La Razón de Estado, poco a poco

Vamos bien, muy bien, reconoce el gobierno federal con cifras irrealizables. Vamos bien, muy bien, se repite desde las esferas oficiales más altas, mientras se comienza a sufrir la miseria en el resto del país, y la violencia se desata. Vamos bien, muy bien, se informa ...

Víctor Beltri

Víctor Beltri

Nadando entre tiburones

Vamos bien, muy bien, reconoce el gobierno federal con cifras irrealizables. Vamos bien, muy bien, se repite desde las esferas oficiales más altas, mientras se comienza a sufrir la miseria en el resto del país, y la violencia se desata. Vamos bien, muy bien, se informa con ánimo triunfalista en cada mañanera.

Un ánimo triunfalista que ha sabido encontrar sus propias manifestaciones, por los canales que la Oficina de la Presidencia le ha marcado. Un ánimo triunfalista que ha utilizado, para su construcción, de personajes tan caricaturizados como el señor de la pajarita o el del parche en un ojo: una cohorte de personajes dispuestos a jugar un papel dentro de una farsa.

Una farsa que —hoy— nos arrastra a todos. Vamos bien, muy bien, asegura quien tenía la economía al borde de un abismo al inicio de su administración, y cuya posición no se ha hecho sino más endeble con los compromisos que ha adquirido, con la administración norteamericana, con tal de seguir adelante en la consecución de unos —mal entendidos— objetivos estratégicos. La Razón de Estado, según los clásicos.

Una Razón de Estado absurda, en tanto que no toma en consideración lo que podría desear la contraparte norteamericana, y no pasa de un análisis chabacano, que justifica las arbitrariedades del presente con la falta de apreciación del pasado. Una Razón de Estado que incluye un tren que no va a ninguna parte, una refinería en un pantano, un aeropuerto con un cerro enfrente. Una Razón de Estado que no es suficiente para dotar de legitimidad a la actuación arbitraria de las autoridades, pero tampoco a su ausencia deliberada.

Y hacia allá vamos. El fin de la pandemia no es la posible declaración de un político, sino el establecimiento de los medios que impidan la propagación indiscriminada de un agente extraño en el futuro, más allá de que sus fines hayan sido realizados. Un agente extraño cuya aparición —y recurrencia— no ha podido ser determinada, y que no lo será por la voluntad de un factor político, o del acuerdo que a tales efectos se haya contraído. O, ¿es que alguien confiaría, con bases científicas, en las fechas establecidas por la administración norteamericana para nuestro regreso a las actividades?

Vamos bien, muy bien, repite el gobierno federal pensando en una reapertura de la economía basada, más que en datos científicos de salud, en cifras económicas y geopolíticas. La curva ideal tendría que estar en ciertos parámetros, y lo demás son neumonías atípicas: unos cuantos datos aquí, otros allá, y el resultado cuadra con lo que queremos. ¡Estamos aplanando la curva!

Estamos aplanando la curva, en apariencia. Las conferencias mañaneras se han convertido en un referente para la información nacional, a partir de las cuales se desprenden lineamientos y órdenes en las tres escalas de gobierno. La información de las mañaneras está comprometida, sin embargo, y la respuesta al reto que significa el posible silencio al mayor instrumento de comunicación gubernamental es, sin duda alguna, el mayor desafío enfrentado por la administración actual.

Vamos bien, muy bien, se repite en las mañaneras. Los inversores de alto riesgo apuntan al peso mexicano, mientras que el largo plazo se retira, poco a poco. México, sin la intervención activa de sus empresarios, se irá muriendo —también— poco a poco, conforme transcurra una pandemia aprovechada por sus autoridades. Poco a poco.

Poco a poco.

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