Pensar en todos

Experimentar de primera mano una limitación física, aunque sea de forma temporal, transforma de manera radical nuestra percepción del entorno. Tras un accidente reciente en el que sufrí una fractura en la pierna, pasé de ser un observador distante de la accesibilidad a enfrentar de lleno las barreras cotidianas que la infraestructura moderna impone a miles de personas.  

Bastó un par de muletas y una silla de ruedas para comprender el valor de una rampa bien diseñada y para sentir la frustración de encontrar escaleras interminables en edificios que carecen de elevadores funcionales o rampas adecuadas. Acciones tan sencillas como salir a comer a un restaurante se convirtieron para mí en un desafío logístico debido a la falta de espacio entre mesas para maniobrar con facilidad, por no hablar de la inalcanzable distribución de muchos sanitarios que carecen de la amplitud y las barras de apoyo necesarias para brindar autonomía básica.

Esta vivencia personal me llevó a reflexionar sobre lo abrumador que debe ser habitar un mundo que no fue diseñado para todas las corporalidades y sensibilidades. Si para alguien con una lesión temporal la ciudad se vuelve una carrera de obstáculos, imagínense la realidad que enfrentan a diario las personas con discapacidades permanentes. 

Pensemos, por ejemplo, en las personas con discapacidad visual que carecen de la información táctil o en braille necesaria para elegir libremente su vestimenta o que no pueden disfrutar plenamente de una función de cine al no contar con sistemas de audiodescripción. Consideremos a las personas con discapacidad auditiva frente a la escasez de intérpretes o subtitulaje en espacios públicos y de entretenimiento, o a quienes se encuentran dentro del espectro autista y deben navegar entornos urbanos marcados por la sobreestimulación sensorial y la falta de espacios de autorregulación.

Pienso que la verdadera inclusión no debería entenderse como un acto de condescendencia o como un plus que se añade a un proyecto ya terminado. La inclusión real radica en pensar en todos desde el diseño inicial de las ciudades, las leyes, los servicios y la cultura. No se trata de adaptar a regañadientes lo que ya existe para incluir a unos cuantos, sino de concebir el espacio público y la vida social bajo el principio de la accesibilidad universal. 

La experiencia de la vulnerabilidad me recordó que cualquiera de nosotros puede requerir de estos apoyos en cualquier momento. Aún queda un largo camino por recorrer para construir una sociedad empática donde el entorno no limite el desarrollo, la autonomía ni la dignidad de ningún ser humano.

FRANCISCO FIERRO

CIUDAD DE MÉXICO