Un absurdo milenario
El Estado Islámico es un absurdo que opera a través de los recursos que se provee gracias al petróleo de los territorios que domina.

Yuriria Sierra
Nudo gordiano
Abraham tuvo dos hijos, Ismael e Isaac, en ese orden. Al segundo le llamaron “el hijo de la promesa”; al primogénito lo consideraron el hijo bastardo, pues nació por la cópula de Abraham con una de sus esclavas llamada Agar, ya que Sara, su esposa, no podía quedar embarazada. Luego Abraham, que ya era un hombre centenario, tuvo muchos más hijos, seis para ser precisos, con su esposa Cetura, con quien se unió después de que Sara murió. De la línea de descendencia del primero llegaron David y Salomón. De Ismael (el primogénito e hijo de Agar, nació el Islam). Abraham es un nombre que aparece en los textos que sirven de sustento para los cristianos, judíos y musulmanes. Pero son todas sus historias, debemos decirlo (y aceptarlo), pura ficción. ¿O hay elementos científicos que nos comprueben que los varios, los muchos relatos escritos en la Biblia realmente ocurrieron? En fin, el caso es que la historia de Abraham y sus descendencias sigue cobrando vidas más de mil años después. Y aquella disputa por saberse cuál era el favorito, cuál el primogénito, cuál el legítimo, cuál el bastardo y todo ese guión que más parece de culebrón telenovelero que de basamento espiritual de ninguna especie, sigue siendo la narrativa irracional para que la especie autoproclamada “racional” siga generando guerras y cobrando vidas.
Y si los detalles de estas historias nos parecen un absurdo mitológico, más lo es el ver cómo en 2015 se cometen atrocidades por estos textos que, escritos por sus profetas, han sido un pretexto mortal puestos en manos de sus intérpretes de carne y hueso. Atrocidades cometidas a nombre de un Dios que nadie ha visto. Atrocidades cometidas en nombre del mismo Dios (a saber “Yaveh” para unos y “Alá” para otros pero el mismo al fin). Atrocidades todas, sustentadas en ficciones interpretadas desde la ignorancia, o la fe malentendida, o el mero afán de dominio.
No quiero herir susceptibilidades, querido lector, pero matar y matarse por una ideología nacida en un relato en el que los protagonistas vivían 900 años, es de una ingenuidad absoluta, de una falta de criterio rebosante. El Islamismo radicalizado ha basado por años todos sus actos en nombre de Alá. Tal y como lo hizo en la Edad Media el cristianismo radicalizado. Por esto mismo, todo lo que rodea al Estado Islámico se mira tan absurdo: sus ideas de perpetuar al medievo en el siglo XXI: es ridículo. Y su arenga un absoluto sinsentido: que quieren conquistar a los cruzados de Roma y hacernos sus esclavos y esclavas a todos nosotros, “infieles pecadores” (si tienen la benevolencia, el detallazo de no crucificarnos, lapidarnos, degollarnos...).
Pero así es el fundamentalismo en cualquier terreno y en cualquier parte del mundo: irracional, tiránico, absurdo y violento. Aseguraba este mismo viernes el gran filósofo francés Pascal Bruckner, entrevistado tras los ataques que “poco o casi nada pueden la razón y la ley frente a cualquier hombre que esté feliz de matar y de morir por una idea”. Y esa es la fuerza del EI: que ha tomado un cuento milenario (narrativa literaria: eso son La Biblia, La Torá, El Corán, El Tripitaka, Los Vedas, etc.) y lo han convertido en una idea tan atractiva como envenenada para miles de jóvenes dispuestos a matar y a morir por ella.
El Estado Islámico es un absurdo que opera a través de los recursos que se provee gracias al petróleo de los territorios que domina, a los impuestos que cobra a todos aquellos que viven bajo sus órdenes y, obviamente, a las otras y más burdas actividades criminales como la extorsión, el contrabando y el secuestro. Todo, todo lo que hace está mucho muy lejos al mensaje que su Dios, que es el mismo Dios de los cristianos y de los judíos... Y la prueba de ADN sale sobrando en esta terrible, sangrienta y completamente absurda historia.
#MeCuentan. Que mientras tanto Moisés, Jesucristo y Mahoma le juran y perjuran a Dios Padre que nada de esto fue su culpa, que son los vivos idiotas los que no entendieron absolutamente nada.