El fantasma de Lenín Morena
18. Gracias, Ratoli.“La Revolución Ciudadana debe continuar”, anunciaba con entusiasmo, en 2016, el entonces presidente del Ecuador, Rafael Correa. “La Revolución Ciudadana va a continuar, y creemos ...
18. Gracias, Ratoli.
“La Revolución Ciudadana debe continuar", anunciaba con entusiasmo, en 2016, el entonces presidente del Ecuador, Rafael Correa. “La Revolución Ciudadana va a continuar, y creemos que el mejor ecuatoriano para guiar la siguiente etapa de este proceso político es ese increíble ser humano Lenín Moreno Garcés".
La selección parecía natural. Lenín Moreno, aquel increíble ser humano, no sólo había hecho campaña a su lado sino que fue su hombre de confianza durante sus mejores años, al grado de acompañarlo como vicepresidente en sus momentos de mayor esplendor como mandatario, y compartir sus triunfos como si fueran propios. Correa gobernó bajo circunstancias muy especiales, con un auge inesperado de los precios del petróleo que le permitió prodigar apoyos sociales y ganar popularidad a mansalva, al tiempo que logró mantener a las fuerzas de la oposición débiles y fragmentadas.
Moreno ganó con relativa facilidad, pero le tocaría pagar los platos rotos: las condiciones económicas y políticas habían cambiado y, en medio de la crisis, del nuevo mandatario no sólo se esperaba lealtad absoluta a su predecesor —y la llamada “Revolución Ciudadana”—, sino la defensa incondicional de su legado y la creación de las condiciones necesarias que pudieran permitirle un eventual regreso glorioso cuando todo hubiera terminado.
Rafael Correa creó un títere al que pensaba poder controlar, construyó un teatro a tal efecto, y le impuso como vigilante a un incondicional que no permitiría desviaciones en sus planes: la Revolución Ciudadana tenía que continuar, a toda costa, y la presencia del hoy tristemente célebre Jorge Glas, como vicepresidente, sería suficiente para mantenerlo a raya. Las cosas serían distintas, sin embargo: el auge del petróleo no duraría para siempre, y a la borrachera del dispendio habría de sucederle la resaca de las arcas vacías y la falta de gobernabilidad.
Correa supo acumular el poder, y ejercerlo a su manera: el control que seguía ejerciendo sobre los poderes fácticos se convirtió en un riesgo para el nuevo gobierno encabezado por Lenín Moreno, quien, además de considerarse con los méritos suficientes para el encargo que asumía, estaba muy consciente de los errores de su predecesor y sabía que lo estaban metiendo en un callejón sin salida. El presidente se vio obligado a elegir entre la lealtad y el pragmatismo: entre agachar la cabeza, una vez más, ante el caudillo, o atreverse a levantarla, con orgullo, ante sí mismo y el pueblo que le depositó su confianza. Moreno tomó la que probablemente fue la decisión más importante de su vida, e hizo lo que —consideró— tenía que hacer ante la responsabilidad histórica que enfrentaba, aun a sabiendas del escarnio al que sería sujeto: una vez que llegó al poder, no pasaría mucho tiempo antes de su acercamiento a la oposición y los medios, la defenestración de Jorge Glas, y el exilio a Bélgica del expresidente que se creyó titiritero y sólo fue parte de la utilería.
El poder es temporal, y en algún momento llega a su término: la traición es humana, y siempre —siempre— da señales mientras se está gestando. “Venimos luchando desde hace años, nosotros no vamos a llegar a la Presidencia como lo hizo el presidente Andrés Manuel por una ambición personal, nosotros llegamos a hacer justicia, llegamos a que haya bienestar del pueblo de México y por eso vamos a apoyar a Baja California Sur para que no haya estas profundas desigualdades”. El mensaje fue claro, y muy contundente: el control de medios llegaría después, pero cualquier político profesional sabe que las flechas lanzadas, así como las palabras proferidas, no tienen retorno. Las oportunidades, tampoco.
Un fantasma recorre el Palacio Virreinal: el fantasma, aterrador, de la Lenín Morena. El mandatario quiso crear un títere, pero ahora sospecha, con razón, que pudo haber construido su propio monstruo. Ánimo, señor Presidente: hoy sabe por fin —con certidumbre— que lo mejor de todo, efectivamente, es lo peor que se va a poner.
