Su peor enemigo
• Los políticos arrogantes piensan que no hay más verdad que la suya, no reconocen los errores.
El peor enemigo de un político no es otro político, ni los neoliberales, conservadores, anarquistas, radicales, simpatizantes de la derecha o de la izquierda. Tampoco los medios de comunicación, ni la sociedad civil organizada, la academia o los empresarios. El peor enemigo de un político es la arrogancia.
La arrogancia es una enfermedad altamente contagiosa que una vez contraída por un político se dispersa entre sus más cercanos. Esta afección tiene una cura que, además de ser gratuita, se encuentra fácilmente en el mercado, el desabasto de medicinas no lo ha alcanzado se trata del sentido común. No obstante, para que este medicamento sea efectivo tiene que tomarse todos los días, lamentablemente cuando la enfermedad ya está muy avanzada y se pierde todo contacto con la realidad, no hay sentido común que alcance.
Los síntomas de la arrogancia son muy evidentes: sentirse superior a los demás, actuar como si fueran más valiosos o mejores, tener una confianza excesiva en sus habilidades y requerir constantemente aprobación de los demás, por lo que se rodean de personas que todo el tiempo les aplauden. Los políticos arrogantes piensan que no hay más verdad que la suya, no reconocen los errores, no reciben bien las críticas y son intolerantes con quienes no son o piensen como ellos. Sin embargo, a pesar de que todo mundo puede ver cuando un político está enfermo, la víctima vive engañada pensando que es una persona sana hasta que llega a la etapa terminal. Cuando está más avanzado este padecimiento, se presentan la ceguera y la sordera, ya no ven ni escuchan a nadie, ni siquiera a los suyos.
Esta semana parece que hubo un brote de arrogancia en varios políticos. Uno de los más destacados fue el protagonizado por la jefa de gobierno, Claudia Sheinbaum el 2 de octubre. A pesar de varias marchas previas que terminaron en violencia, la funcionaria capitalina decidió seguir utilizando a los policías como edecanes para acompañar a los manifestantes y darle la responsabilidad de contención a los funcionarios públicos arropados con una poderosa arma: una playera blanca. Como era de esperarse, quienes formaron los cinturones de la paz fueron los que sufrieron las consecuencias de su arrogancia. Los expuso y después de la violencia, que de cualquier manera se suscitó, ella y el presidente Andrés Manuel López Obrador calificaron de exitosa la ocurrencia. Para ellos sólo hay dos caminos: la represión policiaca o la entrega absoluta. No hay un término medio en donde la policía, sin violencia, pueda encapsular a los radicales o detenerlos con cinturones policiacos. El problema de que no reconozcan que se equivocaron los condena a seguir repitiendo los mismos errores.
Yeidckol Polevnsky, presidenta de Morena, también demostró que tiene arrogancia. Si bien la condonación y cancelación de impuestos era legal, la morenista fue muy crítica para quien recurría a esa estrategia fiscal. Cuando se supo que ella había sido una beneficiada, culpó al contador. La falta de ética y el abuso nunca les aplica a los arrogantes, quienes se asumen como bendecidos.
Y si alguien está pagando no haberse querido curar de la arrogancia a tiempo son los amigos de Enrique Peña Nieto. La renuncia de Eduardo Medina Mora como ministro de la Suprema Corte de Justicia se suma a la larga lista de cuates que tuvieron la soberbia de pensar que nunca les pasaría nada, que eran intocables… hasta que dejaron de serlo.
Cuando el amable lector identifique a un político enfermo de arrogancia, no hay que juzgarlo tan duramente, pues debe recordar que la arrogancia generalmente sirve como un mecanismo de compensación de una gran inseguridad y poca confianza en uno mismo.
