llegar a tiempo a las instalaciones de Excélsior Televisión y conducir los Titulares de la Tarde. La famosísima Esquina de la Información se encuentra ubicada justo en el entronque entre Reforma y Bucareli. Y la siempre muy concurrida puerta de la Secretaría de Gobernación (destino final de todas las manifestaciones en la ciudad), apenas a un par de cuadras del edificio. En el ojo del huracán: ahí estamos.
Iba yo pues encaramada en la motocicleta, con el casco bien puesto y amarrada con los brazos a la cintura del valiente Ulises, quien tantas veces me ha hecho el favor de llevarme sana y salva (y soportar mi miedo a las motocicletas), cuando de repente, en un alto escuché un grito que me sobresaltó (cuando tu trabajo es narrar los horrores cotidianos no sólo de la Ciudad de México y de la República Mexicana, sino también del mundo, no es de extrañar que la piel se erice con facilidad). ¡cállate, puto!, gritó un hombre con todos sus pulmones y garganta. El gritón era un taxista al volante que echó a andar en cuanto se puso el siga. ¿A quién le había lanzado tan iracunda orden? ¿Quién y por qué era merecedor de tanta rabia? ¿El insulto era de corte homofóbico o mero insulto cultural (dicen) como en el estadio? ¿Acaso era para algún manifestante de la CNTE que fuera gritando sus consignas contra la Reforma Educativa? ¿Para un hombre gay que celebrara la iniciativa del presidente Peña Nieto para legalizar el matrimonio igualitario? ¿Para algún hombre maltratando verbalmente a su mujer? ¿Para algún político haciendo promesas de campaña? No. Para ninguno de ellos. ¡cállate, puto!: ese había sido el espontáneo, pero cargado grito del taxista a un organillero. Sí, al hombrecito que se encontraba en la esquina dando vueltas a su tradicional manivela y buscando algunas propinas entre los pasantes... ¡cállate, puto!, le gritó a un ser humano que ni la debía ni la temía... Así los niveles de enojo entre los ciudadanos hoy en día.
Acaso el taxista llevara horas atorado en el tránsito como cualquiera de nosotros. Acaso a su coche le tocó tres veces esa semana el programa Hoy No Circula y por ello no pudo juntar lo necesario para el gasto de su casa. Acaso tuvo que dar una mordida porque se dio una vuelta a la derecha olvidando que ya no es continua. Acaso le avisaron que su hermano que trabaja en el gobierno se acaba de quedar sin chamba. Acaso le tocó, además de la manifestación de los maestros, esperar muchos minutos en una esquina viendo policías de tránsito parar la circulación para que pasara una caravana de camionetas negras que posiblemente transportaran a un funcionario público al que las marchas no le hacen mella a su prisa y prepotencia. Acaso todas las notas de corrupción de políticos que se hacen millonarios robándonos mientras todos nos partimos el lomo trabajando. Acaso le dijo su señora que fue al hospital pero que no había medicinas. O su hijo se encuentra internado por una enfermedad respiratoria que no ha hecho si no empeorar con la contaminación que el Hoy No Circula no resuelve. Acaso, simplemente, todo se le juntó y se le vino encima. El taxista estaba no de mal humor, tampoco de pésimo. Estaba, simplemente, encabronado. Al grado de estallar contra el primero que ni siquiera se le atravesó. Escupió toda su rabia interna sobre el más próximo de los prójimos.
A desquitarse con otro ciudadano, porque aunque uno vierta su malestar, reclame, exija que se atiendan los malestares que se están derivando de la fallida vida pública en esta ciudad y en este país, simple y sencillamente no hay nadie que dé siquiera acuse de recibo. Porque simple y llanamente cuando todo alrededor parece estar en franca fase de descomposición, cuando casi nada funciona, cuando la derrota del ciudadano ante la autoridad es casi completa, la única puerta de salida que el ciudadano encuentra es el estado de barbarie. Empieza por un ¡cállate, puto! a un inocente organillero y puede acabar en una revolución. Porque la barbarie, una vez que se activa, sólo sabe, puede y quiere, retroalimentarse para expandir los terrenos de su instintiva naturaleza de jungla, la sobrevivencia sólo como salvajismo.