Triplete Productor

El 2018 fue un año “inusual”, pues marcó mi “debut” como “autor”, sustantivos que entrecomillo, porque esos hechos ni me los creo ni estuvieron incluidos en algún plan que me haya propuesto

Que el título de esta entrega no llame a engaño a ninguno de los escasos pero siempre amigables lectores de esta esforzada columna. No es de beisbol –deporte que me apasiona– de lo que quiero dejar testimonio impreso. Más bien quiero referirme a tres libros en los que este redactor participó el año pasado y que, por genuino pudor, no habían salido del todo a flote. Los tres son, quiero subrayarlo, esfuerzos colectivos y, al menos en mi ámbito personalísimo, notables.

Creo necesario exponer brevemente las razones que me empujan a referirme a ellos. Una es el puro gusto de hacerlo, no la procaz presunción. Otra, es la humilde promoción que pueda hacer por ellos entre sus posibles lectores. Y otra, quizá la que más me anima a hacerlo, es que 2018 significó un año

“inusual” (“atípico”, dirían sobre las lluvias regulares en la Ciudad de México), pues marcó mi “debut” como “autor”, sustantivos que entrecomillo, porque esos hechos ni me los creo ni estuvieron incluidos en algún plan que me haya propuesto llevar a cabo justo en 2018. A esos proyectos no los llamé, pero llegaron; eso me genera más gusto todavía.

El primero es un libro dedicado a ese mago verbal llamado Juan José Arreola y se publicó en el marco del centenario del natalicio del escritor jalisciense, fecha que se cumplió el pasado 21 de septiembre. En realidad es un ePub armado por la editorial mexicana et.al y que lleva el título de Entorno arreolino (siete voces alrededor de Juan José Arreola). Ya hace medio año que me referí a él en este mismo espacio, pero entonces mencioné con mayor holgura a los otros seis compañeros de embarcación. Se trata de los escritores Bibiana Camacho, Raquel Castro, Ethel Krauze, Luis Bugarini, Felipe Montes y Arturo Vallejo, convocados por la aguerrida y talentosa editora mexicana Adriana Bernal. Todos ellos contribuyeron con un texto que borda la vida y obra del autor de El guardagujas.

En mi texto intenté establecer algunos vínculos entre un cuento de Arreola (Un pacto con el diablo) y un relato del argentino Ricardo Güiraldes incluido en su obra señera, Don Segundo Sombra. Ambas historias abordan, sin llegar a consecuencias fáusticas, el contrato demoniaco. El primero teje un relato cuyo personaje central es un hombre que entra apresurado a una sala de cine cuya película tiene unos minutos de haber comenzado. Un tanto desorientado por la oscuridad, llega a una butaca y se da cuenta de que la contigua se encuentra ocupada. Y ese ocupante es un amabilísimo caballero que se encargará de completarle esa pequeña laguna que le hará comprender que el protagonista de la cinta está a punto de vender su alma al Diablo. No hace falta revelar más detalles del relato para comprender que el protagonista del cuento de Arreola está frente a Mefistófeles que, lleno de estratagemas, ha logrado acorralarlo, pero no por demasiado tiempo. Al final, puede zafarse con fe y un esfuerzo sobresaliente.

En cambio, el relato del argentino traza la historia de Miseria, un viejo y paupérrimo herrero que, al hacerle un favor desinteresado al mismísimo Jesús de Nazareth, puede ganarse el paraíso, aunque en sus  planes de retiro no está una larguísima estancia en el edén. Así que, a cambio de la vida eterna (y aburridísima), Miseria pide tres cosas que, sin sospecharlo todavía, harán posible que este desvencijado herrero entable posteriormente una conveniente negociación con Satanás y su corte maléfica, a quienes no sólo engaña en tres ocasiones, sino que los hace palidecer de pavor.

Mi texto tiene la siguiente consideración final: la desaforada imaginación literaria de Arreola y Güiraldes pudo vencer, aunque sea por un par de ocasiones, al Señor de las Tinieblas. A través de la literatura, el impresionante récord financiero de Satán había perdido su récord perfecto.

El segundo libro colectivo en el que participé en 2018 lleva por título Ritos y retos del oficio, está publicado en la colección Periodismo Cultural de la Secretaría de Cultura federal y contó con la coordinación del estimado colega Jesús Alejo, quien se dio a la tarea de corretear, literalmente, cada colaboración. En ese libro aparecen textos de Virginia Bautista, Luis Carlos Sánchez,

Carolina López Hidalgo, Yanet Aguilar, Javier Aranda Luna, Gladys Peña, Sylvia Georgina Estrada, Jaime Chaidez, José Luis Martínez S., Ángel Vargas, Baltazar Domínguez, Mariño González y Sergio Raúl López, entre muchos otros periodistas culturales que se dieron a la tarea de escribir sobre “los desafíos y las posibilidades de una tarea que se ejerce pasión y presión”.

En mi humilde aportación intenté sintetizar la tarea diaria de un encargado de

sección que debe coordinar, jerarquizar y editar la información generada por los reporteros a su cargo, quienes son, al principio y al final del día, el activo fundamental de un medio de comunicación.

El tercer libro en el que participé, no como autor –la aclaración no sólo es pertinente, sino obligatoria–, se titula Sin filias ni fobias. Memorias de un fiscal incómodo, de Santiago Nieto Castillo y publicado bajo el cobijo editorial del sello Grijalbo, perteneciente al grupo Penguin Random House.

Ahí mi labor se limitó a colaborar en la edición del texto del conocido abogado mexicano, quien relata su ingrata pero aleccionadora experiencia como titular de la Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos Electorales (Fepade) entre 2015 y 2017. Esta labor, a invitación de los admirados editores Ariel Rosales y Juan Carlos Ortega, supuso una experiencia no nueva exactamente, pero sí el mayor de los retos que he enfrentado como “editor de textos ajenos”.

En fin, que dudo mucho que se repita en mi ámbito personal un periodo tan productivo como lo fue 2018 en términos editoriales, así que ésa es una razón para dedicarle este espacio a un año que resultó peculiar y satisfactorio.

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