La arrogancia de Rocha Moya, muestra de impunidad

El regreso fallido de Rocha Moya al gobierno de Sinaloa exhibe el poder temerario que prohíja la impunidad cuando los políticos se sienten intocables, como antes también mostrara la conmoción entre las filas morenistas por el retiro de visa estadunidense a Andy López Beltrán. El episodio deja una sombra de duda sobre la política anticorrupción de Sheinbaum. El anuncio inesperado del mandatario morenista, muy cercano al expresidente, revivió uno de los episodios más sensibles de la relación bilateral. Washington había solicitado su detención y extradición por conspirar con el Cártel de Sinaloa para traficar drogas a EU, junto con el exfiscal estatal y otros colaboradores. La pregunta obligada: ¿qué cambió para que dejara la licencia que pidió precisamente para no interferir en las investigaciones de la FGR, aunque luego la presión desde su partido obligara a retomarla?

La noticia no pudo ser más inoportuna para Sheinbaum, quien incluso faltó a una mañanera alegando gripe fuerte. México y EU atraviesan un momento de intensa cooperación con sus agencias de seguridad que, junto con el retiro de la visa a Andy, causa malestar en el núcleo del obradorismo y generó hasta una carta pueril del hijo del expresidente a Trump. La Presidenta ha intentado separar ambos asuntos mediante una diplomacia de “cajones”: enfrentar la presión política de Washington sin contaminar la cooperación en seguridad, máxima prioridad de la Casa Blanca. El problema es que la insensatez de Rocha enseñó la facilidad de que la tensión política desborde los compartimentos. 

La reacción del gobierno fue reveladora. Intentó deslindarse mediante un comunicado que atribuyó el regreso a una determinación personal, sin eximirlo de investigaciones, pero tampoco condenarlo abiertamente. Sheinbaum estaba atrapada entre la autonomía constitucional del mandatario y el costo político de una decisión que podría tensar de nuevo la relación bilateral; y marcar precedente sobre la fuerza de grupos intramuros sobre su gobierno, de la que pudo zafarse con el respaldo de su partido en bloque. Rocha se justificó con el argumento del “deber de cumplir el mandato” hasta octubre de 2027 y la autodefensa de que ni EU ni la FGR tienen “mínimos elementos de prueba” para incriminarlo. Pero una declaración política no despeja las dudas. Su nombre quedó ligado a la captura de El Mayo y al asesinato de Héctor Cuén.

Una hipótesis más inquietante es que buscaba recuperar el fuero ante el temor de que se destraben las investigaciones. La detención de Fausto Corrales Rodríguez, señalado como testigo clave, podría modificar el escenario judicial y aumentar la presión sobre los involucrados en esa operación. Pero reducirlo a una maniobra personal sería limitado. El caso revela un problema político mayor: la resistencia del gobierno a llevar hasta sus últimas consecuencias las investigaciones contra figuras de sus filas, por temor a abrir paso a nuevas exigencias de Washington. Ese cálculo es contraproducente. Preservar la corrupción política no contiene el “barril sin fondo” de la presión trumpista ni fortalece la capacidad negociadora del país. Cada funcionario cuya situación queda en penumbra ofrece más argumentos a quienes sostienen en Washington que la impunidad protege redes políticas vinculadas al crimen organizado.

Sheinbaum está en medio de fuego cruzado. Investigar a fondo a un gobernador de Morena puede dar municiones políticas a EU y a la oposición; pero la impunidad trae costos mayores. En ambos casos hay un precio. La diferencia es que la investigación puede producir pruebas, mientras la opacidad sólo profundiza sospechas y alienta el cinismo político. No es que la falta de principios genere arrogancia –como arremetió Sheinbaum contra Rocha–, sino la impunidad. Y no es un problema sólo de Sinaloa, es el talón de Aquiles de su promesa de lucha anticorrupción sin excepciones partidistas y la mayor debilidad de la estrategia de seguridad ante la presión de Washington.

La “diplomacia de cajones separados” funciona mientras cada asunto permanece en su compartimento. Pero, cuando la presión política alcanza cierta intensidad, los contenidos se mezclan. Rocha Moya acaba de demostrar que una sola temeridad basta para abrir una grieta.