Cambio de tablero
El problema es Trump, pero el peligro es Pence. Trump es un bufón al servicio de su propio ego: la volatilidad de sus posturas lo demuestra con largueza. Trump desea la admiración, el respeto; lo que Pence anhela, en cambio, es que el mundo se rija de acuerdo a su ...

Víctor Beltri
Nadando entre tiburones
El problema es Trump, pero el peligro es Pence. Trump es un bufón al servicio de su propio ego: la volatilidad de sus posturas lo demuestra con largueza. Trump desea la admiración, el respeto; lo que Pence anhela, en cambio, es que el mundo se rija de acuerdo a su interpretación de la Biblia.
Pence es un fanático religioso acendrado, que interpreta la realidad de acuerdo con sus creencias personales, y es ahí donde radica el peligro. El asunto va más allá de su desprecio por la ciencia —Mr. Pence ha tomado la tribuna para denostar la Teoría de la Evolución, y exigir que la alegoría narrada en la Biblia sea tomada de forma literal— y se vuelve preocupante en cuanto adquiere la capacidad de supeditar el poder al que ha accedido a lo que considera que es su misión sobre la tierra.
Un poder casi absoluto al servicio de quien tiene sobre sus hombros una misión divina. El vicepresidente electo de la nación más poderosa del mundo no ha dudado en cuestionar lo que la ciencia comprueba: si la biología está en riesgo, la economía y la política lo están aún más. Sobre todo cuando tiene bajo su control a un patiño como Donald Trump, un personaje que con tal de satisfacer a su ego hubiera sido capaz de contender por cualquier corriente que le diera cobijo y prometer a su electorado lo que hubieran querido escuchar.
Cualquiera que tenga un poco de memoria —o de curiosidad, los más jóvenes— puede hacer una comparación entre las condiciones de vida de los países que han caído en el extremismo, antes y después. Los retratos de la gente, la libertad de las personas, la tranquilidad de las mujeres contrapuestos a la violencia, la intolerancia, el fanatismo. Lo que estamos viviendo, y lo que viene, no es sino comparable al arribo del extremismo en las sociedades de Oriente Medio, y con certidumbre es una respuesta sofista al complejo escenario internacional: lo que se avecina es el regreso de una guerra religiosa que sólo había podido ser sofocada con el esfuerzo multilateral basado en un enfoque de cooperación mutua. Una cooperación que no puede existir cuando la división se ha convertido en la piedra angular del discurso.
El mundo ha cambiado, y es preciso entenderlo. La respuesta a un cambio disruptivo no puede seguir las líneas establecidas: lo que ha pasado no es un cambio de jugada sino un cambio de juego. Quien jugaba al ajedrez —o pretendía hacerlo— debe comprender que el tablero que tiene enfrente no contiene escaques sino triángulos, y las fichas con las que contaba tienen un valor completamente distinto: mientras que en el ajedrez el objetivo es salvar al rey, en el backgammon lo que importa es que todas las piezas lleguen a su destino sanas y salvas.
El tablero es diferente, y las reglas son distintas. El juego es otro, como lo fue después del once de septiembre, como lo fue después de la caída del Muro, como lo fue después del uso bélico de la energía atómica. Como lo ha sido después de cualquier “cisne negro” tal como lo describe Taleb: sucesos poco predecibles, racionalizados a posteriori, con un impacto lleno de incertidumbre.
Las bravatas de Trump, en este sentido, son el antecedente de un cambio tan radical como el que demuestran las fotografías de mujeres en Irán, Líbano o Afganistán: de las minifaldas en las escuelas y los bañadores en las playas, a los burkas y las lapidaciones no hace falta sino el primer iluminado. En este caso, Michael Pence.
Hace falta más que discurso. La respuesta no puede venir nada más que de las autoridades: nos estamos enfrentando a un cambio de era tan trascendente como el de la llegada de los nacionalismos a Europa en la década de los treinta del siglo pasado. Es, como nunca, momento de estar unidos: la responsabilidad rebasa al Ejecutivo y debe, como nunca también, de involucrar a la sociedad entera.