La mejor política interior es exterior

Una redada, nada más, de las muchas que —de acuerdo con el presidente norteamericano— habrán de venir en los próximos meses, y que deja tras de sí un saldo desastroso. Por un lado, el inicio de una crisis humanitaria, cuyos efectos comienzan a ser visibles y a desbordar las capacidades públicas en ambos países; por el otro, la incertidumbre que el futuro representa para los millones de mexicanos que han tenido que soportar, durante años, el discurso de odio de Trump

Las imágenes son devastadoras. “Se llevaron a mi papá”, lloraba desesperada una niña, ante las cámaras; otra, más pequeña, se aferraba a la mano de una anciana que miraba al piso: “No sé qué vamos a hacer”, musitaba, desconcertada, la madre de uno de los cientos de trabajadores arrestados, hace unos días, en una redada masiva en Mississippi.

Una redada, nada más, de las muchas que —de acuerdo con el presidente norteamericano— habrán de venir en los próximos meses, y que deja tras de sí un saldo desastroso. Por un lado, el inicio de una crisis humanitaria, cuyos efectos comienzan a ser visibles y a desbordar las capacidades públicas en ambos países; por el otro, la incertidumbre que el futuro representa para los millones de mexicanos que han tenido que soportar, durante años, el discurso de odio de Trump.

Un discurso de odio que se traduce, de manera cada vez más frecuente, en actos de violencia verbal y física en contra de mexicanos, y ante los cuales guarda un silencio que sus seguidores le aplauden mientras que los medios norteamericanos no dudan en calificar como cómplice. Un discurso de odio, en el que la crueldad en contra de nuestro país se ha convertido en un objetivo de política pública, y la exhibición de imágenes de migrantes en condiciones infrahumanas, niños hacinados en jaulas o siendo separados de sus padres, se ha tornado en un espectáculo mediático que —se ha comprobado— rinde frutos electorales al presidente norteamericano. La crueldad contra México, además de todo, le conviene.

Y continuará, en cualquiera de las formas en que a Trump se le ocurra imponer nuevas humillaciones que le atraigan los aplausos de su voto duro, mientras se aprovecha de la novatez de sus nuevas contrapartes: quien aprendió a negociar entre gánsteres debe haberse sorprendido de lo que obtuvo tras su primera amenaza, con unos aranceles que no hubiera podido imponer de cualquier manera. El bluff, ahora lo sabemos, funcionó.

Funcionó, y no ha dejado de utilizarlo: las amenazas de Trump han definido nuestro modelo de política migratoria, y se encuentra a punto de intervenir en las políticas de seguridad y salud con la pretendida certificación antidrogas, y en la economía en general al pretender modificar criterios de la OMC que nos permiten tener trato de nación en desarrollo. Trump encontró el camino de convertir la crueldad de sus prejuicios en un espectáculo mediático que le conviene.

Y nadie se le opone. La mejor política exterior es la interior, repite el Presidente de nuestro país mientras despliega una fuerza militar en la frontera, publica la Ley de Extinción de Dominio y se dispone a actuar como tercer país seguro. Abrazos, no balazos, mientras hace oídos sordos al discurso de odio de su homónimo, que ha sido el principal responsable de los tiroteos en contra de los mexicanos en el exterior. Mexicanos que son unos héroes vivientes, reconoce mientras piensa en los 35 mil millones de dólares que nos envían, de remesas, cada año. La mejor política interior es exterior.

Temas: