Primer cambio
Arely Gómez es mucho más fuerte y de peso que una descalificación facilona que carece de cualquier tipo de argumentos razonables.

Yuriria Sierra
Nudo gordiano
El primero de los cambios en el gabinete del presidente Enrique Peña Nieto se da en la que hasta ahora ha sido la coyuntura más complicada de lo que va del sexenio. La salida de Jesús Murillo Karam de la Procuraduría General de la República deja temas pendientes en la agenda, todos de suma importancia, y sin duda en la agenda más importante y urgente: la procuración de justicia. Aunque no es un pendiente de esta administración. Todos (éstos y otros tantos) que son consecuencia de un pendiente histórico que se ha arrastrado desde hace tanto años: el tema del Estado de derecho. Ni Vicente Fox ni Felipe Calderón, los presidentes que tuvimos durante los años en la “alternancia política”, lograron hacer algo relativamente importante en esta materia. La justicia y su ejecución siguen teniendo toda cantidad de huecos; huecos por donde se filtra la impunidad, por donde se aprovecha la corrupción como bacteria parasitaria para reproducirse con toda tranquilidad.
A raíz de la visita de Enrique Peña Nieto a Londres, en el marco del Año Dual entre México y Reino Unido, éste concedió una entrevista al Financial Times: “Les puedo decir que entendemos... Ha habido una pérdida de confianza...”, dijo el Presidente cuando se le preguntó sobre cómo ha sentido su gobierno el comportamiento ciudadano a partir de todo lo que ha ocurrido en los últimos meses desde aquella noche negra en Iguala del 26 de septiembre.
Ya hace unos meses, Luis Videgaray, también en entrevista para ese mismo diario, había hecho una muy importante autocrítica —que algunos se han aferrado a no ver— que habla del entendimiento que la Presidencia ha hecho de la coyuntura. Lo dicho ahora por Peña Nieto al diario británico, vuelve a ser ese mensaje que viene justo en tiempo que, como decíamos al inicio, llega el primer cambio en su gabinete.
Se espera que sea hoy cuando se ratifique la llegada de Arely Gómez González a la Procuraduría General de la República. Y aunque hay voces que siembran dudas sobre su nombramiento, lo cierto es que tiene un trabajo legislativo que la evidencia como una gran apuesta para trazar un cambio en la impartición de justicia en nuestro país: ha sido secretaria de Estudio y Cuenta en el Tribunal Fiscal de la Federación; titular de la Secretaría Particular de la Presidencia y Oficial Mayor de la SCJN y de la Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos Electorales (FEPADE), así como jefa de la Unidad de Asuntos Nacionales del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación. Como senadora, su muy último referente dentro del escenario político, participó como integrante de las comisiones de Justicia, Puntos Constitucionales, Gobernación, Derechos Humanos y Anticorrupción y Participación Ciudadana. Fue la presidenta de la Comisión de Transparencia en el Senado, redactora del Código Nacional de Procedimientos Penales. Además, fue la primera y más importante impulsora de la Reforma constitucional y legal en materia de Transparencia. Hay quienes perversamente argumentan que su parentesco con Leopoldo Gómez, vicepresidente de noticieros Televisa, es un tema de conflicto de interés. Aunque un currículum tan extenso en todas las instituciones de procuración de justicia, justo como el de Arely Gómez es mucho más fuerte y de peso que una descalificación facilona como ésta, que carece de cualquier tipo de argumentos razonables.
Arely Gómez ha comprobado con esto sus capacidades de interlocución y construcción de consensos. Y aunque algunos dirán que el imperio de la legalidad no llega por la vía del diálogo, lo cierto es que con una trayectoria como la de Gómez González, de quien uno de sus estandartes ha sido el combate a la impunidad y a la corrupción, la obligará a ser tan renovadora como sea necesario, al frente de la Procuraduría que está a punto de sufrir su máxima y muy alentadora transformación. La ingeniería y el quehacer que requerirá el tránsito hacia una Fiscalía autónoma no se antoja en absoluto sencilla: por supuesto que requiere de un operador (operadora en este caso) que conozca y sea capaz de tejer (y destrabar) los tantísimos hilos (y nudos) que hay en todos los niveles de la procuración de justicia.