Del verbo a la epidermis
Reúnen en dos volúmenes la poesía de Francisco Hernández.
Decir que Francisco Hernández tiene la poesía tatuada en la piel no es una metáfora. En su antebrazo izquierdo, en mayúsculas y con tipografía de antigua máquina de escribir, lleva un pequeño pero poderoso juego verbal: LA POESÍA: LO CURA.
En una entrevista que este reportero le hizo a Hernández hace justo ocho años, el poeta veracruzano —que el próximo día 20 cumplirá 71 junios— tuvo a bien relatar que durante su primera visita a Bogotá, a mediados de los 90, leyó ese breve poema en una publicación de literatura. No registró el nombre del autor y encima extravió la revista, pero la frase se adhirió a él de manera tan radical que decidió llevarla consigo para siempre. Tiempo después, el poeta antioqueño Darío Jaramillo Agudelo observó la frase y le comentó a Hernández que se trataba de un texto de otro vate colombiano: Jaime Jaramillo Escobar. Así, descubrió que esas cuatro palabras, que ya forman parte de su cuerpo, tenían un autor reconocible.
Valga esta pequeña anécdota para celebrar la aparición, en dos gruesos volúmenes, de En grado de tentativa. Poesía reunida, de Francisco Hernández, que se publicó recientemente bajo el cobijo de dos sellos, el Fondo de Cultura Económica y Almadía, y cuyas portadas lucen dos espléndidos dibujos de lobos en llamas, creados por el artista mexicano Marcos Castro.
El primer volumen, que arranca con una perla del poeta serbio Vasko Popa (“Corro al jardín que está detrás de la casa. / Subo al peral cubierto de nieve / y ensayo el aullido de los lobos…”), incluye la producción poética de Hernández de 1974 a 2003. Destacan los poemarios Gritar es cosa de mudos, Mar de fondo, Oscura coincidencia (en el que sobresale su prodigio de cinco sílabas “amor / taja / dos”), Moneda de tres caras (que contiene el refulgente Habla Scardanelli), Antojo de trampa y Diario invento.
El segundo volumen, que se desencadena con un epígrafe del poeta polaco Zbigniew Herbert (“vestido solamente con la sombra de un lobo…”), contiene el trabajo lírico que Hernández fraguó de 2004 a 2016. Aquí se distinguen los poemarios Imán para fantasmas, Población de la máscara, Mal de graves, Odioso caballo y algunos poemas inéditos hasta el año pasado. Y son justo dos de los libros reunidos en el segundo tomo los que quiero destacar: La isla de las breves ausencias (2009) y Mi vida con la perra (2007). A continuación, trataré de describirlos:
1. ROBINSON SIN MAPA
¿Qué instrumento de navegación es más importante en la búsqueda poética? ¿El sentido de ubicación del propio poeta o su vocación de desvarío? Tal es la doble dimensión con-fundida en La isla de las breves ausencias, un poemario en el que la angustia de la desmemoria efímera guía los pasos del autor hacia los asideros de la certidumbre, esa zona errónea y misteriosa que llamamos realidad: “…hay ocasiones en que el pensamiento se aleja durante días y la desesperación me lleva a colgar mis tobillos de la rama de un árbol. / Así las flores se abren y el pensamiento regresa nuevamente a mi cabeza”.
Impulsado sin piedad hacia la recuperación de un mapa que le han robado unas bestezuelas que representan el caos de la sinrazón, el poeta intenta rebobinar su memoria y reparar su brújula averiada: “¿Es esto un mal sagrado como antes se creía, con una buena dosis de demonios internos? / Un mono, con una lengua del tamaño de su rabo, me mira, me escucha hablando solo y cae de la ventana muerto de risa”.
Teoría del desprendimiento momentáneo, alegoría de fantasmagóricos y balbuceantes mensajes venidos de sabrá dios dónde, esta reunión de poemas registra una inconcebible ruta cuyo destino, por suerte o por infortunio, jamás se vislumbra: “¿Cómo enunciar una palabra que tenga / mi estatura, mi perfil de península / o mi tendencia a escupir sangre? / Mapa podría ser la palabra. / Mapa: inconfundible quitasol para extraviarse. / O escama de reptil amplificada / donde la equis nunca marca el sitio del tesoro”.
2. LA MISMA PERRA
La perra, blandiendo su fuete en el hocico, conduce al poeta a lo profundo. Lo tienta, lo electriza, lo despeña. Es su dueña. Se apodera de su equilibrio en forma de migraña, de desconsuelo. Lo hace trastabillar de tanto ladrido estallado en el oído. Es la perra Depresión. Es crepúsculo ojeroso que lo obliga a batirse en duelo consigo mismo cuando lo llama demonio y le cobra con sangre la tinta que ella misma le arrima para que siga escribiendo. Acecha: “La perra en blanco es más aterradora / que la hoja en blanco. / Para vivir en su agraciada compañía / es obligatorio escribir sobre su lomo / un verso que se borre solo, / que sólo se mejore con el tiempo, / que parezca de todos y de nadie, / que suene en la noche larguísima / con un trueno lejano / o como el grito de un navegante / atado al mástil de una perrera sumergida”.
Esa misma perra, con filoso gruñido de obsidiana, lo obliga a admirarla: “La perra embarnece con la lluvia. / Se hace más ingrata, más duquesa, menos muda. / De un árbol a otro persigue pajarracos / y los mastica / en memoria de los devoradores de plumas. / El aguacero le pinta rayas en el cuerpo / haciéndola tigresa, cebra / o destripado colchón de manicomio”. Sí, esa misma perra que hace recordar al bardo venezolano Rafael Cadenas, cuando disfruta su Derrota: “(Yo) que perdí el hilo del discurso que se ejecutaba en mí y no he podido encontrarlo / que no lloro cuando siento deseos de hacerlo / que llego tarde a todo...”. Al final, todo parece indicar que se trata, que se ha tratado siempre, de la misma perra.
