Un país que inspira miedo

México se ha convertido en un país que inspira miedo. “Vamos bien”, insiste la Presidenta de la República cada vez que tiene oportunidad; “somos la nación más democrática del mundo”, repite en cada ocasión, como si de hacerlo dependiera que se hiciera ...

México se ha convertido en un país que inspira miedo. “Vamos bien”, insiste la Presidenta de la República cada vez que tiene oportunidad; “somos la nación más democrática del mundo”, repite en cada ocasión, como si de hacerlo dependiera que se hiciera realidad lo que afirma. La verdad es que, en el México del día de hoy, a los ingenuos se les podría reconocer por el sello distintivo de portar el dedo pulgar manchado.

Y no son pocos, a pesar de todo. Morena es un partido político, bajo cuyas siglas ha logrado agruparse la parte más execrable de la clase política nacional de las últimas décadas; Morena es un movimiento social también, cuyos principios y valores no sólo han fomentado los resentimientos más atávicos y provocado la lucha de clases, sino que ha sabido explotar en su propio beneficio el conformismo causado por los programas sociales. Morena es una secta, por encima de todo, en donde la doctrina del Mesías Tropical, simple y sencillamente, no está sujeta a discusión alguna. En tales condiciones, llegamos a la burda pantomima del día de ayer.

“Nunca, en la historia de nuestro país, el pueblo —de manera directa— había decidido y tenido el derecho a elegir a jueces, magistrados, ministros del Poder Judicial”, afirmó el expresidente López al acudir a depositar su voto en las urnas. “Es la primera vez en la historia”, aseguró con el rostro macilento y una sonrisa a todas luces forzada. México, lo sabe de sobra, se ha convertido en un país que ha dejado de generar esperanza: el México de la Cuarta Transformación es un país que no inspira sino miedo.

Un miedo real, y muy latente. “¿A cuánto amaneció el dólar?”, suele preguntar la mandataria cuando pretende demostrar la confianza internacional y la fortaleza de su gestión. El tipo de cambio es un factor que han aprendido a manejar, sobre todo en un entorno carente de la transparencia a la que estuvieron sometidas las administraciones anteriores; existen otros parámetros, sin embargo, que reflejan —de forma más fehaciente— el grado de confianza internacional sobre las decisiones adoptadas por cualquier gobierno.

El precio del oro, por ejemplo. El oro es un activo seguro que, si bien no genera intereses o dividendos para sus tenedores, tampoco depende de la solvencia de cualquier gobierno, banco central o sistema financiero alguno: a diferencia de otros activos estratégicos, la variación en su precio no es un indicador per se de que su valor se haya vuelto más atractivo para los inversionistas, sino que refleja el hecho de una situación nacional cada vez más riesgosa y comprometida. El precio del oro, en realidad, es un indicador veraz del miedo provocado por las decisiones del gobierno en turno frente a las circunstancias que le han tocado afrontar.

Un indicador veraz, cuyo análisis somero arroja información incontestable. En el caso de nuestro país, el precio del oro alcanzaba un valor aproximado de 63 mil 918 pesos, por onza troy, al cierre del viernes pasado; el valor del mismo hace exactamente un año, el día en que Sheinbaum ganó la elección presidencial, no rebasaba los 39 mil 485 pesos. Las cifras no mienten, y los números son implacables: las decisiones de gobierno no han sido las más adecuadas, y la confianza en nuestro país se ha erosionado, al menos, en un 62 por ciento. Ése, y no otro, ha sido el costo —y el fracaso real— de la Cuarta Transformación.

México se ha convertido en un país que inspira miedo. Miedo a sus ciudadanos, miedo a sus visitantes, miedo a sus inversores. “La elección del Poder Judicial fue un éxito”, afirmará la secta celebrando su pírrica victoria. “¿A cuánto está el tipo de cambio?”, preguntará la Presidenta, como si fuera el único parámetro para medir el éxito de su gestión y del golpe de Estado que, en los hechos, acaba de consumarse. El factor oro, mientras tanto, seguirá teniendo la última palabra: sólo bastará, al fin y al cabo, con revisar la cotización al finalizar el día. Una cotización que nos permite, a final de cuentas, medir el tamaño del miedo.

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