48 horas y el reloj corriendo

Víctor Beltri

Víctor Beltri

Nadando entre tiburones









A la Gloria, sin duda alguna.

“Si Irán no libera por completo el estrecho de Ormuz en las próximas 48 horas, los EEUU destruirán sus plantas de energía”, declaró el presidente Trump, en su red social, la tarde del sábado. “Comenzaremos por la más grande”, anunció en mayúsculas. El reloj, en ese momento, marcaba las 19:44 (EST) del 21 de marzo. Tic, tac, tic, tac.

La respuesta no tardaría en llegar. “En cuanto nuestras plantas de energía sean atacadas, consideraremos la infraestructura vital de toda la región como un objetivo legítimo y la destruiremos de manera irreversible”, declaró el vocero del parlamento de Irán, Mohammad Bagher Ghalibaf, refiriéndose de manera específica a las instalaciones petroleras, así como a las relativas a tecnologías de la información y plantas desalinizadoras de agua en sus países vecinos. El régimen iraní, por lo visto, no le teme al presidente norteamericano y está dispuesto a doblar la apuesta. En términos de tahúres, they called the bluff.

El plazo no ha vencido al momento de escribir estas líneas; la mera posibilidad de un escalamiento de la guerra en este sentido, sin embargo, ha puesto a temblar al mundo entero. La amenaza del presidente norteamericano conlleva, de manera implícita, la comisión de crímenes de guerra en términos dispuestos por la Convención de Ginebra: la respuesta inmediata de los iraníes, de realizarse, terminaría con el mundo civilizado tal y como lo conocemos. La Tercera Guerra Mundial ha comenzado y a partir de ahora nos encontramos en las manos del destino.

El armamento nuclear no es necesario cuando se atacan las infraestructuras vitales para la supervivencia de la población. El daño que podría suponer una ofensiva convencional en instalaciones estratégicas tendría repercusiones irreparables no sólo para Irán o los EEUU, sino para el mundo entero. El ataque anunciado por Trump pondría en riesgo inmediato la vida de 90 millones de iraníes, ocasionando una tragedia humanitaria de proporciones bíblicas; lo que podría venir después, por otra parte, resulta simplemente inimaginable. La guerra no terminará cuando lo determine Donald Trump, sino cuando así lo disponga el régimen iraní: el presidente norteamericano cometió un error al invadir Irán pensando que sería tan sencillo como lo fue en Venezuela, sin entender que en este caso las consecuencias podrían tocar en su propia puerta. Y en la de sus aliados. 

El mundo cambió, de manera radical, cuando Donald Trump llegó a la Casa Blanca por segunda ocasión: el mundo cambiará, todavía más, al vencimiento del plazo de 48 horas. La nación más poderosa del mundo es también, de manera paradójica, la más vulnerable: la fortaleza de los EEUU en los tiempos corrientes, así como de las otras potencias contemporáneas, no reside tanto en su poderío militar como en la extensión de sus rutas comerciales. En su capacidad, en términos llanos, de lograr acuerdos con otros países.

Mientras tanto, el reloj sigue corriendo. El presidente Trump vive la desmesura y se contempla en el espejo, sin advertir que el mundo arde a la manera de Nerón en la Roma antigua. La guerra que desató no es convencional, sino de naturaleza asimétrica: en la lógica islamista la lucha a muerte —y eventual martirio— no es castigo llano sino garantía de vida eterna. El 2026 estará lleno de oportunidades para que los terroristas lleguen a su propio paraíso, entre campeonatos mundiales de futbol y celebraciones de un país que logró llegar a los 250 años: el riesgo en el que Trump ha puesto a su país —y al mundo entero—, a causa de su propia hubris, resulta simplemente inasumible. El reloj está corriendo y el mundo, tal vez, será muy distinto cuando vd. lea esta columna.

“Si Irán no libera por completo el estrecho de Ormuz en las próximas 48 horas, los EEUU destruirán sus plantas de energía”, declaró el presidente Trump a sabiendas —o quizá no— del lugar que le corresponderá en la historia. El reloj, mientras tanto, está corriendo.

Buena suerte, para todos.

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