Una feroz, letal coincidencia

Nadie podrá explicar por qué volvió a temblar en 19 de septiembre

Inevitablemente intento trazar algunos apuntes, comentarios, tajos en la memoria, sobre dos sombríos, letales, 19 de septiembre.

1. Nadie nunca sabrá el porqué de esta feroz coincidencia, justo 32 años después de aquel inmisericorde 19 de septiembre de 1985. Nadie podrá explicarlo. ¿O quizá esta vieja ciudad de piedra y hierro trata de decirnos algo, trata de prevenirnos? He visto cómo reacciona la gente ante los sismos, yo mismo, mi hija Emilia, mi familia, mis cercanos, mis compañeros laborales. Ignoro si esta gigantesca urbe, hoy monstruo acongojado, quiera alertarnos de algo, pero de que le hacemos caso, le hacemos caso.

2. En la calle, mientras esperaba ayer el transporte público que me trae a la redacción de Excélsior, la fuente de mi sustento, un trolebús se detuvo frente a mí. Desde adentro, junto a sus papás y a través de la ventana, un niño de dos años y medio, tres años máximo, agita su manita, me saluda, le correspondo con el gesto más amable que puedo. Me manda besos. El sentimiento que me atenaza en ese instante es doble. Por una parte, siento que ese niño ha estado bien protegido por su familia. No recordará este sismo, pero se lo relatarán. Jugará, crecerá, aprenderá cosas útiles para la vida. Al menos eso me transmite su calma y su cándida, bendita, alegría. Así pienso que se criará, cobijado por esos papás que le enseñan a ser amable, a no obstaculizar su innata conexión con la gente. Simultáneamente siento un aguijonazo en las sienes, en alguna parte del pecho; la panza se me vuelve una colmena. Pienso, sin poder evitarlo, en los 19 chiquillos muertos del Colegio Rébsamen. No hay una palabra que adjetive esa putada de la vida, esa infamia sin aparente responsable.

3. La solidaridad, para ser genuina, tiene que ser por fuerza incondicional. Y si es anónima, cuánto mejor.

4. Lo sé, me consta. Tenía 12 años cuando ocurrió el sismo de 1985 y recuerdo cosas dolorosas, relevantes. Por ejemplo, sé que los necesarísimos salvadores de vidas, los rastreadores de cadáveres, los voluntarios, los rescatistas, los angélicos topos, los donadores, los apoyadores… se van a retirar paulatinamente en cuanto se dé por terminada la búsqueda de personas. Son indispensables en esta primera etapa crítica (que se extendió por el sismo de ayer por la mañana). Y cuando se vayan, los damnificados se quedarán prácticamente solos frente a “la autoridad” haciendo sus propias gestiones para recuperar sus viviendas; y sí, se trata de esa misma autoridad que ha permitido que la mafia inmobiliaria impere sin control. La corrupción es más mortífera que cualquier plaga.

5. Justo ahora lo rememoro con fuerza. Una parte de mi familia materna, encabezada por mi abuela doña Sol, resultó damnificada en el sismo del 85. La enorme y vieja vecindad donde vivía ella y algunos de mis tíos resultó fracturada y debieron desalojar, pero no abandonar la construcción a punto de derruirse. Al final debieron demoler, pero para reconstruir pasaron meses y meses, los mismos que todas esas familias pernoctaron sobre una plaza pública al lado de la avenida San Antonio Abad. Ellos sabían que no debían moverse de ahí. Si lo hacían, corrían el riesgo de perder sus predios. Si reconstruyeron sus viviendas, y su dignidad ciudadana junto a ellas, fue porque aplicaron la autogestión. ¿Y la autoridad de entonces? Sólo hizo lo mínimo necesario; no más, no menos.

6. En ese sentido, menciono el caso específico de mis amigos Tania Tamayo y Eduardo Valdespino, una pareja a la que conozco desde hace muchos años. Ellos vivían, hasta el martes pasado, en el número 3040 de Canal de Miramontes, colonia Los Girasoles, en la delegación Coyoacán. Hoy, su edificio, que resultó gravemente fisurado, será demolido. No hay vuelta atrás. Salvaron la vida, que es lo más importante, pero hasta este momento ninguna autoridad les ha indicado la ruta legal que deben seguir para recuperar su vivienda. En esa fiera incertidumbre naufragan ellos y muchísimas personas más.

7. Hablando de eso: hay algo que ni el temblor del 85 ni el cambio de partido en el poder en la capital pudieron fisurar. Ese algo es la vieja, pero no anquilosada estructura de corrupción que les legó el PRI en cada delegación. Esa sólo cambió de manos y mutó de color, pero se ha mantenido hasta hoy.

8. Todos los partidos, TODOS, han creado una sólida estructura interna que les permite, velozmente, armar despensas para luego repartirlas a cambio de votos. ¡Carajo! Que la pongan en acción y olvidémonos de los “términos constitucionales”. ¡Ahora resulta que los expertos en desviar recursos no pueden hacer un desvío “moral” de esos recursos!

9. No se pueden comparar, en magnitud, los sismos de 1985 y de 2017, pero la pérdida de una sola vida es ya una tragedia.

10. La petición de silencio que hacen con el puño en alto los brigadistas me parece la imagen más hermosa, digna, respetuosa y reconfortante en medio de la calamidad.

Estribo y cuenta

Ayer se cumplieron cuatro años de la muerte del poeta luso António Ramos Rosa. En español hay una antología suya, Dispersa sed, coeditada por los sellos La Otra y Escritores de Cajeme. Reproduzco unos versos del escritor nacido en Faro, en 1924. De O grito claro (1958):  “En algún lugar un hombre / discretamente muere. / Irguió una flor. / Levantó una ciudad. / Mientras el sol perdure / o una nube pase / surgirá una nueva imagen. / En algún lugar un hombre / abre su puño y ríe...”

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