Una epopeya minina

La Dïéresis ilustra La Gatomaquia, el poema épico de Lope de Vega

No crea el lector que, a pesar de escurrirse por los tejados de los barrios más bajos de Madrid, Marramaquiz es un gato cualquiera. No. Su linaje pertenece en vía directa al del augusto Malandro, que no es otro que el gato de Alejandro Magno. Imagínese.

Tampoco vaya a darse por innoble hecho que Micifuf es otro gatete sin prosapia. Al contrario, su longeva y gallarda genealogía está conectada al “blanco y rubio” Zapirón, aquel felino doméstico que Noé eligió para resguardarlo en su famosa Arca y así garantizar la supervivencia de su distinguido pelaje y sus gallardos bigotazos.

Pues bien, ya que quedó clara la eminencia de ambos honorables gladiadores ahora es pertinente avisar al lector que pronto entrarán en disputa por el amor de una belleza gatuna que los orillará a ofrecer la vida si es necesario: la enigmática Zapaquilda, cuyos encantos serán el pretexto ideal para establecer una batalla comparada con la que desató Helena en Troya... sólo que con gatitos.

Estos son los personajes del ronroneador triángulo amoroso que Lope de Vega (25 de noviembre de 1562-27 de agosto de 1635) creó pocos meses antes de su muerte para contar, en poco más de dos mil 500 versos, una épica burlesca, extensa y endiabladamente divertida.

El encantador poema tragicómico salido de la abrasante imaginación del llamado Fénix de los Ingenios o Monstruo de la Naturaleza (como usted quiera referirse al genial poeta español) y publicado en 1634 es rescatado hoy en México a través de una espléndida edición a cargo del sello artesanal La Dïéresis, ilustrada fabulosamente por María Teresa Orozco, prologada por el poeta mexicano Fernando Fernández y auspiciada por la Secretaría de Cultura.

La caja roja con un suaje frontal con la silueta de un gato (que deja ver al gato negro de la portada), la inclusión de una postal con un felino dibujado y anotaciones breves sobre el poema, además de un separador con listón en forma de minino entre las páginas, hacen de este libro-objeto una fulgurante aparición en el mercado editorial mexicano. Y ese marco, es decir, la magnífica edición, está a la altura de la epopeya que Lope de Vega obsequió al mundo de habla hispana y que le dedicó a su vástago, don Félix Lope de Carpio, “soldado de la Armada de su Majestad”, fallecido en un naufragio en el Caribe, en medio del intento de sumarse a las filas de quienes buscaban la gloria y la riqueza en tierras tan lejanas a su patria.

Entre los versos que componen esta aventura gática es tarea casi imposible elegir los más brillantes e ingeniosos. Pero eso no obsta para anotar algunos ejemplos que exhiben en todo su esplendor este divertimento clásico que, con toda seguridad, causó en Lope la mayor de las delicias creadoras.

Ahí está, por citar algún pasaje relevante, la primera aparición de la manzana de la discordia: “Estaba sobre un alto / de un tejado sentada / la bella Zapaquilda al fresco viento, / lamiéndose la cola y el copete, / tan fruncida y mirlada / como si fuera gata de convento.”

O bien, cuando la propia Zapaquilda queda azorada por el primer regalo que, con un propio, el arrogante extranjero Micifuf le envía: “propia naturaleza / de gatas ser golosas, / aunque al tomar se finjan melindrosas; / y antes de oír al paje / ver las alhajas que el galán envía: / qué joya, qué invención, qué nuevo traje. / En fin, vio que traía / un pedazo de queso / de razonable peso / y un relleno de huevos y tocino.”

O, en un plano aún más jocoso, cuando Lope dice que Marramaquiz, después de haber raptado —loco de celos— a Zapaquilda, pasaba las horas angustiado haciendo lo siguiente: “…no dejaba requiebro / que no imitase, tierno, a los orates / que el mundo amantes llama, / y de la tierna dama / amores y cariños; / hasta los disparates / que les dicen las amas a los niños / cuando los dan el pecho en las mañanas / con intrínseco amor, diciendo ufanas: / ‘Mi rey, mi amor, mi duque, mi regalo, / mi Gonzalo’, mas esto solamente / si se llama Gonzalo, / porque fuera requiebro impertinente / si se llamara Juan, Pedro o Hernando.”

En síntesis, se trata de una magnífica edición que honra sin duda el larguísimo poema épico creado por el talento sobrehumano de Lope de Vega, pero que al mismo tiempo rinde un tributo inigualable a nuestro idioma, el español, que demuestra así su vigor y su fastuosa maquinaria léxica.

Estribo y cuenta

La UNAM, considero, no sólo es un lugar formativo de excelencia, la casa académica de muchos de nosotros. También, creo, es el espacio ideal para el diálogo, la apertura, la inclusión, el debate entre iguales. Por eso, al menos en teoría, no cabe la agresión, la hostilidad, la amenaza. El ataque verbal, inusitado y ostensiblemente rústico del que fue objeto la crítica de danza Rosario Manzanos el pasado 24 de febrero (dentro del Teatro Carlos Lazo, de la Facultad de Arquitectura) es a todas luces inadmisible, chocante, vulgar. Ya está en curso, por fortuna, un acta que la peiordista interpuso ante la Unidad de Atención y Seguimiento de la Denuncias Dentro de la UNAM. Y en la oficina del abogado general de la máxima casa de estudios ya recibieron una carta detallada de hechos. Desde esta humilde tribuna manifiesto mi solidaridad incondicional con Manzanos y con cualquier periodista agredido, y hago votos para que la denuncia fructifique, pues, ¿en qué beneficia a la UNAM conservar, tolerar y apapachar a tamaños trogloditas?

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