El otro monstruo
Muchas veces algunas mujeres son capaces de soportar inauditos actos de violencia física y emocional con tal de retener a una pareja.
Al escuchar las declaraciones de Abundio García Guadalupe, el individuo —tipejo, para acabar pronto— que abusó de Dafne, la menor jalisciense que dio a luz hace unas semanas y de quien hoy se sabe tiene entre 12 o 13 años, al menos, y no nueve como se dijo en un principio, (pero niña, al fin y al cabo) se nos revuelve el estómago: “Las dos veces yo estaba muy borracho, bajo los efectos del alcohol, porque en ese tiempo yo andaba muy deprimido, yo sí creía que tenía nueve años y entonces nos empezamos a abrazar y besar, pero no me acuerdo de más por los efectos del alcohol. Al día siguiente ella me decía que no había ningún problema, que no pasaba nada (...) Nos bañábamos los tres juntos y dejamos de hacerlo hasta que supimos que estaba embarazada. Nos enteramos cuando un día mi mujer la mandó a la tienda, se tardó mucho y luego de que regresó, ella le iba a soltar un manazo y la niña le dijo que no le podía pegar porque estaba embarazada...”
Imperdonables actos que tienen como testigo y, sí, también responsable a una persona más de quien no escuchamos ni una palabra, la madre de Dafne, quien se encuentra junto a su hija en un albergue de Jalisco, ¿pero no tendría ella también que rendir cuentas? ¿No es ella legal, moral y biológicamente responsable del bienestar de su hija?
Soy de la idea de que en casos como éste, porque no es el primero que conocemos, también las madres deberían recibir castigo por permitir tales abusos. Ayer narraba aquí, como mero ejemplo, que no equivocado, que muchas veces algunas mujeres son capaces de soportar inauditos actos de violencia física y emocional con tal de retener a una pareja, a un hombre que hace todo menos quererlas, que las somete y ellas terminan aceptando condiciones y hechos tan atroces por “amor”, por inseguridad o por miedo; pero ninguna de estas razones son suficientes para considerarlas inocentes cuando hay consecuencias de estos terribles actos en menores de edad a su cargo. Pasan entonces, de ser víctimas a victimarias, tal vez de forma pasiva, pero victimarias al final de cuentas, porque la omisión y el oído sordo son también actos de complicidad.
Y sí, entendemos que el abuso sexual se da en distintas formas y escenarios, pero hablando de los que entran en el patrón como en el que estuvo Dafne, es que pensamos que también las madres deberían ser obligadas a asumir su responsabilidad y las consecuencias de éstas.
En 2012, en Jalisco, donde ocurrió lo de Dafne, se registraron 912 casos de menores de entre diez y 14 años que tuvieron un bebé, según lo reportó la Secretaria de Salud del estado; a saber, porque no lo precisaron, pero pensando en este último caso, podríamos intuir bajo qué circunstancias. En otro estado del país, en Morelos, también en 2012, se archivaron alrededor de 150 denuncias por abuso infantil a menores de edad; y quién sabe cuántos de estos casos tendrán la misma sombra que Dafne.
Es inaudito que cuando hablamos de abuso sexual a menores pensemos, con toda razón, en el monstruo que lo ejecuta y en su castigo, pero que olvidemos que algunas veces, también existen otros más que lo permiten, que lo callan y que al hacerlo se vuelven cómplices. Esos otros, como en este caso, donde la madre decide someterse y someter con ella a sus propios hijos, esos monstruos también merecen un castigo igual al que deberá recibir el propio ejecutor.
