El presidente Trump “ha cruzado una línea roja muy peligrosa con el asesinato de Ali Khamenei”, advirtió el subsecretario del Ministerio del Exterior iraní, Saeed Khatibzadeh, en entrevista con la CNN. “Fue un gran líder religioso, y muchos chiítas van a reaccionar tanto en la región como en el mundo entero”, aseguró con seriedad. “No nos queda otra opción que responder”, concluyó amenazante.
La situación es delicada, por decir lo menos. La muerte de Khamenei representa un golpe demoledor para el régimen teocrático iraní, tanto en lo político como en lo religioso: la dualidad de su cargo, por otra parte, abre la puerta a cualquier tipo de represalia por parte de sus seguidores en cualquier lugar del mundo. El asesinato público del líder de una de las ramas más radicales del Islam no parece una buena idea, sobre todo cuando se está a punto de ser anfitrión de un evento global como la Copa Mundial de Futbol: la línea roja ya fue cruzada, sin embargo, y los propios iraníes han declarado no tener más opción que la de responder a las agresiones recibidas. Donald Trump abrió la caja de Pandora, y ahora cualquier escenario es posible.
El horno, hay que decirlo, no está para bollos. La gobernabilidad en México se había convertido en un tema complejo desde mucho antes de la asonada que paralizó al país el 22F y puso en evidencia la debilidad operacional del Estado mexicano: la presentación, unos días más tarde, de una reforma electoral que parecía haber sido diseñada para perjudicar a quienes otrora fueran los grandes aliados del obradorismo, pretendiendo que apoyaran a la mandataria para lograr su propia desaparición, sólo serviría para hacer patente la falta de empatía y operación política por parte de la Oficina de la Presidencia. “Nosotros la vamos a enviar”, señaló la Presidenta en una conferencia matutina que parecía tener destinatarios muy específicos. “Es un compromiso de la Presidenta con el pueblo”, aseguró con calma. “Quien la quiera apoyar, bien; quien quiera mantener el privilegio de las listas, pues también la gente los va a señalar. Cualquiera que sea el partido político”, advirtió con una sonrisa velada. “Este es un compromiso que hice yo de los 100 puntos”, recalcó.
Es imposible construir un segundo piso cuando los cimientos del primero no están sólidos. Lo que ahora se llama “Cuarta Transformación nacional” nunca fue un movimiento social verdadero, sino un conjunto de ambiciones personales agrupadas tras la bandera del resentimiento compartido; los que algunas vez fueron principios rectores de la transformación nacional, incluso recogidos en una supuesta “cartilla moral” que regiría la vida privada de los ciudadanos, hoy no son más que frases huecas de las que no queda memoria seria.
Quienes fueran aliados del movimiento ahora son considerados como adversarios; quienes se han revelado como la oposición más fuerte pertenecen al mismo partido en el poder. Quien, hasta hace un par de años, se ufanara de ser el segundo presidente más popular del mundo, hoy no se atreve a pasear por las calles del país que gobernó; quien, hasta hace unos meses, pensó que podría heredar el poder en virtud a su mero linaje, hoy sabe que tanto a las reformas antinepotismo como a la electoral más recientes sólo les hace falta mencionarle por su propio nombre. La lucha política, en realidad, es intestina.
“Entonces, ¿no considera que es una reforma que nació muerta?”, preguntó uno de los participantes habituales en las conferencias matutinas que jamás se hubiera atrevido a formular una pregunta semejante a López Obrador. “No”, contestó con tranquilidad la Presidenta. “O sea, ¿qué va a decir la gente?”, cuestionó mirando a los reporteros. “La Presidenta cumplió”, se respondió a sí misma de cara a las cámaras. “La Presidenta cumplió”, repitió una vez más, reflexiva. El horno, tendría que entenderse muy bien, definitivamente no está para bollos. No lo está, por lo menos, en los rumbos de Palenque.
