No a la mutilación
La ONU calcula que hasta hoy hay 125 millones de mujeres mutiladas nada más en África y Oriente Medio

Yuriria Sierra
Nudo gordiano
Ayer fue el Día Internacional de Tolerancia Cero con la Mutilación Genital Femenina. Pleno siglo XXI y sí, esta práctica sigue realizándose en algunos territorios del mundo. Coincidentemente, en aquellos en donde el progreso se tarda en llegar. Después de lo acontecido en la redacción del semanario francés Charlie Hebdo, se abrió un debate en donde algunos “entendían” la reacción de los agresores. Sin embargo, como lo escribimos en este mismo espacio, no hay punto de comparación que alcance para la justificación. Aquí decíamos que la nuestra es una cultura en la que la libertad de expresión debería alcanzar hasta para el insulto (éste es más bien una cuestión de ética) y a diferencia de aquélla, la cultura de Oriente Medio no realizaba actos tan abominables como matar homosexuales (apenas hace unos días el Estado Islámico arrojó de lo alto de un edificio a dos hombres por “practicar la sodomía”). Las tradiciones que prevalecen en aquellos territorios rebasan por completo lo que hasta el más distraído sentido común podría aceptar como algo justificable.
Las cifras que la Unicef ha recabado alrededor del mundo son alarmantes. Números que nos hacen entender la dimensión de un problema, que va más allá de lo concebible, porque son actos atroces sin ningún sustento científico, es más una barbarie que destroza la identidad de millones de mujeres, adolescentes y niñas, quienes son violentadas —literalmente— en la parte más íntima de su cuerpo y personalidad: “Jalan el clítoris con los dedos y lo cortan con una cuchilla, o bien, remueven el clítoris y los labios internos o externos, puede que ambos, dependiendo del sinsentido. La forma más animal, quita todo y cosen la vagina, con hilo cual saco de verduras, dejando apenas una abertura de milímetros que permita correr la orina y los fluidos menstruales. La vagina se descose para el sexo, a veces con una navaja, otras con la supuesta gallardía de la viril pareja, caballero el muy infame. Se sutura de nuevo y reabre para el parto...”, describía así Maruan Soto Antaki hace unos días en su columna en SinEmbargo. No sólo es la agresión física con todas sus consecuencias emocionales, sino también la reducción de la mujer y su cuerpo como mero instrumento para la reproducción. Ciudadanas de segunda clase o tercera o cuarta.
Si leerlo revuelve el estómago, aquí van unas cifras para dar justa dimensión a este “fenómeno” de violación flagrante de derechos humanos básicos de las mujeres que lo sufren:
Según datos que pueden consultarse en el portal www.un.org/es/events/femalegenitalmutialtionday/, donde la ONU organiza el expediente de esta práctica, es en 29 países del mundo donde se realiza, principalmente en África y Oriente Medio. Aunque también, ojo, también hay pequeñas poblaciones en Asia, América Latina, Europa Occidental, Australia y Nueva Zelanda.
La ONU calcula que hasta hoy hay 125 millones de mujeres mutiladas nada más en África y Oriente Medio. De seguir con el ritmo con el que hoy se realiza tal atrocidad (unas ocho mil ablaciones diarias) en 15 años (o sea, para 2030) se habrán sumado otras 86 millones de mujeres y niñas con esta condición. Actualmente, el mapa de mutilación genital femenina dice que 90% de las mujeres en Egipto y Sierra Leona, entre 15 y 46 años, han sufrido esta práctica. ¡El 90%! ¡Pero en Somalia es el 98%! Cifras aterradoras. Porque evidentemente no es una práctica voluntaria, pero sí una que, además de pisotearles sus derechos más elementales, pone en riesgo su vida porque en su mayoría es una práctica realizada por no profesionales de la medicina; por lo que causa hemorragias graves, quistes, infecciones y, claro, infertilidad, incluso pone en riesgo la vida de la madre y el bebé cuando ésta da a luz.
Estas son prácticas que van mucho más allá del medievo, son actos del hombre de las cavernas. Así de radicales y cerrados son algunos grupos y sociedades.