La coalición ganadora como la cuerda

“México enfrenta una corrupción mayor, pero distinta en su origen y en sus consecuencias de la que padeció, digamos, en la última fase del presidencialismo priista: 19822000. La corrupción de antes tenía la forma de una pirámide. La de ahora tiene la forma de una ...

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

“México enfrenta una corrupción mayor, pero distinta en su origen y en sus consecuencias de la que padeció, digamos, en la última fase del presidencialismo priista: 1982-2000.

La corrupción de antes tenía la forma de una pirámide. La de ahora tiene la forma de una metástasis. O de un embotellamiento.

Durante el fin de la hegemonía del PRI, la corrupción bajaba de la cúspide y escurría por laderas y terrazas hasta la base. La corrupción de ahora baja de los conductos paralelos de la dispersión democrática, a partir del generoso reparto de dinero federal que se hace desde el centro a los gobiernos estatales y municipales...”, escribió ayer Héctor Aguilar Camín en Milenio.

Tomo esto porque, a lo largo de las ya varias semanas que llevamos hablando de escándalos, de impunidad y rezago en el Estado de derecho, he traído una idea en la cabeza: la falta de una adecuada construcción democrática e institucional puede deberse a un problema que bien ha descrito el politólogo Bruce Bueno de Mezquita: todas las estructuras de poder funcionan, en mayor o menor medida, por la capacidad de sus líderes para tejer redes de lealtad, y esa maquinaria de lealtades se aceita con dinero y privilegios. Así se crean las “coaliciones ganadoras”, que los “hombres de poder” suelen mantener lo suficientemente grandes para operar, pero lo suficientemente pequeñas para no perder el control sobre ellas. Y esto ocurre igual en las dictaduras que en las democracias (pero con mejores y más estrictas reglas en estas últimas, cuando funcionan bien). Pero el mismo politólogo propone una solución que comentaré más adelante. Primero hablemos de la “coalición ganadora” a la que hoy le salen trapitos al sol por todos lados.

Los ahora exhibidos vínculos del narco con el PRD (pero también de varios que hoy son militantes de Morena) en Guerrero. El ahora cuestionado PRI por los posibles conflictos de interés entre los dueños y dueñas de varias propiedades (o de su exgobernador, tan bien afincado en Nueva York). Los escándalos por los moches al interior del PAN, o sus gobernadores que se han llevado “más poquito” pero que, de cualquier forma, han encajado las uñas en el erario. En fin: un mosaico impresentable de lindezas de la coalición hoy conocida como Pacto por México (mismo que fue cabildeado por el El señor de los Niuyores). Pero esa coalición no nació en casa de José Murat: ya venía gestándose en las administraciones anteriores. Me explico:

Los panistas sacaron al PRI de Los Pinos, pero gobernaron con las mismas reglas del PRI desde Los Pinos. Ni Vicente Fox ni Felipe Calderón aportaron trabajo para la construcción de las instituciones que México tanto necesita. Como el PRI en el pasado, el PAN en la alternancia gobernó desde un pacto con el sindicalismo más corrupto y deplorable; gobernó a billetazos (presupuestales) con los gobernadores de todos los partidos; gobernó con privilegios fiscales; gobernó haciendo, por lo menos, ojo virolo con los funcionarios que durante sus gobiernos se enriquecieron de manera inexplicable. No cambió mucho. O más bien, no cambió casi nada. Porque las arcas se convierten en el pegamento innombrable de las élites en el poder. Casi en su código único de pertenencia al grupo privilegiado. Pero como ocurre con cualquier coalición construida sobre el alejamiento total con las demandas ciudadanas (y más aún cuando se cimenta en reglas que terminan por amenazar a sus integrantes con purgas y el uso de chivos expiatorios) llega un día que la coalición se asoma a su propio abismo. Y ahí está la ventana de oportunidad para la mejora de las instituciones y la depuración de las reglas del juego.

Y es que no solamente los ciudadanos se indignan ante este tipo de escenarios. Al interior de las estructuras gubernamentales y partidistas, en las que por fortuna también hay gente decente, honesta, capaz de trabajar y servir. En todos los partidos y grupos hay gente de bien —y que se encuentran molestos con sus respectivas cúpulas— y que se topan con techos de cristal cuando deciden no participar del trabajo sucio de la maquinaria. Y asegura, una vez más, Bueno de Mezquita que incluso aunque no sean hermanitas de la caridad, sólo por conveniencia serán ellos se convertirán, más temprano que tarde, en los aliados naturales de los votantes, en los principales impulsores de las reformas institucionales necesarias, porque de otra manera saben que sus aspiraciones políticas estarán siempre limitadas. Y serán los primeros en renunciar a los privilegios personales de pertenecer a la coalición, para apostar por los incentivos colectivos de salirse de la misma. Así las cosas, la coalición ganadora de esta adolescente democracia terminará rompiéndose, como la cuerda, por la parte más delgada.

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