Sí fue personal

Vianey Esquinca

Vianey Esquinca

La inmaculada percepción

“La frente limpia y en alto” con la que regresó el viernes Rubén Rocha al gobierno de Sinaloa le duró 24 horas. Después de los deslindes de Morena, de los gobernadores guindas y del regaño sabatino de la presidenta Claudia Sheinbaum, el sinaloense volvió a solicitar licencia por tiempo indefinido y por más de 30 días. Hay convicciones políticas que resisten años y otras que no sobreviven a un posteo.

Su regreso había sido, por decir lo menos, peculiar. Después de 112 días fuera del cargo volvió como quien regresa de vacaciones, abre la oficina y pregunta si pasó algo durante su ausencia. Rocha anunció que volvía porque la Fiscalía General de la República no había encontrado elementos en su contra, aunque, francamente, lo extraño hubiera sido que encontrara algo. La FGR tiene vista de águila cuando mira a la oposición y una ceguera terrible cuando las investigaciones apuntan a Morena. Además, la Secretaría de Gobernación también tenía otros datos y, en el comunicado que emitió el viernes, le recordó que las carpetas contra las diez personas señaladas por EU seguían abiertas. Al buen entendedor, saber que el expediente sigue vivo basta. 

Por eso, a pesar de que volvió a pedir licencia, habría que preguntarse con quién habló el morenista antes de volver. Evidentemente, no fue poseído por una súbita vocación de servicio público, sino que alguien con autoridad de sobra le dio visto bueno para su regreso. Sin embargo, la lista de quienes pueden hacer eso empieza y termina en Palenque. 

El infierno está lleno de desagradecidos y el sinaloense parecía empeñado en conseguir una reservación. Claudia Sheinbaum puso la cara por él durante meses, invocó la presunción de inocencia y la soberanía nacional, respaldó la exigencia de la FGR de recibir más elementos de Washington y sostuvo que, si no había pruebas contundentes, el asunto tenía un propósito político. Cuando Rocha necesitó defensa, la Presidenta estuvo ahí. Él, sin embargo, decidió agradecerle el favor regresando al gobierno sin avisarle, ni por oficio ni por llamada ni siquiera por WhatsApp. Eso sí calienta. 

La mandataria no aguantó la afrenta y por la mañana del sábado mandó un mensaje señalando que ningún interés personal podía colocarse por encima del pueblo y que “el poder sin principios se vuelve arrogancia”. También habló de quienes ponen sus ambiciones personales por encima del movimiento. Rocha no necesitó traductor, entendió que sin respaldo político la frente en alto sirve de poco. Regresó por una decisión personal y salió por una decisión colectiva.

Pero si bien el regreso del gobernador duró menos que algunas ofertas de fin de semana, alcanzó para para dejar preguntas bastaste más duraderas. ¿Por qué Rocha creyó que podía reincorporarse sin consultar a la Presidenta? ¿Qué cambió después de 112 días para que tuviera tanta urgencia de recuperar el cargo y, con él, el fuero? ¿es casualidad que decidiera regresar precisamente después de que Andy López Beltrán dio a conocer que le quitaron la visa? ¿Qué papel jugó el gobierno estadunidense en la presión para que Rocha pidiera nuevamente licencia? ¿Qué salida le ofrecieron? 

Una licencia resuelve el problema político inmediato, mas no el expediente. Para Estados Unidos debe ser difícil entender que una solicitud de detención llegue a México, pase meses atrapada entre discursos de soberanía y trámites de la FGR y, en el camino, le alcance al señalado hasta para volver a gobernar durante 24 horas. El tufo a protección desde el poder a Rocha y a cualquier allegado al movimiento sigue ahí, intacto, por más licencias, deslindes y regaños presidenciales que se acumulen.